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Decir idioteces, y por supuesto mentir de palabra, obra y pensamiento, son derechos humanos ancestrales, de cuando aún no existían derechos humanos ni nada parecido. Cuando esos conceptos (derecho y humano) todavía no habían sido inventados, se consideraba un derecho básico que todo individuo pudiese decir tantas majaderías como le viniesen en gana, así como mentir a más y mejor; de hecho, la habilidad para el engaño era una gran ventaja evolutiva, y según muchos estudiosos, la madre de la cultura. Y no digamos la necedad, ya por entonces muy agresiva. Derechos universales, de cuando no había ninguno.

En cambio hoy en día, que acarreamos tal cantidad de derechos que caminamos un poco encorvados bajo el peso de ese fardo, algunos de toda la vida parecen olvidados y no se respetan. El de decir sandeces, y contradecirse luego con otras sandeces, es el más notable. La opinión pública digital, la prensa y los humoristas gráficos, quizá no deberíamos pasarnos la vida comentando y haciendo mofa de las necedades que dicen los políticos y personajes públicos, porque el derecho a satirizar, aunque ilimitado, nunca está por encima del derecho fundamental a ser idiota, base de la cultura occidental. Lo contrario sería muy discriminatorio, atentaría contra el más antiguo y arraigado de los derechos humanos. El de desvariar.

Puesto que en general disfrutamos de derecho de autodeterminación mental, moral, espaciotemporal y hasta onírica, no cabe negar el de proferir idioteces. Un respeto al derecho a desvariar, por favor. Que el incremento, a menudo abrumador, de la cifra de derechos humanos reconocidos, incluido el derecho a decidir, no suponga el olvido de otros derechos adquiridos, que ya poseían nuestros ilustres antepasados. Soy partidario de que nuestros líderes políticos y culturales digan las estupideces que quieran, y se expresen bien expresados, sin por ello provocar un torrente de comentarios maliciosos. Están en su derecho. La actualidad diaria mejoraría si no les hiciésemos ni puto caso. Y ganaríamos tiempo para hablar de otras cosas, como la precaria situación del derecho humano a no ser jodidos por la mano invisible del mercado. Que ese sí merece párrafo aparte.