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Me pregunto si nuestro insigne ciudadano Félix Pons Irazazabal necesitaba mucho de placas en un paseo y de mar. De mar seguro, puesto que formaba parte de su respirar, según me dice su sobrino Javier Pons. Lo creo, puesto que un personaje de amplios horizontes descubre en la mar su mayor compensación. Otros, los que nos recogemos en cuevas y amagatalls, preferimos huir incluso de su rumor sereno.
Pues bien, hoy por fin el que fue durante diez años brillante presidente del Congreso de los Diputados ya tiene su mar, el mar de Mallorca, el mar de los encuentros, que es el de la tierra que le conformó. Y tiene calle, mejor dicho, paseo, situado frente a este mar, entre las murallas de Palma y su Palacio de Congresos. Es un lugar digno. Viene a continuación del de Adolfo Suárez, el político español que supo abrirnos las puertas a la democracia. Su placa, la de Félix, sustituirá a la de Torres llavaneras que nos conducía hasta el Molinar. No pasa nada. Pocos conocían de su existencia, salvo Tomeu Bestard, el cronista de la ciudad, que lo tiene todo en su cabeza. Pero en fin, no ha habido sustitución de antiguos héroes por otros nuevos. Y llavaneras podría significar «sereno valle», y sobre todo recordarnos el Llavaneras de la maresma barcelonesa, donde nacieron viejas canciones del mar, entrañables, como todo cuanto nace de la nostalgia del tiempo que se nos fue. Aquella costa barcelonesa constituyó origen y arribada de la gran empresa catalana colonial, y también, en 1114, de desembarco de los pisanos tras equivocar su rumbo hacia Mallorca, descubriendo a unas gentes que les dijeron llamarse catalaunis, llegadas del sur de Bélgica.
Y ahora regresemos a Félix Pons. Vivió muy intensamente, con respirar hondo cada segundo del día. Una tarde me trajo a casa uno de los regalos que más pude agradecerle. Nada menos que una Historia Universal y de España de su bisabuelo José Pons y Gallarza, catedrático de historia y geografía, producto de la imprenta Guasp y fechado en 1866. Una auténtica joya. Con ella estudiaron Juan Alcover y Miguel Costa, alumnos del Instituto Balear donde Pons y Gallarza daba sus clases, ubicado en el edificio de Montesión. No lejos, los Pons dispondrían de su caserón, punto de referencia de una sociedad abierta, liberal y con indiscutible predicamento intelectual, de la que eran muestra sus compañeros, cofundadores de La Arqueológica, Estanislao Aguiló y Baltasar Morell.
No es hora del panegírico de Félix, los tiene sobrados, pero si del recuerdo de que nada viene solo. Félix es hijo de una gran nissaga de historiadores, juristas y poetas, que floreció en el marco de una Mallorca ilustrada, con hondas raíces, ejemplo de fortaleza y, consecuentemente, de permanencia frente a la superficialidad.
En una sociedad a la deriva como la de hoy, su nombre en una lápida nos permitirá recordar que, desde figuras como la suya, se armó la España de la transición. En la UIB, Félix, con su ironía, hizo divertidas sus clases de Derecho Administrativo, que ya es decir, dotó de cordura a una izquierda de sindicalistas y sólidos profesionales universitarios. No fue nacionalista, ni catalanista. Sabía muy bien a donde iban, atándoles cortos desde su difícil cargo de ministro, durante el período más duro de su quehacer político.