Jaume Miró: “Las personas somos instrumentos de las ideas”

| Son Servera, Mallorca |

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Jaume Miro

Jaume Miro

19-11-2011 | M. À. Cañellas

Bucea en el pasado en busca de respuestas. Le intriga la Guerra Civil y le quita el sueño la crisis económica. Jaume Miró (Cala Millor, 1977) se licenció en Filosofía pura (UIB, 2001) y es dramaturgo. Su última obra, En el niu de l'etern retorn, ha sido una de las siete que ha escenificado, en el Castell de Sant Carles, la compañía Teatríntim bajo el título global de Guerra i Pau.

Nos citamos en s'Oratge, un bar de Son Servera. En el mostrador de una tienda cercana hay un aro de madera repleto de arenques. Le comento lo buenos que están asados. Me responde:
Jaume Miró.- Lo supongo. Pero jamás los probé. Soy de la generación de la pizza. Las épocas no sólo se diferencias por los grandes acontecimientos, sino también por las pequeñas cosas. ¿Los arenques...? Para el abuelo.
Llorenç Capellà.- ¿De qué se pone ciego a manteles?
J.M.- No sabría decírselo. Pero no me excedo en casi nada. Incluso dejé el tabaco y algún que otro porro. Nada de esto me satisface. Me gustó la música, la de Pixies, Rage against the machine, Smashing o Nirvana. Y me apasiona la literatura.
L.C.- Vale. ¿Cómo se gesta En el riu de l'etern retorn?
J.M.- Una hermana de mi abuela, Maria Cantadora, embarcó con las tropas de Bayo cuando abandonaron Mallorca. Era una niña. Se fue con su padre.
L.C.- ¿Se lo contó ella?
J.M.- Claro. Se dice que los serverins temían a los rojos. Y es cierto. Los caciques, sobre todo... Pero los republicanos sólo temían a los falangistas. Así que buscaron refugio en el campo. Los hombres se encaramaban a los naranjos porque se escondían entre la espesura del ramaje.
L.C.- Yo le preguntaba por En el riu de l'etern retorn.
J.M.- Lo sé. Pero intento decirle que he conseguido escribirla, gracias a todas las historias que se me han ido acumulando en la memoria. El padre de Maria Cantadora fue de los que se encaramó a un naranjo. Me lo contó ella. Y, gracias a ella, aprendí a percibir el miedo. En Son Servera aún hay mucho miedo.
L.C.- Usted y Jaume Morey Sureda han trabajado en la localización de las fosas olvidadas de Artà y Son Servera...
J.M.- Y aún nos queda mucho por hacer. Está la del Puig de Son Corb, la de Son Moro, la del Puig de sa Font... Guardan los restos de un número indeterminado de milicianos muertos en combate o simplemente asesinados, pero ni siquiera sabemos sus nombres. Sólo el de uno. Se llamó Ricard Isnard y era oficial. Su batallón fue sorprendido cuando avanzaba hacia Son Servera. Y hubo una masacre. Murieron una cincuentena y los cadáveres fueron arrojados a un pozo de agua salada.
L.C.- ¿Y el pozo...?
J.M.- No hemos podido localizarlo. ¡Han pasado tantos años...! La fosa de Son Moro también ha quedado sepultada bajo edificaciones. Pero estos hechos de sangre ocurrieron, están en la memoria colectiva. Me pregunto si hay posibilidad de esclarecer unos crímenes cometidos setenta y cinco años atrás.
L.C.- ¿Y qué respuesta se da?
J.M.- Me digo que si no lo intentamos seguro que no la habrá. Además, la investigación de lo que pasó nos permite sopesar la lógica de la historia. Los personajes de En el riu de l'etern retorn son un miliciano y un falangista que dialogan en un nido de ametralladoras... Pues bien, la filosofía de desencanto y de cansancio por lo que están viviendo, nos remite a un presente de crisis que provoca náuseas.
L.C.- ¿Por desmoralización, por cansancio...?
J.M.- Por todo a la vez. Es frecuente oír cómo la gente de mi edad dice que igual lo que más nos conviene es que el sistema se derrumbe de una vez. Y hace dos o tres años era improbable que alguien pensara así. Ahora, en cambio... Realicé un estudio sobre el nihilismo entre los jóvenes alemanes de hace un siglo y en esencia decían lo mismo que dicen los actuales. ¿Y qué pasó...? Cuatro años después estalló la Gran Guerra. También Thomas Mann, en La montaña mágica, nos remite a un mundo que se va vaciando de contenido, con personajes aburridos, irritables... Esperan que pase algo: algo gordo que modifique el mundo que conocen.
L.C.-...
J.M.- La gente de mi generación se parece a los personajes de Mann. Es gente intelectualmente preparada, joven, con ganas de trabajar o de comerse el mundo. Pero se encuentran en la calle, sin trabajo... Son títeres de la historia, en el sentido de que son arrastrados por una situación que ellos no han provocado. El falangista y el anarquista de En el riu de l'etern retorn también son títeres. Las personas somos instrumentos de las ideas.
L.C.- ¿Su dramaturgia gira en torno a un único tema?

