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Artemisa era uno de los doce dioses del Olimpo griego, la que cuidaba de los terrenos vírgenes, de los animales y de la caza. También ayudaba a las mujeres en los trabajos del parto. Así se llama la nave que la NASA acaba de enviar a la Luna en un viaje que durará algo más de tres semanas. Quizá sea una sutil declaración de intenciones. De momento esta primera misión lunar será sin tripulantes, a modo de prueba para poder lanzar en un par de años otro cohete con humanos. Toda clase de problemas ha tenido que superar el proyecto desde agosto pasado antes del lanzamiento definitivo, ayer. Algo que nos choca a todos, teniendo en cuenta que hace más de cincuenta años que seres humanos de carne y hueso alunizaron allí arriba y regresaron a casa sanos y salvos, arropados por una tecnología todavía en pañales.

¿O era, como creen algunos, una patraña? Nunca lo sabremos. El caso es que esta nueva aventura espacial tiene por objetivo «aprender a vivir en la Luna y prepararnos para enviar humanos a Marte», en palabras del director de la agencia norteamericana. El viejo empeño de buscar un plan B en caso de catástrofe en la Tierra, tan traído y llevado en la literatura y el cine. Y no deja de tener gracia, mientras los jerifaltes del mundo se reúnen en Egipto para hablar del desastre climático –sin aportar ninguna solución– y en Bali para abordar ese otro desastre que es el propio ser humano, emperrado siempre en la violencia, la conquista y la bestialidad en forma de guerra.

Muchas diosas y muchos milagros serán necesarios para garantizar que el hombre conquiste otros lugares donde vivir. Y, aunque lo lograra, ¿cuánto tardaría en destruirlo por su codicia? ¿Cuánto en montar una guerra por dominar el territorio, los recursos, el poder?