Antoni Llull: «Cada año desaparecen un puñado de lenguas»

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Antoni Llull

Antoni Llull

29-01-2011 | T. Ayuga

Es un estudioso vocacional. Y se mira en la perseverancia de Mossèn Alcover. Antoni Llull (Manacor, 1935) se jubiló siendo responsable de recursos humanos de Son Sant Joan. No obstante, destaca por sus estudios filológicos. Cerró el año añadiendo un nuevo libro a su currículo: "Diccionari de noms de persona, històrics i tradicionals a Mallorca" (Editorial Moll, 2010). Le pregunto si le molesta que le recuerden su condición de filólogo no universitario. Me responde:

Antoni Llull.- En absoluto. Al fin y al cabo no hago más que seguir el ejemplo de algunos grandes filólogos catalanes. Pompeu Fabra fue químico. Y Mossèn Antoni Maria Alcover, sacerdote. ¡Ya quisiera yo poder compararme a ellos...!
Llorenç Capellà.- Dígame ¿todos los nombres tienen su historia?
A.L.- Sí, aunque la de algunos está equivocada. Le pongo un ejemplo. Se da por hecho que el nombre de Antoni llegó a Mallorca en el siglo XIII con la repoblación. Y la realidad es que ya era un nombre conocido en la Roma clásica, pues existía la familia aristocrática de los Antonii. Parece ser que la procedencia es etrusca, aunque no podemos afirmarlo categóricamente al carecer de referentes escritos en esta lengua.
L.C.- Se conservan lápidas...
A.L.- Pocas. En cualquier caso no en número suficiente como para conocer el idioma escrito. Pero, en fin, en igual situación se hallaba el egipcio y a partir del descubrimiento de la Piedra de Rosetta, en 1799, se ha podido recuperar. La tragedia del etrusco es la de tantas y tantas lenguas: el latín era una lengua imperial y lo borró del mapa. Cada año desaparecen un puñado de lenguas.
L.C.- ¿Habla en presente...?
A.L.- Claro que sí. Y continúan desapareciendo sin dejar rastro alguno de su existencia. Afortunadamente, en el último siglo, gracias a una iniciativa particular, la del Summer Institute of Linguistics, se ha conseguido dejar constancia de ellas. ¿Sabe de qué le hablo...?
L.C.- No.
A.L.- El SIL Internacional es una entidad de origen religioso, creada en Arkansas en 1934, con el objetivo de traducir la Biblia a las lenguas más minoritarias del Planeta. Así que distribuyó filólogos entre pueblos y tribus que hablaban una lengua no escrita con el fin de aprenderla y dotarla de un alfabeto. Ello ha servido para dejar testimonio de un tesoro cultural condenado a perderse.
L.C.- Centrémonos en su libro. Hábleme de los nombres de persona más corrientes en Mallorca.
A.L.- El conjunto antroponímico es más bien pobre, porque durante siete siglos se han ido repitiendo los mismos nombres de abuelos a nietos. Seré más concreto: entre el siglo XIII y 1936 tenemos suficiente con doce nombres masculinos y otros tantos femeninos para nombrar a las tres cuartas partes de la población. Puede imaginarse cuáles son: Joan, Antoni, Miquel...
L.C.- ¿Jaume...?
A.L.- No. Es cierto que el primer rey de Mallorca se llamaba así, pero era un nombre muy poco usual en Catalunya. Los padres de Jaume I, Pere II y Maria de Montpeller, vivían en continua desavenencia y ocupaban habitaciones separadas.
L.C.- No me diga que El Conqueridor fue hijo ilegítimo...
A.L.- No lo fue. Sin embargo, según la tradición, fue engendrado gracias a la astucia de la reina. El aposento real estaba a oscuras y el rey creía que se acostaba con una amante y, en realidad, lo hacía con su esposa. Y el engaño se prolongó hasta que ella quedó embarazada. Luego, cuando iba a parir, encendió un cirio ante la imagen de cada uno de los apóstoles y decidió que el futuro niño llevaría el nombre del apóstol cuyo cirio ardiera más tiempo.
L.C.- Entiendo.
A.L.- Así fue como se llamó Jaume, un nombre apenas usado tanto en Catalunya como en Francia y en las tierras castellanas. Tenga en cuenta que la ruta de los peregrinos a Compostela no empezó a popularizarse hasta el siglo XIV. Aunque ya en el XIII hallamos, en Catalunya, alguna referencia a Sant Jaume de Galicia.
L.C.- Tras la Conquesta, ¿los nombres de origen árabe desaparecieron inmediatamente?
A.L.- Puede decirse que sí. Quedaron algunos, como Maimó o Massot. Y otros, como Joan, también eran comunes entre árabes y judíos por su origen bíblico. Los nombres de la población son parte del derecho de conquista. Entre los siglos VIII y XII la gran mayoría de los nombres habituales en la Corona de Aragón eran de origen germánico debido a la invasión visigoda. Luego, entre el XIII y el XIV, se impusieron los de santos y sólo se conservaron los que siendo germánicos también se hallaban en el santoral, como Guillem, Bernat...
L.C.- Y abundaban los de aquellos santos a los que se tenía mayor devoción, supongo.
A.L.- Exacto. Una enfermedad muy usual en la Edad Media fue la Peste Negra, conocida como Foc de Sant Antoni porque existía la creencia de que invocando a San Antonio, el santo la curaba. Así que en todas las familias había un Antoni.

