Jaume Adrover: "He aprendido a aparcar los malos recuerdos"

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Jaume Adrover

Jaume Adrover

30-10-2010 | Jaume Morey

Jaume Adrover dispone de una biografía sólida, escrita con pulso firme. Quiso hacer teatro y tuvo enfrente a dos enemigos dispuestos a impedírselo: la Dictadura y la mediocridad intelectual de medio país, porque el otro medio estaba amordazado. No pudo hacer lo que sin duda soñaba. Pero, aún así, sus esfuerzos no fueron inútiles. Adrover fue el primero en representar a Alfonso Sastre, un buen escritor que siempre hacía cara de enfadado. Y procuró programar un teatro que despertaba conciencias. Representó al mejor Porcel, el de "Els Condemnats". Y obras de Anouilh, Giraudoux, Ionesco, Beckett; autores, todos ellos, desconocidos en Mallorca. También organizó -con la ayuda de Bienvenido Àlvarez, Antoni Serra, Vidal Alcover y Josep Maria Llompart- las llamadas Aulas de poesía (1966), teatro (1967) y novela (1968) con la participación de los intelectuales más prestigiosos del Estado. No había universidad en Mallorca que pudiera ofertar créditos a los estudiantes, pero los locales de Grifé&Escoda primero, y de la Casa Catalana después, se llenaban de un público joven que compaginaba su curiosidad intelectual con un repudio frontal al franquismo. El calendario nos acercaba a los setenta que vendrían marcados por la crispación política: una mayor presencia de ETA, los procesos 1001 y de Burgos, las penas de muerte... Jaume Adrover tenía un pie en cultura y otro en los foros de convulsión social. Me crucé con él unas horas antes de que el verdugo asesinara a Puig Antich: era la viva estampa de la desolación. ¡En fin...! Dejémoslo.
El nombre de Jaume Adrover se asocia a la Cultura, con mayúscula, en tiempos de resistencia. Sin embargo, ya en democracia (1981-1990) dirigió el "Festival Internacional de Teatre". Y trajo a Palma a Tadeusz Kantor, algo irrepetible.

