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La anexión de las provincias ucranianas de Lugansk, Donetsk, Zaporiyia y Jersón a la Federación Rusa, que Vladímir Putin materializó ayer tras los referéndums ilegales del pasado fin de semana, aleja la posibilidad de un acuerdo negociado para el fin de la guerra en el país y supone un desafío a toda la comunidad internacional, que no reconoce las nuevas fronteras. Cada vez más, el dirigente ruso se adentra en un camino sin salida en el que es difícil encontrar una explicación lógica, excepto la materialización de una estrategia encaminada a resucitar el viejo imperialismo en el que Putin se erige en el nuevo zar.

Pretexto militarista.
Considerar las cuatro provincias, buena parte de las cuales conforman la región rusófona del Donbás, como parte del territorio de Rusia ampara el incremento de la ofensiva militar de Moscú en Ucrania. Poco le importa a Putin violar los tratados que facilitaron la independencia de Ucrania con respecto a la antigua Unión Soviética; tampoco que lo haga mediante consultas amañadas y sin ningún tipo de garantías, además del nulo reconocimiento internacional. A partir de ahora, desde el Kremlin, se consideran libres de cualquier atadura para ejecutar sus planes de expansión territorial, una dinámica que se contempla con lógica preocupación desde Occidente.

El siguiente movimiento.
Putin pone en jaque a los países occidentales. El reto planteado es de dimensiones colosales y en las que todas las respuestas son muy complicadas, empezando por la que reclama el presidente Zelenski, que pide la entrada inmediata de Ucrania en la OTAN. Aceptar una decisión de estas características ampliaría la guerra a un ámbito continental; precisamente, lo que se está tratando de evitar a cualquier precio. Lo que parece inevitable es que este nuevo peligroso movimiento de Putin no puede quedar sin respuesta y cualquiera de ellas provoca escalofríos y una enorme preocupación.