La innovación fomenta el trabajo en equipo, la comunicación y el aprendizaje social.

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Innovación educativa. El concepto es habitual entre el colectivo de docentes y en la Administración educativa. Familias con hijos en edad de escolarización están o empiezan a estar familiarizadas, valga la redundancia, con el concepto. Sin embargo, fuera de este ámbito, la innovación educativa es algo de lo que se oye hablar sin saber muy bien de qué se trata.

Manu Blanco, director del IES Son Cladera (Palma); Asun Gallardo, directora del CEIP Gabriel Vallseca, de Son Gotleu (Palma); y Vicenç Marí, director del CEIP Xaloc (Peguera, Calvià); explican sus experiencias con la innovación educativa y los resultados que ésta ofrece.

Mejor empezar con una pregunta simple: ¿Qué es la innovación educativa? Los tres directores aportan que «es la transformación que tiene que producirse en el sistema educativo. En la normativa aparecen palabras muy bonitas al respecto, pero debe producirse una transposición real a las aulas. La innovación va más allá del convencionalismo de profesor en un tarimado, una pizarra y alumnos en sus pupitres, de las clases de 50 minutos en las que explico unos conocimientos, puedo desarrollar algunas actividades y corrijo. La innovación no sólo consolida los conocimientos, también los aprendizajes. No podemos limitarnos a memorizar unas conocimientos que luego vomito en un examen y en dos semanas están olvidados. Hay que normalizar el cambio. Mucha gente cree que la innovación significa cambiar el currículum o rebajar el nivel académico. Es un error. No es así, sino todo lo contrario. Se adquieren unos contenidos, pero el alumno también aprende a ser, hacer y conocer».

A partir de aquí, «la concepción de asignatura tiene que desaparecer», apunta Manu Blanco. Vicenç Marí destaca que «la innovación se aplica en base a unas prácticas fundamentadas. No hacemos experimentos y, pese a las preocupaciones iniciales, estamos consiguiendo resultados que antes no se lograban. En poco tiempo, comprobamos mejoras en expresión y comprensión, sin renunciar a los conocimientos». Para Asun Gallardo, «es fundamental el proceso de autoevaluación continua, saber lo que funciona y lo que no. Y los alumnos y las familias también tienen que participar».

Blanco reconoce que le pone nervioso oír hablar de exámenes de recuperación: «Eso son cosas del siglo XIX. El alumno es el centro, el protagonista del proceso y por eso se aplica una evaluación continua, contando con él. No hay exámenes. Las herramientas de la evaluación continua son la observación, la autonomía, las tareas específicas. Más allá de los conocimientos, queremos que el alumno sea una persona competente en la sociedad».

Los tres directores coinciden en que, para conseguir estos objetivos, «todo el claustro de profesores tiene que ir a una, estar todos convencidos de ello, si bien en Secundaria todavía hay docentes reacios, muy academicistas. Una vez embarcados en el objetivo, la formación del profesorado es clave».

Contexto

Para los tres responsables de centros, «el alumno no ve la utilidad de acumular contenidos, pero la innovación les ofrece la capacidad de contextualizar los conocimientos, sean históricos o matemáticos, por poner dos ejemplos. No podemos conformarnos con aprender una fecha histórica o una fórmula matemática. Pasamos de lo más conceptual a lo más práctico». Marí apunta que «observamos mejoras en cálculo mental, mucho más que con números en un papel».

Gallardo señala que «la memorización es necesaria si no es simplemente por memorizar. Debe ir acompañada de un aprendizaje real, construyendo conexiones entre las áreas de conocimiento y con la vida real. En el conocimiento tiene que haber motivación, emoción. Y el esfuerzo tiene un sentido. Las tareas son muy dinámicas y logramos avances importantes en comprensión y expresión orales y escritas, por ejemplo haciendo el doblaje de una película. Y no se puede decir, como muchas veces se hace, que el alumno está jugando y no aprende. Aprende, contextualiza e incorpora competencias para la vida en sociedad».

Una cuestión muy importante es que la innovación educativa tiene una incidencia que supera lo curricular: «Supone un aprendizaje de carácter social y mejora la comunicación y la convivencia. Se aceptan las diferencias individuales y todo el mundo participa según sus posibilidades. Se impone un componente colectivo, no competitivo, que potencia y enriquece el aprendizaje, hasta el punto que si un alumno destaca en un tarea, ayuda al que no la domina». Marí indica que «llegamos a todos los alumnos del aula y, en contra de lo que se pueda creer, en la atención a la diversidad vamos a buscar los máximos, no los mínimos. Lo que sí garantiza la innovación es una educación más personalizada e individualizada. Nunca como ahora se había estado tan pendiente de la evolución de cada alumno». Gallardo añade que «hay que saber que el río Miño está en Galicia, pero sobre todo hay qué saber qué es un río, su componente geográfico y también su componente económico».

Trabajo en red

Otro valor añadido de la innovación educativa es la coordinación entre centros, el trabajo en red: «Tenemos autonomía de centros, pero en la innovación podemos compartir experiencias y los centros más aventajados pueden asesorar a los que van más retrasados. Todo esto apenas existe en el modelo tradicional», subrayan los directores.

Asun Gallardo indica que «en la innovación, entre el alumnado surgen preguntas impensables en el sistema convencional. Pasamos de un modelo en el que el alumno escucha las explicaciones del profesor de manera muy poco estimulante a otro modelo en el que se motivan las inquietudes y los interrogantes. Se comentan entre todos las experiencias y los contenidos, si alguien no ha entendido algo lo dice y en Primaria he llegado a escuchar preguntas sorprendentes sobre los efectos de la presión y la temperatura. En el modelo convencional, los estímulos estaban en casa y no en el colegio. Ahora es al revés».

La innovación educativa también llega a la organización de los espacios físicos. Los tres directores comentan que «las aulas deben ser abiertas, grandes y diáfanas, en contra de la tradicional clase con pupitres. No pasa nada por estar desarrollando los proyectos en el suelo y los límites físicos no deben condicionarlos. Simplemente, hay que desarrollarlos como más nos convenga. El inconveniente es el precio del mobiliario si lo quieres de una determinada manera».

Y si hablamos de la organización de los espacios físicos, también se puede hablar de la organización actual de los cursos académicos. Blanco, de Secundaria, y Gallardo y Marí, de Primaria, también coinciden en que «la permanencia en los colegios públicos se acaba demasiado pronto y se da el salto a la Secundaria, es decir, a un instituto en el caso de los centros de titularidad pública, cuando el alumnado es demasiado joven, con 12 años, para asumir ese cambio. Por ello sería necesario generalizar los centros públicos integrados de Primaria y Secundaria o las llamadas Escola Institut. El traslado a otro centro a los 12 años y la falta de adaptación en ese proceso pueden llevar al abandono. Deberían permanecer en el centro dos años más. Entonces es cuando tienen la madurez necesaria para afrontar el cambio».

Notas, repeticiones y la organización en cursos, puestas en cuestión

Blanco, Gallardo y Marí cuestionan el sistema de notas para evaluar al alumnado. «Es una valoración cuantitativa, cuando debe ser cualitativa. En este sentido, el sistema educativo no está acompañando a la innovación. Todavía tenemos que poner notas, pero lo que hacemos es acompañarlas de un informe cualitativo que aporta una información muy valiosa a las familias. Y la repetición de curso es absurda e igualmente cuantitativa, por lo que también debería desaparecer. La repetición no es aprovechada por el alumno y no ayuda a consolidar el aprendizaje. También plantearíamos la desaparición de los cursos. De lo que se trata es de conseguir niveles de competencia, independientemente de las edades».