Mirando hacia atrás le reconocemos como uno de los referentes éticos de la resistencia antifranquista. Ha andado muchos caminos. Jaume Adrover (Puigpunyent, 1929) ha sido actor y director de teatro. Durante el franquismo y la transición fue uno de los escasos ejes en torno a los que giró la mortecina vida cultural de Palma. En noviembre de 1958 escenificó "La sangre de Dios", de Alfonso Sastre. Lo comentamos. Me dice:
Jaume Adrover.- No es uno de sus mejores textos. Yo pretendía montar otro, también de él.
Llorenç Capellà.- ¿Cuál...?
J.A.- "Escuadra hacia la muerte", una obra antimilitarista, buenísima. Pero un censor, Pere Moner, me advirtió que iba a meterme entre rejas si insistía en representarla. Así que no lo pensé dos veces. Aparqué el proyecto.
L.C.- Sin embargo, el mismo año, escenificó un Calderón, "El gran teatro del mundo".
J.A.- Y con el patrocinio de la Diputación que celebraba, así, el Año Eucarístico. La representamos en la Plaça de Sant Francesc y actuaron frailes franciscanos, seminaristas, señoritas de la buena sociedad y alumnos de Montesión. Si querías hacer teatro, o te acercabas a Falange o a la Iglesia. Yo lo tuve claro.
L.C.- Buscó el amparo de la Iglesia.
J.A.- Con Falange no hubiera podido. Por principios, por memoria... En el treinta y siete un grupo de falangistas secuestraron a mi padre.
L.C.- ¿Secuestraron...?
J.A.- Ya lo creo. Se lo llevaron a la fuerza de casa, sin que mediara ninguna orden judicial o militar. Y a esto se le llama secuestro.
L.C.- Lo es.
J.A.- Antoni, su hermano, que era maestro de escuela en ses Salines, había desaparecido y aún no hemos hallado su cadáver. Debe de estar enterrado por ahí, en cualquiera de estas fosas que el gobierno no quiere abrir. Cuando detuvieron a mi padre yo tenía siete años. Aún no lo he olvidado.
L.C.- ¿Lo asesinaron...?
J.A.- Tuvo la suerte de cara. Le dieron a beber aceite de ricino. Fue en la Casa del Pueblo, convertida en sede de Falange... Posiblemente iban a darle el paseo, pero le vio Joan March Monjo, un tío o un primo de Joan March Ordinas, y ordenó que lo devolvieran a casa inmediatamente.
L.C.- ¿Y el origen de esta amistad...?
J.A.- Mi padre había militado en el Partido Liberal cuando estaba controlado por los March. ¡Si él, mi padre, siempre fue de derechas...! Era el secretario del Ayuntamiento de Santa Eugènia, disfrutaba de una posición económica más o menos holgada... Cuando don Joan March dio un mitin en Puigpunyent, cenó en casa. En cambio, ya ve, la propia gente de derechas le buscó la muerte.
L.C.- ¿No dice que Joan March Monjo lo salvó...?
J.A.- Del fusilamiento, sí. Pero ya se había tragado un vaso de aceite y padecía de úlcera estomacal. No pudo superarlo. Le mató el ricino, la desaparición de su hermano, la traición de las derechas... Murió a los dos meses.
L.C.- ¿Y por qué iban a por él?
J.A.- No lo sé exactamente. En el comienzo de la República, cuando aún estaba de secretario en Puigpunyent, se parcelaron algunas fincas que no se sembraban. Y él fue uno de los promotores. También propuso una nueva carretera que iba a pasar, y pasó, por un huerto de Son Net. ¡Yo qué sé quién le quiso mal...! Pero es muy probable que sus enemigos estuvieran en Puigpunyent. Y se vengaron. No solo murió, sino que nos dejó en la miseria.
L.C.- ¿No cobró viudedad, su madre...?
J.A.- Nada. Ni una peseta. Y tenía cuatro hijos. Así que nos fuimos comiendo los ahorros, incluso la partida que mi padre había dejado en testamento para sufragar mis estudios de Derecho. Ya crecí sabiendo que no iría a la Universidad. Pero no me deprimí. La miseria estaba en cada casa. Con doce o trece años me vine a Palma, a vivir con tío Guillem, que no tenía hijos. Mi hermana mayor era maestra y en casa sólo quedaron dos hermanas. ¡En fin...! El tiempo nos machaca. Dos de mis tres hermanas ya murieron. Consumo etapas de vida y algún día todo esto se acabará. Aunque no sé cuándo ni me preocupa.
L.C.- Con su venida a Palma ¿los estudios quedaron aparcados definitivamente?
J.A.- Sí. Mi tío era representante y yo lo ayudaba. De todas formas, fui a clases particulares con un profesor excepcional, llamado Gabriel Coll Mulet. Acababa de salir de la cárcel y había salvado la vida por casualidad. Era íntimo amigo de Fernando Leal, el inspector de Primera Enseñanza, y de otro maestro, Jaume Canals. A Leal y Canals los asesinaron. Los años de la guerra fueron años de terror. Santa Eugènia era un pueblo de ochocientas personas, pequeñísimo. Pues bien, aún oigo el ruido de los coches, en plena noche, entrando en las casas por todas las rendijas. Se detenían en medio de la plaza y aquellos desalmados atemorizaban, aún más, a los vecinos. Disparaban al aire. Escucho sus bravatas. "A qui ens carregam anit...!?", exclamaban.
L.C.- Ya en Palma, usted frecuentó los locales de la Juventud Antoniana.

