Joana María Mora: "Mis abuelos pagaron por no revelar el paradero de mi padre"

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Joana Maria Mora

Joana Maria Mora

19-09-2009 | T. Ayuga

Juana María Mora López ha recorrido Palma en busca de familiares próximos o lejanos. Ha sido en vano. Sus raíces se hallan en la fosa común. Bartomeu Móra Frasquet (su abuelo paterno) fue asesinado la madrugada del 9 de agosto de 1936 en el bosque de Bellver. Lo asesinaron falangistas. Y a su esposa, Joanaina Mas Cerdà, la encarcelaron. Dos de los tres hijos del matrimonio, Catalina y Gabriel, residían en Barcelona. Al caer la República, Catalina emigró a México. Y Gabriel pasó a Francia, se incorporó al maquis y estuvo preso en Mauthausen hasta que le liberaron los americanos. Antoni Móra Mas (padre de Juana María Mora López) desembarcó en Mallorca con Bayo, se incorporó al Ejército del Centro y, en 1939, fue condenado a treinta años, de los que cumplió tres. Se casó con María López Maldonado, su amor de guerra. Los López eran republicanos, de Brihuega. Uno de los hijos, Jesús, fue fusilado por el ejército franquista. Otro, José, emigró a Venezuela en 1954. Al año siguiente le siguieron su hermana Carmen y su cuñado, Antoni Móra. En 1959 se reunieron con ellos el resto de los López Maldonado y los hijos de Antoni y María, Bartolomé y Juana María. Un año después, Joanaina Mas, fuése a México con su hija. Juana María Mora López llegó a Venezuela con nueve años.
A principios de los años sesenta, cuando Rómulo Betancourt ilegalizó el PCV (Partido Comunista Venezolano) y el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) pasó a la clandestinidad. Militaba en el MIR, junto a quien después sería su marido, un comunista llamado Napoleón Barreto. Tuvieron dos hijas: Ludmila (que éste era el seudónimo de Nadezhda, la esposa de Lenin) y Varinia (la amante de Espartaco). Siendo mallorquina, Mallorca siempre le quedó lejana a Juana María Mora. Ahora ha vuelto en pos del eco de sus pasos perdidos.

Es palmesana, pero habla en español y con un marcado acento venezolano.
Creció en Caracas y ahí ha transcurrido su vida. Juana María Mora (Palma, 1950) se licenció en Educación (Universidad de Carabobo, 1977) y trabajó en la enseñanza hasta jubilarse. Ha viajado dos veces a Mallorca (2008 y 2009) para bucear en el pasado y conocer detalles de un episodio especialmente doloroso de su historia familiar.
Le pido que hable de ello. Y retrocede en el tiempo. Me cuenta: Juana Mora.- Mi abuelo paterno, Bartolomé Mora, fue asesinado por falangistas en los primeros días de agosto de 1936. Y me he pasado toda una vida sin saber apenas nada de lo que aconteció.
Mi padre era un hombre muy reservado. Lo poco que supe fue por mi madre. Pero ella era de Brihuega. Se lo habían contado
Llorenç Capellà.- ¿Quién ?
J.M.- Los familiares mallorquines. Porque mis padres, después de casarse, se establecieron en Palma. Él fue capitán republicano en el frente de Guadalajara. Y al acabar la guerra lo condenaron a treinta años y algunos meses de presidio. Estuvo preso unos tres años.
L.C.- Seguro que el golpe de Estado no le sorprendió en Mallorca.
J.M.- Había viajado a Barcelona para asistir a las Olimpiadas Populares, pero le contó a mi madre que escapó de Mallorca en barca Así que no sé lo que pudo pasar. Parece ser que un grupo de falangistas fueron a detenerle, de madrugada, y al no hallarlo en casa detuvieron a los abuelos. La abuela fue a parar a la cárcel. Al abuelo lo asesinaron en el bosque de Bellver. Era socialista, amigo íntimo de Jaume Garcias, el presidente de la Diputación.