L.C.- Si los abuelos lo consentían.
A.L.- No había problema porque los matrimonios de entonces tenían siete, ocho y nueve hijos. Gracias a eso se produjo una ligera renovación de los nombres más corrientes. En fin... ¡Hay tanto por estudiar...! Le cuento una cosa curiosa que tiene que ver con la tradición onomástica.
L.C.- Le escucho.
A.L.- Los nombres germánicos suelen ser monosílabos o bisílabos, de manera que son más cortos que los latinos. Ello les permitía, a los germanos, crear nuevos nombres para los recién nacidos, usando el comienzo del nombre del abuelo y la terminación del paterno. Así, por ejemplo, Bernhard, se componía de bärn, que significa oso, y hart, que significa fuerte. Claro, en la mayoría de diccionarios se traduce literalmente el nombre y nos queda que Bernhard significa "Oso Fuerte".
L.C.- ¿Y no es así?
A.L.- En absoluto. Wolfgang es un caso idéntico. Wolf es lobo y gang puede traducirse por paso. O sea, que significaría "Paso de Lobo". Y no es cierto. Wolfgang es una forma congelada de la Edad Media: el lobo fue un animal totémico entre los germanos.
L.C.- ¿Hay nombres con mala estrella?
A.L.- Sin duda. Lucrècia, por ejemplo. En pleno auge del Renacimiento se usó con cierta frecuencia. Ferran Valentí, un humanista de la época, le puso a una de sus hijas Lucrècia, y a uno de sus hijos, Teseu... Pero el nombre de Lucrècia se asoció a Lucrècia Borja, hija ilegítima del Papa Alejandro VI, y esto hizo que casi desapareciera. Algo parecido pasó en Alemania y Austria, ya en el siglo pasado, con el nombre de Adolf. Fue un nombre muy corriente y ahora casi ha desaparecido.
L.C.-...
A.L.- Josep, en Mallorca, empieza a usarse con más o menos frecuencia a partir del siglo XVII. ¿Por qué...? Pues porque a San José se le tenía en muy poca consideración. Jesús era el hijo de María... Quiero decir que José tuvo un papel muy secundario en el nacimiento. Por otra parte había sido un nombre muy usado tanto por judíos como por musulmanes. Joseph, Yusuf...
L.C.- ¿Por qué no es usual que los topónimos mallorquines se usen como apellido?
A.L.- Los hay. Buñola, Caimari... Aunque son mucho más frecuentes los que designan un oficio. Ferrer, Fuster... Empezaban siendo un apodo y acababan sustituyendo al apellido auténtico. Esto pasó, sobre todo, antes del siglo XIV. Pero, en fin, no era difícil ni en el XIV ni en los siguientes sustituir el apellido. No sólo por el nombre del oficio, sino por el de pila. Bonanat, un nombre muy frecuente en el siglo XIII, dio paso al apellido Boronat.
L.C.- ¿Cómo nació su pasión por la filología y la onomástica?
A.L.- Ni lo sé. Mi padre era carpintero y mi madre trabajaba en la fábrica de perlas. Éramos una familia humilde y ya ni nos planteamos que yo pudiera cursar estudios universitarios. Pero quería aprender. Con doce años me leí la introducción del primer volumen del Diccionari Alcover-Moll y quedé maravillado. Fue en la biblioteca de la Caixa de Pensions, en Manacor. ¡Si lo recordaré...!
L.C.- ¿Así, sin más...?
A.L.- Con siete u ocho años ya leía las rondalles a las vecinas que en las tardes de verano cosían, en grupo, en plena calle. Me las había regalado mi padre y fue mi primera aproximación entre la lengua que hablaba y la lengua escrita. En la escuela de los años cuarenta escribíamos en castellano; pero en Manacor solo hablaban en castellano los guardias civiles o los antiguos carabineros. Le cuento un diálogo...
L.C.- Vale.
A.L.- Un carabinero, casado con una mallorquina, que vivía en el pueblo...
L.C.- Sí...
A.L.- El carabinero, digo, se cruzó con su vecino y le preguntó si ya había almorzado. Y sí, ya había almorzado. Y qué te han dado para comer, insistió el otro. Y el vecino se lo piensa. Y ni corto ni perezoso le suelta: muelles con revientasangres.
L.C.- ¿Qué...?
A.L.- Molls amb esclata-sangs. Y es que el castellano, pese a que el franquismo se empeñara en que lo habláramos, nos era una lengua desconocida o casi desconocida. ¡La de anécdotas que podría contarle...!

