Josep de Vílchez: "En mi fuero interno no renuncio al pasado"

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Josep de Vílchez

Josep de Vílchez

26-03-2011 | T. Ayuga

Se le pegó algo de la clandestinidad: un recelo indisimulable en la mirada y la cautela en el hablar. Josep de Vílchez (Maó, 1953) es licenciado en Historia (UIB, 1999) y trabaja de bibliotecario. Comunista histórico, fue uno de los fundadores de Comisions Obreres (1976), secretario general del PCE en las Illes Balears (1985-1990) y presidente de Esquerra Unida (1986-1990).

Actualmente milita en IniciativaVerds. Le pregunto qué queda del Vílchez de treinta años atrás. Me responde:
Josep Vílchez.- Soy el mismo, porque no he dado ningún salto ideológico, sino que me he ido adaptando a las nuevas sensibilidades que exige la izquierda. Del pasado en el PCE me queda el recuerdo de líderes con una gran calidad humana. Me refiero a los Sánchez Montero, a los Lucio Lobato... Esta gente se jugaba la vida por las libertades públicas sin pedir nada a cambio. Y, de hecho, el PCE se inmoló por la democracia.
L.C.- ¿Maniobraba con mayor eficacia en la clandestinidad?
J.V.- Quiero pensar que no. No obstante, los resultados que obtuvimos en las primeras elecciones generales, las del setenta y siete, no fueron lo favorables que esperábamos. Y en las del setenta y nueve caímos en la cuenta de que nos habíamos estancado. ¿Qué teníamos que hacer...? A mi entender, apostar por cambiar en positivo, dando el protagonismo a los sectores más renovadores. Carrillo, en cambio, apostó por Ignacio Gallego, un prosoviético. Y el debate subsiguiente se saldó, en las Illes Balears, con la expulsión de militantes del prestigio de Ignasi Ribas, Catalina Moragues o Joan López Casasnovas. Otros, como Bernat Riutort, Guillem Mesquida o yo mismo, abandonamos el partido por solidaridad con ellos.
L.C.- Pero usted regresó.
J.V.- En el ochenta y cuatro, cuando Gerardo Iglesias fue nombrado secretario general. De todas formas, Carrillo ya le había causado, al PCE, un mal irreparable. El mismo Gallego se salió y participó en la fundación del Partido Comunista de los Pueblos de España. Y yo resistí hasta el noventa y tres, cuando comprendí que la renovación era prácticamente imposible.
L.C.- Corría el riesgo de empezar a vivir mirando al pasado.
J.V.- Era consciente de ello. Estuve muchos años dedicado plenamente al partido. Y anímicamente necesitaba abrirme a nuevas sensaciones, a formas diferentes de ver las cosas. La verdad es que me sentía agotado. Había vivido la clandestinidad, la crisis del comunismo... Carrillo sustituyó el marxismo leninismo por el marxismo revolucionario. Se abrió el debate entre Solé Tura y Paco Frutos, que, simplificando, representaban el hoy y el ayer de la izquierda. Y ganó el hoy. Pero los comunistas continuamos anclados en el ayer.
L.C.- Usted fue leninista.
J.V.- Y al entrar en el PCE me consideraba maoísta. Fue a principios de los setenta, después del Mayo Francés. Y las noticias que nos llegaban de Mao coincidían en calificar su Revolución Cultural de panacea democrática. Luego resultó que todo aquello de cultural tenía poco y que no era más que un atentado contra las libertades.
L.C.-...
J.V.- Visité la URSS, en el ochenta y seis, formando parte del Comité Central del PCE, y regresé convencido de que la economía planificada era un puro desastre. Además, las competencias del partido y del Estado se entremezclaban como había ocurrido aquí, en la España de Franco.
L.C.- Ya no se identificaba.
J.V.- ¿Con qué...?
L.C.- Con el PCE.
J.V.- Probablemente no. Pero en mi fuero interno no renuncio al pasado. Tampoco ha cambiado mi escala de valores. Al menos continúo indignándome por las injusticias que me indignaban a los veinte años. Ahora bien, es legítimo e incluso necesario evolucionar y adaptarse a los tiempos que corren.
L.C.- Se ha referido a su escala de valores...