La banalidad, la de los demás y la mía, era algo muy parecido a un estado de gracia, no sé qué decirle”

J.A.- Sí. Todos estos centros religiosos eran muy light. Se respiraba un ambiente alegre y superficial. No se hablaba del pasado para nada. Tengo la sensación de haber malgastado la adolescencia paseando por el Born. La banalidad, la de los demás y la mía, era algo muy parecido a un estado de gracia, no sé qué decirle. Lo cierto es que la escenificación de "El gran teatro del mundo" me abrió muchos interrogantes. Y a partir de ahí empecé a interesarme por los clásicos españoles. Mi hermana, la maestra, me permitía acceder a su pequeña biblioteca. Y algunos años después, en Ereso, ya empezaron a vender libros publicados en Sudamérica. No los tenían a la vista del público, sino en un pisito encima de la librería. Le llamábamos "l'infern".
L.C.- En los años cincuenta y sesenta, usted no fue un contertulio asiduo en los cenáculos literarios.
J.A.- Es cierto. Pero ello no fue óbice para que congeniara con Jaume Vidal Alcover, con Llorenç Moyà, con Joan Bonet... Y frecuenté con cierta frecuencia las tertulias de Llorenç Villalonga, en el Riskal.
L.C.- ¿Le trató?
J.A.- Era una persona distante, muy culta. Daba la impresión de que congeniaba con Camilo José Cela pero, en realidad, lo despreciaba. Cela escribió que Villalonga era un apellido de procedencia xueta. Jamás se lo perdonó. ¡Se contaban tantas anécdotas de él...!
L.C.- ¿De Cela o de Villalonga...?
J.A.- De ambos. Pero le contaré una de Villalonga. Su esposa, doña Teresa, era católica practicante y le obligaba a confesar y comulgar una vez al año.
L.C.- ¿Usted cree que le obligaba...?
J.A.- Puede que no. Probablemente don Llorenç se divertía. Y ahora le diré por qué. Una vez se confesó con el director espiritual de doña Teresa y no se le ocurrió otra cosa que no fuera decirle que su amada esposa le engañaba. Naturalmente, el confesor montó en cólera y defendió, casi a voz en grito, la honestidad de doña Teresa. Luego, Villalonga lo iba contando a sus amigos. Y les expresaba sus dudas. Les decía: "Tant i tant m'ha defensat l'honestedat de na Teresa que ara sí que estic per creure que m'engana".
L.C.- Usted también dispone de su propio anecdotario.
J.A.- Supongo...
L.C.- Representó un Beckett, por primera vez en Mallorca, con la colaboración del Círculo Medina.
J.A.- Es cierto. Y todas las actrices pertenecían a la Sección Femenina. ¡Y no sólo eso...! Organicé, en el mismo Círculo Medina, un ciclo de conferencias con intelectuales notoriamente de izquierdas como Alfonso Sastre, Rodríguez Méndez, José Monleón... Recuerdo que las últimas palabras de Rodríguez Méndez fueron para decir que en España nada se sostenía en pie y que no teníamos más remedio que apostar por la revolución.
L.C.- Debió sonar a blasfemia en muchos oídos.
J.A.- Seguro. Pero la presidenta del Círculo era Matilde Mulet, una mujer para la que únicamente tengo elogios. Era culta, discreta, inteligente... Alguien deberá estudiar qué hacían tanto ella como Conchita Nebot y otras en Falange. Quizás eran hijas de militar o provenían de una tradición familiar de derechas. No lo sé.
L.C.- ¿Cuándo se metió en la política clandestina, usted...?
J.A.- No sabría precisárselo. Me influyó, entre otros, Alfonso Sastre. Vivía en el barrio de la Concepción, en Madrid, y pasé en su casa unos días de Semana Santa. No me pregunte de qué año, porque no lo recuerdo. Detrás de su casa se extendía un poblado de chabolas. Me llevó a pasear por allí y entramos en un figón modestísimo, a tono con el entorno. Para que se haga una idea: tanto las mesas como las sillas eran cajones. Pues bien, yo llevaba puesta una chaqueta gruesa, de piel, y toda la clientela, sin excepción, me miró con un odio indisimulable. Si no llega a ser porque consideraban a Sastre su amigo y protector, me despellejan. Y les sobraban motivos para hacerlo. Me sentí incómodo conmigo mismo.