L.C.- A Garcias lo fusilaron los militares.
J.M.- Lo he sabido hace poco. Entre mis recuerdos guardo una postal que le envió, a mi abuelo, desde Barcelona. Lleva fecha del año veintitrés. Es parte de mi memoria. La conservo como si fuera un tesoro.
L.C.- Su padre emigró a Venezuela
J.M.- En el cincuenta y cinco. En Palma habitábamos en el número trece, de la calle Sans. Era una planta baja. Y él tenía su taller de ebanista en la entrada. Pero apenas le llegaban encargos.
Se sabía socialmente aislado.
L.C.- ¿Por qué se decidió por Caracas?
J.M.- Porque desde hacía un año residía allí uno de mis tíos maternos, José. Y mi padre viajó con tía Carmen. La familia materna, la de Brihuega, también fue perseguida. A tío Jesús lo fusilaron los nacionales. Todos los López acabaron en Caracas. Los abuelos emigraron con nosotros: mi madre, mi hermano y yo.
L.C.- ¿Cómo les iba en Palma a ustedes tres?
J.M.- ¡Imagíneselo! Miseria a todas horas. Mi madre se volvió tristona, estaba amargada. Encontró trabajo en una fábrica de no sé qué y al marcharse, por la mañana, cerraba la puerta de casa y nos dejaba a Bartolomé, mi hermano, y a mí, en la calle.
Éramos muy chiquitos, aunque Bartolomé era algo mayor que yo La abuela paterna, Juana Ana, servía en una casa de señores y al mediodía, si disponía de unos minutos, se llegaba a casa y nos cocinaba algo.
L.C.- ¿Y qué hacían, ustedes, en la calle?
J.M.- Me veo muy chiquita, sentada en el portal horas y horas y chupándome el dedo. Más adelante nos matricularon en una escuela que había en la misma calle Sans. Estaba en un gran patio, con escaleras señoriales
L.C.- Hábleme de la abuela Joanaina.
J.M.- Pensaba continuamente en el abuelo. Si estaba a solas, musitaba continuamente algo que dicen ustedes: fill meu, fill meu El abuelo había sido zapatero. No les sobraba nada.
L.C.- Vivían en El Terreno.
J.M.- En el número veintisiete de la calle Josep Villalonga.
Y hasta allí fue Falange Tuvieron hija y dos hijos. La hija y el otro hijo estaban casados, en Barcelona. Así que los falangistas buscaban a mi padre, que era de las Juventudes Socialistas. Al abuelo lo asesinaron a cien pasos de casa.
L.C.- ¿Qué más sabe de la detención de la abuela?
J.M.- Apenas nada. La molieron a golpes. Pero no sé el tiempo que estuvo encarcelada. Los dos pagaron por no revelar el paradero de mi padre. Al menos es lo que él decía las pocas veces que mencionó la tragedia. Y se culpaba de la muerte del abuelo. Murió recordándolo.
L.C.- ¿Cuándo fue esto?
J.M.- El ochenta y tres o el ochenta y cuatro. Sus últimas palabras fueron para el abuelo. Daba escalofríos, oírle. Padre voy, ya voy musitaba. También capté la palabra espérame.
L.C.- La abuela Joanaina debió quedarse con lo puesto.
J.M.- Sí señor. Vestía siempre igual: un vestidito negro con lunares blancos. No creo que tuviera otro, pues si ahorraba cinco céntimos se los gastaba en nosotros, los nietos. Conservo una foto de ella, junto a la postal que Garcias envió al abuelo.
L.C.- ¿Cuándo emigraron, ustedes?
J.M.- En el cincuenta y nueve. Pero lo hicimos desde Brihuega, a donde nos habíamos trasladado cuatro años antes. El abuelo paterno tenía algunas tierras y al menos comíamos. Los abuelos paternos no se significaron durante la guerra, pero eran muy solidarios con los milicianos. Por esto fusilaron a tío Jesús.