Y sostengo que cualquier gobierno que no respete escrupulosamente los derechos humanos no puede jactarse de defender los intereses del pueblo”

J.V.- Apuesto por cualquier cambio social que suponga el disfrute de unas mayores cuotas de respeto y libertad. Y sostengo que cualquier gobierno que no respete escrupulosamente los derechos humanos no puede jactarse de defender los intereses del pueblo. Por si no le bastara esta declaración de principios, le diré que no me cabe duda de que es imposible superar las desigualdades sociales fuera del marco democrático.
L.C.- Se licenció en Historia casi cincuentón.
J.V.- Fue para dar salida a mis inquietudes. Había sido profesional de la política. Y sentía la necesidad de reciclarme, de abrir las puertas del pensamiento... Por otra parte, provengo de una familia muy modesta y tan pronto como acabé el bachillerato tuve que ponerme a trabajar.
L.C.- La 'de', de origen o procedencia, que ha surgido entre su nombre y su primer apellido...
J.V.- Lo veo venir. ¿Indica que provengo de alta alcurnia...? No se burle de mí. O, si lo prefiere, nos reímos juntos. Ya puede imaginar que mi ideología no me permite tomar muy en serio lo de mis antecedentes nobiliarios. Además, una persona vale por lo que es, no por lo que le han legado. Pero sería absurdo que me negara a aceptar la realidad.
L.C.- ¿Y la realidad es...?

J.V.- Que mi abuelo paterno se llamó José María de Vílchez Calderón de la Barca y fue un rico hacendado andaluz, concretamente de Huelva. Y otro pariente era don Gerardo Gavilanes, de Zamora, delegado del gobierno en diferentes provincias. Sin embargo, no conozco a mis parientes.
L.C.- ¿Y eso...?
J.V.- Ni mi padre ni mi madre hicieron nada por restablecer unas relaciones que, muy probablemente, se truncaron con la Guerra Civil. A mi padre le sorprendió en Menorca, de donde es mi madre, haciendo el servicio militar. Y en el treinta nueve era teniente, al mando de una batería de costa, en Alaior. Un tribunal militar le declaró inocente de cualquier delito de sangre. Aun así, estuvo dos años y medio en un campo de trabajo, en Girona. Pero de la guerra y sus consecuencias no se hablaba en casa. De adulto me enteré de algo.
L.C.- ¿De qué...?
J.V.- De que mi padre contó, en el juicio, con el testimonio favorable del párroco de Sant Climent. De que a un hermano de mi madre, Miquel, que por entonces ya vivía en Palma, casi le mataron de una paliza, los falangistas, porque supieron que pretendía huir en barca a Menorca. De que otro de sus hermanos, Rafel, estuvo preso en sa Pobla, haciendo carretera... También sé que una de las abuelas de mi padre, Carlota Gavilanes, dio refugio, los tres años de la guerra, a un oficial de la Guardia Civil, en su piso de Barcelona.
L.C.- Volviendo a su noble linaje...
J.V.- No tiene la menor importancia. Provengo de un pasado que desconozco. Y lo desconozco porque no me interesa. Sé que los Vílchez fueron riquísimos, antes de que el abuelo se divorciara y dilapidara toda la fortuna. El conde de Vílchez, que pintó Madrazo, forma parte de mi árbol genealógico. No me sería difícil contactar con mis parientes, pero ¿para qué...? Vivo mi vida. Y soy republicano.
L.C.- Pero votó a favor de la Constitución que restablecía la Monarquía.
J.V.- Y no lo hice únicamente por disciplina de partido, sino porque mi análisis de la realidad me decía que aquello iba a ser bueno para todos. O relativamente bueno, porque nos permitió superar un impasse histórico.
L.C.- Ya está superado.
J.V.- Pero quedan muchos flecos por atar antes de plantearnos un debate sobre la conveniencia de Monarquía o República. La descentralización, por ejemplo. Catalunya y Euskadi son naciones y su relación con el Estado tiene que plantearse desde la libertad y el respeto mutuo.
L.C.- ¿Usted continúa siendo federalista?
J.V.- Sí. Aunque mi compromiso con la Constitución y con Juan Carlos está en función de los pasos que se vayan dando hacia el logro de este objetivo. Desgraciadamente tenemos que soportar el nacionalcatolicismo del Partido Popular, basado en la defensa a ultranza del Estado centralizado y monolingüe. Pero ¿qué puedo decirle...? La derecha va hacia atrás. ¡En todo...! De ahí su negativa a la recuperación de la memoria del treinta y seis.
L.C.- Le recuerdo que los pactos que hicieron posible la Transición incluían el olvido de las víctimas republicanas de la Guerra Civil.
J.V.- Y yo le recuerdo que el primer acto a favor de la memoria histórica tuvo lugar en el setenta y siete, cuando Dolores Ibarruri presidió la Mesa de Edad del Parlamento.
L.C.- No se me salga por la tangente...
J.V.- No lo pretendo. Soy consciente de que la derecha pretende perpetuar la memoria del fascismo, no sólo olvidándose de las víctimas de la Guerra Civil, sino justificando, incluso, el golpe de Estado. Le contaré algo...
L.C.- Diga.
J.V.- En el PCE tuve la oportunidad de conocer a muchos viejos militantes que habían vivido aquellos tiempos. Y no se lamentaban. Todos daban por buenos sus años de lucha y clandestinidad, porque estaban convencidos de que en un futuro próximo se les haría justicia.
L.C.- ¿Y dónde está ese futuro?
J.V.- A eso iba. Cuando veo que ya estamos en el futuro que ellos imaginaban y que aún los hay que se niegan a restituir su memoria, me indigno profundamente. ¡Si tenemos miles de cadáveres en las cunetas...!
L.C.- Me ha dicho que se ha afiliado a Iniciativa-Verds...
J.V.- Y aplaudo la coalición que forma con PSM y Entesa per Mallorca. No tendré ningún cargo de responsabilidad. Pero la apoyaré con todo el entusiasmo del mundo. No me considero nacionalista, pero sí catalanista...

