Eva Choung-Fux: «La crueldad que he visto es una carga excesiva»

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Eva Choung-Fux

Eva Choung-Fux

29-05-2010 | Pere Bota

Irradia calidad humana: ternura en la mirada, en el timbre de voz, en el trato. Eva Choung-Fux (Viena, 1935) es pintora y fue (1968-1993) catedrática de Fotografía y Arte Gráfico en la Universidad de Artes Aplicadas de Viena. Bajo el título bilingüe "Hermanas/ Sisters" expone, en Can Prunera, seis ciclos de producción que reflejan su solidaridad con el mundo femenino y su problemática, así como otro titulado "Homenaje a Ramon Llull, cielo e infierno". Eva Choung-Fux muestra en Can Prunera sus divagaciones o planteamientos ético-existenciales plasmados en pintura. Y en la sala de exposiciones temporales se halla como pez en el agua. Considera que se da una conjunción perfecta entre espacio y arte. Lo explica, en el catálogo, Dieter Ronte, director del Museo de Bellas Artes de Bonn: «Las dependencias que ahora albergan las salas de exposiciones temporales del edificio modernista eran el lugar (cocina y dependencias contiguas) donde las mujeres llevaban a cabo sus tareas... Distintas épocas colisionan en dichas salas... Cartas a mis hermanas encaja perfectamente en este contexto, puesto que las obras reflejan, simultáneamente, la historia del pasado y del presente, independientemente de una persona en concreto. Las cartas son eternas. La historia arde en sus entrañas». Y Eva Choung-Fux es fetichista, una sacerdotisa que oficia el rito de la vida desde la perspectiva de sus emociones memorizadas. Hay una profunda lectura del pasado en "Hermanas/ Sisters". Escribe Pablo Rico que «ellas (las mujeres que se asoman veladamente en la obra de Choung-Fux) lloran en silencio por sus hijos masacrados o suicidados por el fanatismo patriarcal, es decir por la Patria y su proverbial machismo irracional». Y añade, más adelante, en referencia a los cuadros que «son gritos sordos y opacos, atragantados, como agua amarga en viejas cañerías». El catálogo se completa con la aportación de Peter Stasny. Incide, Stasny, en la búsqueda de voces amigas por parte de Eva Choung-Fux y pluraliza al receptor. Así se pregunta «quiénes son esas Hermanas cuyos secretos están por revelar». Para saberlo basta con que mire el entorno. O que se fije en Eva: dialoga con ella misma. Más allá de sus mensajes de armónica esperanza, su obra refleja sufrimiento. Un sufrimiento callado, paciente.
Le pregunto qué pinta Llull en el conjunto de la exposición. Me responde:
Eva Choung-Fux.- No lo sé exactamente. Pero Llull encaja donde sea porque su pensamiento es potente y luminoso. Me maravilla su lucha por vencer el mal, para que triunfe el cielo sobre el infierno... Llull se asemeja a las mujeres en su tenacidad, en su capacidad por hallar un mensaje de esperanza en el sufrimiento.
Llorenç Capellà.- Hábleme de sus hermanas.
E.C.- No son hermanas biológicas...
L.C.- Lo supongo.
E.C.- Cada ciclo está formado por grupos de obras centradas en el mismo tema. Y mis hermanas son las mujeres de todo el mundo y de todas las épocas. Me siento parte de la mujer que lucha, de la que sufre, de la que ama...
L.C.- La vida de usted...
E.C.- Ha tenido muchos pasajes amargos. Dos parejas, dos fracasos. Y el recuerdo de la guerra atormentándome... A veces pienso que la crueldad que he visto es una carga excesiva para cualquier ser humano. ¡Imagínese para mí que soy una hormiguita...! Aún así conecto con mis hermanas, las mujeres de todo el mundo, y aprendo de ellas.
L.C.- ¿Qué aprende...?
E.C.- Que la respuesta al mayor de los sufrimientos siempre conlleva un mensaje de esperanza, una apuesta a favor de la vida. Y yo, con mi obra, busco afirmarles la dignidad... Ya sé que soy una hormiguita pequeña, muy pequeña. Pero ¿y qué...? Tengo voz.
L.C.- Su voz se traduce en un predominio de colores apagados, de labios rojos como heridas y de ojos tan oscuros que son cavernas.
E.C.- Y, a veces, con un tejido de palabras a través del cual surge la cara de la mujer. Las palabras tienen un sentido liberador.
L.C.- En sus cuadros también pueden recordarnos las alambradas.
E.C.- Es cierto. Pero siempre contienen un mensaje. Y la mujer es palabra. Su cara es una oferta perenne de diálogo. Pinto a mis hermanas con unos ojos muy negros que son un poso de pena y dolor que yo sé entender.
L.C.- ¿Y los labios rojos...?
E.C.- En cualquier época la mujer ha sufrido. Pero ello no le ha impedido apostar por la belleza. Y se acicala para sentirse amada. El amor va unido a su concepto de vida. No hay vida sin amor.
L.C.- Uno de sus ciclos se titula "Secretos velados de mis hermanas y míos".
E.C.- Sí...
L.C.- ¿A qué secretos se refiere?
E.C.- Si se los digo dejarán de serlo.
L.C.- Cierto.
E.C.- Entonces, discúlpeme la discreción. No obstante le diré que compartimos los secretos de la historia, de la vida familiar, del nacimiento de los hijos... La perspectiva femenina del mundo es diametralmente opuesta a la masculina.
L.C.- Vale. Me parece mucho más concreto el mensaje de otro ciclo, el titulado "Hermanas bajo velos".
E.C.- Sin duda. Lo considero un gesto de acercamiento al mundo musulmán, porque las mujeres musulmanas aún están sometidas a tabús y miedos de origen religioso. Las europeas también vivimos, en otras épocas, un horror parecido, pero lo superamos con nuestro esfuerzo y la ayuda de los hombres.
L.C.- ¿Se lo cree lo de los hombres...?
E.C.- Claro. Yo no soy feminista militante, pero tengo suficiente con ser mujer para saber que los avances hacia el respeto de la dignidad femenina son cosa de la humanidad entera. Y lo digo. Le insisto: soy una hormiguita, sólo una hormiguita...
L.C.- ¿Se siente cristiana?
E.C.- Interiormente, sí. Y no me arrepiento. Viví siete años en Japón y pude conocer de cerca las doctrinas orientales.
L.C.- ¿Y...?
E.C.- No cambio. Me quedo con mis influencias cristianas.
L.C.- ¿Prohibimos el burka...?
E.C.- Debería desaparecer, pero tiene que ser la propia mujer musulmana quien lo decida. Démosle argumentos para que se libere. La realidad es que el tema se ha politizado y ya no sé qué decir...
L.C.- ¿Es mujer de dudas, usted...?
E.C.- De muchísimas, lo que no quiere decir que sea frágil. La vida es una lucha constante. Y necesito luchar para afirmarme en mi fortaleza. Por otra parte, todos los conflictos son caóticos y el caos se disipa con la aportación de todos.
L.C.- Otro de sus ciclos: "Doce hermanas".
E.C.- Es un referente religioso. Doce discípulos tuvo Jesús... Es inevitable: yo dialogo con doce mujeres.
L.C.- ¿Lo suyo es un diálogo o un monólogo?

