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Hay un momento de cada día en el que me juego el tipo.Sucede entre las 8 y las 9 de la mañana, cuando conduzco mi motocicleta por la carretera de Sóller en dirección a Palma.A esas horas se produce una retención en SonCastelló. Una multitud de vehículos de todo tipo y volumen circula por una calzada que de pronto se abre a tres carriles y confluye de inmediato en una rotonda de dos. Hay conductores impacientes que pugnan por ganar espacios y otros, indecisos, temen quedar emparedados. El peligro acecha por la izquierda, por la derecha y justo enfrente. Es un lío importante.Entonces me da por indagar sobre este punto negro de la red viaria y me aparece una historia curiosa. La calzada se amplió de dos a tres carriles hace poco más de cuatro años para evitar las retenciones. El proyecto, sin embargo, se había presentado veinte años antes, en 1999, cuando era presidenta delConsell Maria Antònia Munar. Técnicos y políticos dijeron entonces que optaban por esta extraña solución porque «el impacto visual de un puente elevado sería desproporcionado». También descartaron construir un paso subterráneo porque «se inundaría con las lluvias».Pero enSonEspases sí que levantaron un puente chapucero que prometieron desmontar, y ahí sigue. Y en Menorca, que pilla cerca, hay tres rotondas en la carretera general bajo las cuales circula el tráfico, y en una desde hace 30 años. El invento de SonCastelló es peligroso y deja a la ingeniería mallorquina por los suelos. Mientras tanto, aparecieron carriles VAO y topes de velocidad en la autovía. Y es que resulta fácil arreglar problemas que no existen.