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En el ámbito de las ideas, donde mandaban los filósofos y los publicistas y ahora reinan los tuiteros, los intercambios, modificaciones y permutaciones son constantes como en un cultivo de bacterias, y dado que además se reproducen y multiplican desordenadamente como avanzó Platón (yo prefiero a Epicteto), en ciertas zonas de gran abigarramiento ideológico se presentan hacinadas, mientras que en otras brillan por su ausencia, lo que crea un espacio brumoso de escasos contornos por el que hay que transitar con antorcha o fanal. Y con un perro guía de potente nariz si es posible, ya que resulta difícil seguir los rastros de una idea en esa ciénaga neblinosa.

También hay vastos paisajes de ideas pegadizas, digamos como mosquitos, en los que se escuchan palmadas de transeúntes que intentan librarse de ellas. Y luego están las ideas fijas, muy poco estudiadas y que deberían constituir una categoría aparte. Se suele culpar a quien las padece de ser persona cerril de ideas fijas (un capullo), y no a la idea misma que ha echado raíces, gruesas como el nabo gigante del folklore infantil ruso y ucranio, o finas pero muy extensas como el micelio de los hongos, de modo que en cuanto arraigan no hay quien la mueva. Y ya es hora de que las ideas fijas, que por otra parte no pasan de la media docena y afectan a casi todo el mundo, se estudien en tanto que tales.

Es decir, capaces de fijarse en cualquier terreno, mentalidad y estructura ideológica. El yo mayúsculo, vanidad de vanidades, es la idea fija por excelencia que gobierna a todas las demás. El sexo (o género), que siempre mandó sobre ese yo mencionado, y hoy en día parece el único tema de discusión política. El poder, y cómo podría yo apoderarme de esto o lo otro, idea fija con raíz de 30 metros de profundidad que recuerda a un baobab invertido. Inamovible, sobre todo asociado a identidad y patriotismo, ideas milenarias tan arraigadas que perecen fabricadas con la propia materia encefálica. Y la muerte, porque hay que ver las ideas fijas como montañas que nos provoca ser criaturas mortales. En total estas ideas no pasan de la media docena, y nos las sabemos de memoria, pero quizá no estén aún suficiente estudiadas.