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Parece mentira que a mi edad, que es la de la sabiduría, todavía siga pensando que la suerte lo es todo. Ni el que la sigue la consigue, ni el talento se impone, ni monsergas por el estilo. Pura suerte. Sé que está muy mal visto pensar eso, ahora que la gente se ha vuelto muy voluntariosa a fuerza de eslóganes, si quieres puedes, de ti depende, con esfuerzo y sacrifico serás todo lo que quieras ser, que nadie te impida cumplir tus sueños (los más disparatados también), el que resiste gana, etc. Me gustaría creerlo, pero no lo creo. Todo es cuestión de suerte, así en la tierra como en el cielo, igual que en los tiempos de Nabucodonosor. Tampoco creo que la suerte haya que buscarla, de ninguna manera. La tienes o no la tienes. Ella te encuentra a veces, o nunca, y no por casualidad sino por miles de casualidades encadenadas cuya probabilidad es casi nula. Y si no tienes suerte, hasta las rachas de buena suerte te perjudican, como al rey Midas, al bucanero Avery El Afortunado del que nunca más se supo, o al pistolero Wild Bill Hickok, amante de Calamity Jane, al que mataron por la espalda en plena partida, justo cuando había ligado una doble pareja de ases y ochos, la mano del muerto. Sin duda una buena mano, pero muy jodida. De la buena y mala suerte, de la fortuna y el destino (fatum), se viene escribiendo desde la misma invención de la escritura, como si el alfabeto se hubiera inventado para eso. De la media docena de argumentos novelísticos que hay, todos tratan de la suerte, de la buena o mala fortuna, y hasta la abundante literatura del yo, llamada autoficción, es un ir y venir, con vueltas y revueltas, sobre el inverosímil azar de que un sujeto sea como es, y le pase lo que le pasa. Increíble. Y ahora que la ciencia sabe que todo es probabilístico, y el universo cuestión de suerte (entre las causas y los efectos hay un mar tempestuoso de indeterminaciones y azares), el dogma popular asegura que la suerte no existe, es un estado de ánimo, cada cual tiene la que se gana. Mito que nos carga de responsabilidad, y cargarse de responsabilidad, como cargarse de razón, es un error. Casi nada importante depende nunca de nosotros. Por suerte. O mala suerte, no sé.