Diálogo, porque las comprendo y hago míos sus sentimientos. Qué siempre se asocian a la esperanza porque ellas son portadoras de la semilla de la vidat”

E.C.- Diálogo, porque las comprendo y hago míos sus sentimientos. Qué siempre se asocian a la esperanza porque ellas son portadoras de la semilla de la vida. ¿Que viven en un mundo de odio, de guerra...? Da igual. El mensaje de la mujer a través de la historia siempre es el mismo: vida, vida, vida.
L.C.- Otro de sus ciclos lo forman únicamente dos cuadros: "Abuela I" y "Abuela II".
E.C.- ¿Las ve...? Sus caras surgen en la tela desde un pasado lejano. Pero están ahí, entre nosotros. Estas dos abuelas han existido. Son de Campos.
L.C.- Usted reside en Campos...
E.C.- Sí. Y el nieto de ambas fue quien me encargó los cuadros. Es una historia bonita...
L.C.- Cuéntemela.
E.C.- Cuando murieron, cada una en una fecha diferente, el nieto sumergió una rosa en un bote de cristal lleno de agua y lo guardó en el congelador. Era su homenaje, su modo de recordarlas ¿comprende...?
L.C.- Sí, claro.
E.C.- Me preguntó qué podría hacer yo con su historia y me dio los dos botes con las rosas congeladas.
L.C.- Acabáramos. ¿Y usted qué hizo...?
E.C.- Las descongelé al sol. Y realicé una secuencia fotográfica de todo el proceso. Después sequé las rosas con máxima delicadeza. Aquellas abuelas ya eran parte de mi vida ¿comprende...? Una se llamaba Francisca y la otra, ahora no lo recuerdo... El nieto, Miguel, me proporcionó una fotografía de ambas. Pero necesitaba más información.
L.C.- Ya.
E.C.- Entonces visité a don Gabriel, un anciano que había sido rector de Campos y las tuvo de feligresas. Afortunadamente se acordó de ellas y me redactó una pequeña biografía. Pero aún no me conformaba.
L.C.- ¿Qué pretendía?
E.C.- Respirar la atmósfera que ellas habían respirado, sus miedos y sus esperanzas... Así que don Gabriel me escribió las oraciones que rezaban. Y las aprendí. Y además leí a los poetas de la época.
L.C.- ¿Qué rezaban las abuelas...?
E.C.- En tu mano, Señor, yo dejo mi corazón... Y otras dedicadas a la Virgen. Me emocionaron tanto como los buenos poemas, estas oraciones. Me trasmitían su sensibilidad ¿comprende...?
L.C.- Pero seguro que estas dos viejecitas no rezaban en castellano.
E.C.- Lleva usted razón. Lo hacían en catalán. Si me las hice traducir fue porque se me escapaban matices. Ya sé que el idioma es básico en un proceso como éste, de aproximación a unas personas del pasado, pero aún así creo que conseguí captar su espíritu.
L.C.- ¿Y qué nos dice su espíritu...?
E.C.- Nos trasmite confianza, fuerza, voluntad... Habían llevado una vida muy dura, marcada por la Guerra Civil, por el hambre, por su amor a los hijos... Su espíritu está en el ambiente. Yo lo noto. Me siento orgullosísima de mostrar estas obras en la sala de exposiciones temporales de Can Prunera ¿Sabe por qué...?
L.C.- Lo sabré cuando me lo diga.
E.C.- En este mismo espacio expositivo estaba la cocina y la lavandería de la casa. Por aquí, en el espacio que ahora ocupan mis cuadros, cien años atrás se movían las mujeres trabajadoras, las jornaleras. Trabajaban como esclavas, pero no abdicaban de su dignidad. Callaban, pero eran dignas. Traían hijos al mundo y los educaban. Gracias a su actitud hemos avanzado socialmente.
L.C.- ¿Es así de comunicativa, usted, con sus propios hijos?
