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Sería interesante administrar a los políticos que participan en la campaña electoral una dosis del suero de la verdad para que pudiéramos entenderlos. Es lógico que todos nos vendan motos quiméricas para resolver de la noche a la mañana y vía varita mágica los problemas más apremiantes de nuestra sociedad, pero, por favor, apliquen el más mínimo sentido común a lo que dicen. La candidata a repetir cargo al frente del Consell de Mallorca, Catalina Cladera, lanzó en uno de sus discursos el tópico ese del «modelo de turismo sostenible y de calidad» que llevamos años, por no decir décadas, escuchando. Y mientras nos cuentan esto políticos de un signo y del contrario, el aeropuerto se colapsa, los pisos turísticos se multiplican, los hoteles se amplían y modernizan, la cantidad de coches de alquiler explosiona y la Isla se convierte en la fiesta ruidosa y multitudinaria que es durante seis o siete meses al año. Lo sostenible y de calidad es, obviamente, mucho más pequeño, selecto y silencioso, pero ¿a quién le interesa un turismo minoritario, culto, respetuoso con el paisaje, el idioma, las tradiciones del lugar? A ningún destino turístico, eso seguro. Por eso los mismos políticos que se llenan la boca al hablar de ecología, paisaje, gastronomía y sostenibilidad visitan cada año las ferias masivas de turismo internacional que promocionan nuestras Islas en todos los rincones del mundo y promueven nuevas conexiones aéreas con lugares más lejanos. Está muy bien, es un objetivo comprensible el querer ganar más dinero y recaudar más impuestos, pero no me cuentes cuentos en tiempos electorales que no se creería ni un niño pequeño. Háblame de la realidad. La de unas Islas que revientan y a nadie le importa.