Aquel día en que le hablaron a Federico García Lorca de la isla de Ibiza

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El diplomático chileno Carlos Morlá Lynch junto a Federico García Lorca en una fotografía de archivo.

El diplomático chileno Carlos Morlá Lynch junto a Federico García Lorca en una fotografía de archivo.

27-05-2017

En la Biblioteca Nacional de Chile se encuentra una carta mecanuscrita que el 25 de julio de 1935 envió desde la localidad ibicenca de Sant Antoni Carlos Morla Lynch, trabajador de la Embajada de Chile en Madrid y veraneante en Ibiza con su familia, a Juan de Mújica, cónsul de Chile en Bilbao. En esta epístola no se dice nada de la mayor de las islas pitiusas sino de unos libros de señales marítimas que ha pedido el escritor chileno Pablo Neruda.

Morla conoció a Neruda hacia 1930, cuando el futuro Premio Nobel, que era un trepa respetable, quería a toda costa obtener un cargo diplomático en España. Tras un primer contacto, Morla se haría su amigo, como demuestra que en agosto de aquel año el poeta chileno manda dos cartas al veraneo ibicenco de Morla. En una le comenta que va a dirigir una revista, Caballo Verde y en la otra, le dice que si tiene ya luz eléctrica la casa ibicenca donde veranea y le añade, Carlos «no pasees como un verdadero fantasma por los corredores de Ibiza». Recordemos que estamos en los preludios de la guerra incivil española.

¿Quien era este Morla?

Carlos Morla Lynch, fue un escritor y diplomático chileno con dinero, aficionado a componer canciones y casado con una virtuosa del piano llamada Manuela Vicuña. Precisamente, el ser su mujer pianista y tener este instrumento en su casa fue el cordón umbilical para que el escritor granadino Federico García Lorca se pasase habitualmente por la casa de los Morla en Madrid.

Eran además los tiempos en que Lorca, desde 1928 en adelante, estaba muy interesado en conocer los ambientes literarios de Madrid y por los Morla tenían una vida social, en palabras de ellos mismos, «intensísima y cansadora» ya que el diplomático chileno era habitual del club de golf de Puerta de Hierro donde coincidía con el mismo rey. No en vano, Morla y su mujer, montaron en su espléndido piso tertulias, tés intelectuales o reuniones sociales a las que acudían primeras figuras de la vida española que les convirtieron en personajes muy influyentes de la vida literaria, artística y social de la capital de España. Eran tiempos en los que trataban a Rafael Alberti, Victoria Ocampo, al doctor Marañón, a Gabriela Mistral, a Benlliure, Madariaga, Américo Castro, Salinas, Huidobro, Rubinstein, Cernuda, Maeztu y por supuesto Neruda.

El hechizo de Ibiza

Morla nació en París en 1885, porque su padre era allí diplomático al servicio de Chile. Él también siguió esa carrera y fue trasladado a España y una vez en nuestro país decide, en julio de 1935, llegado el éxodo veraniego trasladarse de nuevo a Sant Antoni, en Ibiza, hasta finales de septiembre donde regresa a sus tareas en la cancillería de Chile en Madrid.

En nuestra isla debió pasar varios veranos. El de 1935 lo consideró un sueño: «haber convivido durante algún tiempo en una atmósfera que nos ha cautivado». De hecho, al volver a Madrid fue presto a verle su amigo Federico García Lorca a quien le contó que Ibiza es un pueblo arábigo (¡!) de casas blancas y le elogió el campo ebusitano con sus olivos y sus higueras retorcidas. También alabó a sus mujeres, «bellas, de faldas amplias y trenzas encintadas»; Dalt Vila «con sus casas que caen a plomo sobre el Mediterráneo tranquilo»; la luz de Ibiza, a la que calificó «de deslumbrante». Y por ello no es extraño que el granadino, tras escuchar los parabienes ibicencos de Morla, le dijera «estas todavía bajo el hechizo de tu isla».

Así las cosas, estalló la guerra incivil. A Morla le pilló yendo precisamente camino de Ibiza, pero no pudo embarcar en Alicante y tuvo que volverse a Madrid. Estamos en 1936, y al poco de iniciada la contienda Lorca es fusilado en Granada. Morla se entera del asesinato de su amigo, decidiendo escribir un diario sobre sus encuentros con el gran escritor español en el que recuerda las palabras de la última conversación que tuvo con el granadino: «Yo soy del partido de los pobres… pero de los pobres buenos».

Si Lorca no hubiera sido asesinado y España se hubiera convertido en una república liberal normal es seguro que Lorca hubiera acompañado a Morla en alguno de sus veraneos en Ibiza.

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