E.C.- No. Tengo hijo e hija y mantengo con ellos una relación de cariño, muy respetuosa. Crecieron en Viena, conmigo. Pero puede que no les prestara la atención necesaria. ¡En aquellos años dormía tres horas...!
L.C.- ¿Y eso...?
E.C.- La Universidad me absorbía. No me conformaba con que mis alumnos aprendieran la técnica del dibujo o de la fotografía, sino que me preocupaba por su formación global. No hay arte sin un posicionamiento social, no hay creatividad sin rebeldía...
L.C.- Cuando la Guerra Mundial usted era una niña.
E.C.- Pero lo vi todo. ¡Todo...! Una bomba destruyó nuestra casa, en Viena, y nos refugiamos en el campo. No sé las barbaridades que pudieron cometer los nazis en Rusia, supongo que muchas, pero los rusos, en Austria, actuaron con una crueldad infinita. No me haga más preguntas, por favor. Me angustio.
L.C.-...
E.C.- Los rusos se comportaron como fieras. Da igual. Ya pasó. Olvidémoslo... Cuando se degrada la moral son igualmente crueles los coreanos, los españoles o los de donde sea. Pero también surgen ángeles del barro. Los hay. Los he visto.
L.C.- ¿Nos dejamos influir por el entorno?
E.C.- No. Esto es una excusa para justificar las atrocidades. Yo me sé libre, y seguiré siéndolo en cualquier circunstancia. Nadie dicta mi pensamiento.
L.C.- Aunque le duelan, hábleme de sus recuerdos de guerra.
E.C.- Los niños jugábamos, y jugábamos entre cadáveres. En una ocasión ayudé a mi madre a enterrar a un soldado planchado por un tanque.
L.C.- ¿Planchado...?
E.C.- Era una lámina. Mi madre pidió ayuda a un matrimonio de campesinos de las cercanías y se negaron. Fue así como yo la ayudé. A unos metros de los restos del soldado, hallé una mano que había salido despedida. Y estallé en llanto. ¿Comprende por qué no quiero recordar...?
L.C.- Sí.
E.C.- Cavamos una fosa usando trozos de madera en vez de picos, porque no los había, y antes de echarle dentro mi madre, ayudándose con una ramita, se esforzó por sacarle de un bolsillo la documentación. Y ya puede imaginárselo: también estaba aplastada, impregnada de sangre y vísceras.
L.C.- ¿Lo consiguió...?
E.C.- Sí. El muerto resultó ser el hijo del matrimonio que no quiso ayudarnos a enterrarlo. Lo ignoraban, claro... Regresaba a casa herido y un tanque le pasó por encima.
L.C.- En circunstancias como las que ha vivido ¿qué se espera al salir el sol?
E.C.- Fe. Y la fe me la daban los ciclos de la naturaleza, tan armoniosos, que acaban imponiéndose a la destrucción de los hombres. Mi padre estaba en la resistencia. Y antes había estado en las cárceles nazis. Siendo un bebé, mi madre me despertaba de madrugada, cuando ella se levantaba, para que le sonriera. Mi sonrisa le daba coraje para enfrentarse a las adversidades.
L.C.- ¿Cómo las combate, usted?
E.C.- Como puedo. Pero observo la naturaleza y sus leyes. ¡Todo es tan perfecto...! En el jardín de casa predominan los cactus. Y los admiro: crecen con poca tierra, acumulan líquido para combatir la sequedad, tienen púas para protegerse de las agresiones...
L.C.- Vamos a ver ¿ha vivido o ha sobrevivido?
E.C.- Las dos cosas a la vez. Me acompaña siempre el Àngel de la Guarda. No sé cuál es mi destino, pero avanzo un pie después del otro y así hago camino. Sin dudas, con total confianza.

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