L.C.- Estamos hablando de los años sesenta y setenta. Pudo afiliarse al PCE que reinaba en la clandestinidad.
J.A.- Pero no lo hice. Aunque presté mi apoyo a quienes me necesitaban. Escondí varios meses en casa a un minero de Asturias, porque la policía andaba tras él. Era un tipo de una integridad ejemplar, se llamaba César Fernández. Su esposa, Encarna, aún vive. Se halla en un sanatorio, perdió la memoria... En las manifestaciones mineras llevaba el bolso lleno de piedras.
L.C.- ¿Para qué?
J. A.- ¿Y usted qué cree...? Para defenderse de los grises.
L.C.- La esposa de usted, Rosalia López, fue detenida e incomunicada en Yeserías después del atentado de ETA a la cafetería Rolando, en la calle Correo de Madrid.
J.A.- Le pongo en antecedentes. Un conocido militante del PCE vino a casa en busca de ayuda. Tenía noticias fidedignas de que un comando de ETA preparaba una acción muy importante en Palma y nos rogó que usáramos nuestras influencias para mirar de evitarlo. Le creímos. Y mi esposa viajó a Madrid y se hospedó en casa de los Sastre. La esposa de Alfonso, Eva Forest, dirigía el Comité de Solidaridad con Euskadi. Y esto fue todo.
L.C.- ¿Todo...?
J.A.- Bueno, en una libreta de Eva la policía encontró una anotación sobre la entrega a mi esposa de treinta ejemplares de su libro sobre el Proceso de Burgos, publicado clandestinamente. Y esto ya bastó para involucrarla.
L.C.- ¿La liberaron sin cargos?
J.A.- Sin ninguno. Un día, cerca de medianoche, le comunicaron que iban a ponerla inmediatamente en libertad. Y así también salieron de la cárcel las otras. Lidia Falcón, Carme Nadal... A ellas dos las maltrataron. A Lieta, no.
L.C.- A su esposa la llaman Lieta...
J.A.- Así la llamo yo. Y los amigos. De Rosalieta, Lieta. Precisamente la policía quiso buscarle los cinco pies al gato. De Lieta, ETA. Estábamos en un mundo de locos.
L.C.- ¿Ha aprendió a aparcar los recuerdos?
J.A.- Los malos, no lo dude. Pero me quedo con los buenos que son mayoría. He tenido la suerte de conocer gente fantástica. Núria Espert, Pere Quart, Paco Candel, Lauro Olmo, Maria Aurèlia Capmany... ¡La de veces, en Barcelona que con Candel y Antoni Serra nos ha pillado el alba paseando por las Rambles, arriba y abajo...!
L.C.-...
J.A.- Candel desbordaba humanidad. En una de tantas conferencias que daba en las fábricas, contó el caso real de un obrero que se negó a convertirse en un soplón, aún renunciando al anticipo que le daba la empresa para poder operar a su hija. Era sábado y sus compañeros acababan de cobrar la semana. Y uno tras otro aportaron parte de su salario para que la niña pudiera ser operada. Acabó Candel: "¡Esto es solidaridad!"
L.C.- ¿Y...?
J.A.- El auditorio se emocionó. Hubo aplausos, parabienes... Y de pronto aparecen dos policías. "Hala, Paco, a comisaría..." Pero él lo contaba con una sonrisa. ¡Era ejemplar en todo...! Mis únicos recuerdos realmente malos son los de la Guerra Civil.
L.C.- Residiendo usted en Palma ¿cuándo veía a su madre?
J.A.- Los domingos solía llegarme hasta Santa Eugènia. Murió en la década de los cincuenta. Pero jamás me contó nada. Ni de sus miedos ni de lo que le pasó a mi padre o a su cuñado. De sus labios no surgió ni una denuncia ni una queja.

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