La casa de los abuelos se convirtió en punto de encuentro de milicianos y de brigadistas ”

L.C.- ¿Solidarios ?
J.M.- La casa de los abuelos se convirtió en punto de encuentro de milicianos y de brigadistas. Llamaban a la puerta y la abuela les ponía a hervir una olla de café con leche. Y ellos le daban latas de conserva, lo que les sobraba.
L.C.- ¿Quién le contó todo esto?
J.M.- Mi madre. Lo de tío Jesús fue terrible.
L.C.- Le mataron, me ha dicho.
J.M.- Pero por venganza. El convento de las monjas de clausura lindaba con la casa de los abuelos. En los primeros días de la revolución, los incontrolados cometieron algunas tropelías y asesinaron a tres o cuatro personas, entre ellas al alcalde, que era de derechas.
L.C.- Continúe.
J.M.- A las monjas les había entrado el pánico y el abuelo Pascual se las llevó para casa. Eran diecinueve, creo. Pero pudo protegerlas hasta que llegó un salvoconducto que les permitió ponerse a salvo.
Las monjas, por tanto, convivieron con los abuelos y sabían que tío Jesús estaba en Madrid, enrolado en el ejército.
L.C.- ¿Y ?
J.M.- Cuando acabó la guerra y los nacionales acusaron a tío Jesús de haber participado en los cuatro asesinatos de Brihuega, el abuelo fue a rogarles, a las monjas, que testificaran que, por aquellos días, él no estaba en el pueblo. Pero no quisieron hacerlo. La superiora le contestó que su reino no era de este mundo y que no podían interferir en las cosas terrenales.
L.C.- Entiendo.
J.M.- Mi madre era veinteañera y corajuda. Se pateó todos los despachos militares de Madrid en busca de clemencia. Pero de indulto, nada. Sólo encontraba oficiales que querían llevársela a la cama. El abuelo Pascual le prohibió hacer más gestiones.
L.C.- ¿El padre de usted ?
J.M.- Conoció a mi madre en casa de los abuelos, a finales del treinta y ocho. Y se casaron en la posguerra. Estuvo preso en Porlier, luego en Palma. Regaló a mi madre un cofrecito de madera tallada hecho por otro preso. Acabó en mis manos y yo lo he traspasado a Ludmila, una de mis hijas. Hago lo que puedo para que no se pierda la memoria familiar.
L.C.- ¿Su padre hizo la guerra en el frente de Madrid ?
J.M.- Pero antes participó en el desembarco de Portocristo. Admiraba a Bayo. Aunque ¡era tan callado! Sé que antes de la guerra había cantado en una coral obrera. Mi madre decía que tenía voz de tenor. No pude comprobarlo. Nunca le oí cantar.
L.C.- Quedamos en que ustedes emigraron en el cincuenta y nueve.
J.M.- Con toda la familia de Brihuega, incluidos los abuelos.
Cerramos la casa y aún sigue igual, cerrada. El verano pasado fui a verla. Podría recorrerla a ciegas, pero no entré.
L.C.- ¿La vaciaron?
J.M.- Nos llevamos lo justo: los colchones de lana, unas arcas con lencería y algunos utensilios de cocina. Aún conservo una sartén.
L.C.- ¿Qué había dejado en Palma?
J.M.- Los recuerdos más profundos. A medida que pasan los años, Brihuega queda como un añadido de la memoria. El corazón me lleva a Mallorca, tal vez porque aquí viví los momentos más traumáticos.
L.C.- ¿Qué fue de los Móra?
J.M.- Al caer Catalunya, tía Catalina y su marido consiguieron emigrar a México. Tío Gabriel huyó para Francia. Supongo que estuvo en el maquis hasta que cayó en manos de los alemanes y fue deportado a Mauthausen. De los trescientos presos de su barracón, sobrevivieron dos.
L.C.-
J.M.- Se curaba las infecciones con Curol, un preparado a base de cloruro de zinc, aniodol, microcidina y agua destilada. Le facilitaron la fórmula unos frailes catalanes. Y allí, en Mauthausen, tuvo la suerte de poder prepararla Después de la guerra volvió a Barcelona y sé que estuvo de portero en una finca.
L.C.- Dígame algo de la llegada de ustedes a Venezuela.
J.M.- Atracamos en el Puerto de La Guaira, a treinta kilómetros de Caracas. Nos esperaban mi padre y los familiares que habían ido llegando antes que nosotros y el reencuentro se convirtió en una fiesta. No obstante, las relaciones entre mis padres no fueron buenas. Apenas se conocían. Y les separaba un abismo cultural e ideológico. Además, madre añoraba Brihuega.
L.C.- ¿Y su padre, Mallorca ?
J.M.- Si era así, no se le notaba. En cambio, comentaba el esfuerzo que le suponía el hecho de pensar en mallorquín y tener que hablar en castellano. Compraba libros de poetas mallorquines, vaya usted a saber dónde. También los guardo.
L.C.- Usted congeniaba más con su padre.
J.M.- Sí, porque era mucho más inquieto. De todas formas, cuando se separaron, los dos hermanos nos fuimos con ella. Y gracias a ella conseguimos una estabilidad económica que con él se hacía difícil. Madre abrió una peluquería en Tinaquillo, un pueblo cercano al río Tanamaco. Sin embargo, en sus últimos momentos, cuidé a mi padre.
L.C.- ¿Qué se hizo del hermano de usted?
J.M.- Era un muchacho muy apocado, muy apegado a madre. Lo veo poco.
L.C.- ¿Y de usted?
J.M.- Estudié. Pasé a la clandestinidad política en tiempos de Betancourt, y me casé con un guerrillero, Napoleón Barreto. Tuvimos dos hijas y he dedicado la mayor parte de mi vida a la enseñanza.
L.C.- Y hasta el pasado año no viajó a Mallorca.
J.M.- Era un sentimiento aparcado. Cuando desembarcamos en Venezuela, padre nos abrazó y nos dijo que no dejábamos nada atrás. Lo creímos.
L.C.- Al menos habían dejado a la abuela materna.
J.M.- Por poco tiempo. Pude besarla de paso hacia México. Se fue a reunir con su hija y el barco hizo escala en La Guaira.
Debió ser en el año sesenta. Nos trajo muchas botellas de vino y mi padre las guardó celosamente. Descorchó la primera para celebrar mi graduación, casi veinte años después.
L.C.- ¿Murió en México, la abuela?
J.M.- Sí. Y sus tres hijos no iban a verse jamás. Tío Gabriel está enterrado en Barcelona, mi padre en Caracas y tía Catalina en México. La guerra nos desperdigó.
L.C.- ¿De dónde se siente usted?
J.M.- De allí donde estoy. Quiero a Venezuela. Pero a medida que pasa el tiempo, siento que dejé atrás algo que me pertenece.
Y este algo está en Mallorca.
L.C.- ¿Ha visitado la tumba de su abuelo?
J.M.- Lo echaron a la fosa común. Pero he conocido el bosque de Bellver. Y me vuelvo a la calle Sans y, desde allí, recorro las calles del centro. Es como si a cada paso avivara un recuerdo. De Bellver...
L.C.- Sí.
J.M.- En mi anterior viaje me llevé una piedra. La cogí en la primera curva de la carretera antigua. Tuve un pálpito. Me dije que allí lo habían fusilado y no pude avanzar más. Por esto cogí la piedra. La guardo con los recuerdos más míos.