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El martes pasado, el mismo día que las campeonas del mundo de fútbol (campeonas del puto mundo, dijo Jenni Hermoso), engañadas y vejadas, eran obligadas con amenazas a acudir contra su voluntad a la convocatoria de la selección española, los parlamentarios de Vox abandonaban airados el hemiciclo del Congreso porque allí se hablaban idiomas cooficiales españoles, pero no lo bastante españoles, ofensa que les provocó arcadas psicológicas. Se arrancaron los auriculares y los dejaron en desdeñosa procesión sobre el escaño del ausente Sánchez. A sus socios de la derecha, el PP, más contenidos, les sacó de quicio que su portavoz dijera unas palabras en euskera, y sólo el asombro les impidió acusarle de heredero de ETA. Qué desacato. Como el de nuestras futbolistas, que en una ostentosa violación del principio de autoridad, se atrevieron a ganar el campeonato (¡del mundo!), y no hubo más remedio que castigarlas. Aunque en España sean casi lo mismo, nunca se había visto tamaña coincidencia entre el fútbol y la política. Coincidencia en la estupidez, desde luego, aunque según se vio el martes, a cierto nivel de concentración y densidad, la estupidez es locura. No cabe otra explicación para que cuando ya creíamos que ni la Federación de Fútbol ni el Congreso podían avergonzarnos más, resulta que vaya si podían. No está Rubiales, pero manda su mano derecha; no está el torpe seleccionador Vilda, pero está su fiel segunda, que eran uña y carne. Como el PP y Vox, que ya sea fútbol, política o idiomas, comparten la misma locura española. Y si a las campeonas del mundo les hacen esas cosas sólo para que se sepa quién manda, figúrense a los demás, que ni somos campeones de nada ni hemos honrado a la marca España. Habrán oído mil veces que no se puede mezclar el fútbol con la política, pero lo que no se puede es separarlos, porque la unidad de España está por encima de todo. Creo que tardaré bastante en recuperarme de este martes de locos. Locos idiomáticos, locos futbolísticos, locos de remate. Pero de un tipo raro y específico, ya que no se sabe qué pretenden con sus ruidosas chifladuras. Nada, quizá. Lo mejor es no hacer caso, pero claro, hay días que eso es imposible.