Josep de Vílchez afirma que el recuerdo de los viejos comunistas que tenían fe ciega en un tiempo por llegar en el que se les reconocería su esfuerzo y sacrificio pone en evidencia la tremenda injusticia que supone echar montones de tierra sobre la memoria colectiva. Y antes de los comunistas de la Transición, hubo otros comunistas y socialistas y anarquistas y republicanos que murieron en la España franquista, pero quién sabe dónde. Los viejos comunistas que conoció De Vílchez fueron como delfines varados en la arena: surgieron de una clandestinidad de cuarenta años para venirse a morir a orillas de la democracia. Pasionaria, Sánchez Montero, Camacho, Antoni Gutiérrez, Líster, López Raimundo, Ignacio Gallego, Guillem Gayà, Francesca Bosch... Carrillo aún vive. Pero todos los nombres del PCE y el propio PCE evocan lo irrecuperable. De aquel llamado 'Sábado Santo Rojo' en que Suárez lo legalizó, el PCE ha pasado de 200.000 militantes a 20.000. Y los treinta años que van de ayer a hoy no sólo abarcan un tiempo lleno de cadáveres políticos, sino de polvo. El marxismo, el leninismo o el maoísmo son material de hemeroteca. Y el eurocomunismo también, pese a sus valedores mediáticos, desde Berlinger a Cunhal, desde Marchais a Carrillo. Del comunismo queda el entrañable recuerdo de la gente obrera, sacrificada y solidaria, de los tiempos del franquismo. Vázquez Montalbán dejó escrito que conoció la bondad en la mirada de los comunistas de base. También la hubiera percibido en la de los anarquistas y en la de cualquier idealista. Pero no le faltaba razón.

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