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Tras ver el episodio de doña Elena en una exhibición hípica con una periodista de Ya es verano, donde le instaba a que utilizara el doña cuando se refiriera a ella, no me cabe duda de que me gustaría ser siempre tratado de usted con todas las de la ley. Sería un síntoma de elegancia, de buenas costumbres y de protocolo, aunque yo sea un simple columnista de a pie que ha dudado horriblemente en escribir entre este artículo o sobre los soldados rusos que se cagan en Putin y tienen órdenes de acabar con todo dios, los lapsus de memoria de John Biden –¿dónde está Jackie?– o sobre Demis Roussos –el del Triki triki tri–, aunque ahora no sea noticia. Pero me he decantado por doña Elena porque la realeza me puede y, qué narices, es de interés nacional.

En el fondo, hubiera deseado ser licenciado en algo, en lo que sea. Por ejemplo, licenciado en fingir que hablo por el móvil cuando me topo con alguien que conozco, pasear con la bolsa de la basura antes de la hora indicada en los contenedores o quedarme encerrado en un ascensor. O mejor aún, una especie de lord británico con asiento permanente en la Cámara de los Lores, mansión con el fantasma de un antepasado incluido, un delicado bastón con el que azotar a mis lacayos y que naturalmente con la prohibición de que nadie me tutee. También para soltar que estoy acabado, aunque no sea más que un pequeño discurso prefabricado en el que uno se refugia para no tener que opinar sobre nada de interés, mientras mi cuenta bancaria está bien saneada con el dinero de los contribuyentes que para eso están.

Tengo claro que pretender ser tratado con el don o el doña es fruto de la nostalgia. Es la nostalgia de un tiempo en que nadie rechistaba sobre quién estaba abajo y quién estaba arriba. Como debería ser.