Los nombres aparecen y desaparecen. Están de moda o caen en desuso. Los hay, incluso, que sobreviven como apellidos. Son los Alemany, Barceló, Bertran, Bonet, Domenge, Esbert, Franc, Garcia, Garau, Gelabert, Gispert, Grimalt, Ginard, Jofre, Jordà, Maura, Oliver y Rotger. Otros, muy usuales, pierden vigencia: Anfós, Berenguera, Bremonda (siglo XIII), Violant o Praxedis (siglo XV) y Bernardina (siglo XVIII). Tampoco deja de sorprender que antes de la Guerra Civil nombres como Macià o Josepa figuraran entre los más usuales. Todo esto lo afirma Antoni Llull, un intelectual meticuloso, que incorpora a sus investigaciones la precisión del trabajo de oficinista que realizó durante cuarenta años, en AENA. De ahí, gracias a esta meticulosidad, que dispongamos de las preferencias porcentuales que se han dado en el conjunto antroponímico de Mallorca. He ahí los diez nombres preferidos. De hombre: Joan (14%), Antoni (11,4%), Miquel (8,6%), Pere (7,9%), Jaume (6,2%), Bartomeu (4%), Josep (4,3%), Francesc (4,1%), Gabriel (3,8%), Guillem (2,5%), Rafel (2,2%), Sebastià (2,1%) y Bernat (2,1%). De mujer: Joana (13,4%), Catalina (12,7%), Margalida (10,7%), Maria (9,6%), Antònia (8,4%), Francesca (8,1%), Magdalena (4,5%), Elisabet (3,9%), Aina (3,7%), Bàrbara (1,5%), Esperança (1,3%) y Coloma (1%). Otra precisión: estos nombres han servido para denominar a las tres cuartas partes de la población desde el siglo XIII hasta 1936.

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