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Si el sábado encienden las luces navideñas en Palma, este es el artículo anual contra la Navidad y fiestas acompañantes que pueden dar la tabarra hasta mediado enero. Es cierto que de no haber sido por la inminencia (relativa) del encendido de las luces –y este es el momento del artículo en que se recuerda que hubo unas navidades en Palma sin luces callejeras y con un humilde letrero de lentejuelas en el balcón de Cort– , tal vez podría haber esperado hasta el Black Friday o así para ponerme en serio con toda la salva de improperios y lugares comunes, incluida la referencia al señor Scrooge y a Dickens, que suelen acompañarle. Y es que este año cuesta ponerse con este artículo. Primero, por el tiempo que ha hecho hasta ahora.

Y después, porque este año los días de Año Nuevo y de Navidad (así como las noches que los preceden) quedan arrinconados al final de las dos última semanas de diciembre, solapándose con sábados y domingos. Iba a decir que eso está muy bien pero no debería. No, no y no pues sería como asumir que algo positivo tienen las fiestas que vienen y eso sería el principio del fin. No y no. De lo que se trata –siguiendo la estela de lo que hace la oposición con el Gobierno– es de criticarlo todo sin concesión alguna. El sábado se encenderán las luces, con presencia de cargos políticos obviamente, y habrá que ver si ya se ha colocado para entonces en esa esquina el carromato de los churros y el chocolate.

Todo anda tan loco este año que cuesta ponerse con el escrito de la Navidad. Así no hay manera de buscar poesía en el tiempo perdido –mucho menos a esta supuesta ola de alegría que viene– aunque se estén cumpliendo cien años de la muerte de Marcel Proust. Mejor indagar sobre la desaparición del otoño. Y sobre cómo es posible que en nada pueda asomar el invierno con el otoño todavía desaparecido y en busca y captura.