Este anticatalanismo, me digo, es una consecuencia indirecta de aquella guerra. Porque el anticatalanismo es una obsesión enfermiza. Es estresante vivir en una sociedad en un inacabable conflicto lingüístico

J.M.- A partir de Fuga, que la escribí hace siete años, siempre acabo dándole vueltas a la metáfora de los inocentes convertidos en culpables. Escriba lo que escriba. Y es que por el solo hecho de que un gobierno implique a su país en una guerra, todos los ciudadanos de aquel país ya son responsables de aquella guerra. De ahí mi interés por la Guerra Civil. Vamos a ver... Si un político afirma que no hablamos catalán porque los catalanes de Catalunya llaman ‘barret' a la misma prenda que nosotros, los mallorquines, llamamos ‘capell'... Este anticatalanismo, me digo, es una consecuencia indirecta de aquella guerra. Porque el anticatalanismo es una obsesión enfermiza. Es estresante vivir en una sociedad en un inacabable conflicto lingüístico. Acabaremos neuróticos.
L.C.- ¿Y...?
J.M.- El conflicto nace en la órbita política. Tengo, como cualquiera, amigos castellanohablantes y no hemos tenido roce alguno por cuestiones lingüísticas. Ahora bien, nuestra lengua es la catalana. Residí un año en Londres, por estudios, y me quedé maravillado viendo como todo el mundo se entendía en inglés. Nuestra situación es absurda, esperpéntica.
L.C.- Se interroga usted continuamente.
J.M.- Por mi condición de dramaturgo. El teatro exige preguntas, porque es literatura viva. La reacción del público ante el planteamiento dramático es inmediata.
L.C.- La propuesta de Teatríntim, la escenificación de siete piezas cortas a tres euros el total ¿se ha de considerar una respuesta inteligente ante la falta de público es los teatros...?
J.M.- Sin duda. Pero también supone otra forma de acercarse a la dramaturgia. En el Castell de Sant Carles no hay patio de butacas, las distancias entre actores y público desaparecen... Y hablando de grandes montajes, ya sé que es dificilísimo que una compañía potente estrene a un autor novel. No obstante, al menos a mí, no me preocupa. Dirijo Noctàmbuls, un grupo que contribuí a fundar. Además, tenemos que recuperar la costumbre de leer teatro. El texto cobra vida en el papel y se ha de leer como si fuera una novela.
L.C.- Sí.
J.M.- Desgraciadamente casi nunca descubrimos un libro de teatro en los escaparates de las librerías. Cuando el escritor por excelencia es Shakespeare, un dramaturgo. Por no citar a Beckett o a Camus...
L.C.- Usted ha escrito que Jack Kerouac le condujo a Dostoievski y a Rimbaud ¿cierto...?
J.M.- Claro que sí. Leí su biografía, la de Kerouac, con quince o dieciséis años, y se refería a las lecturas que le influyeron. Su vida, su protagonismo en la cultura beat, sus viajes, sus drogas, me fascinaron. Así que si él leía a Dostoievski y a Rimbaud, tanto el uno como el otro tenían que ser únicos. Se lo cuento: hacía autoestop hasta Manacor porque las librerías de allí lo tienen todo.
L.C.- ¿Cuánto dinero lleva en el bolsillo?
J.M.- Déjeme ver... ¡Ni un euro...! Me he olvidado la cartera en casa.
L.C.- ¿En qué entorno social creció?
J.M.- En el propio de una familia acomodada. Mi padre es empresario, pero aunque nos identifiquemos cada uno con su mundo respectivo siempre ha habido buen diálogo entre nosotros. Nos entendemos. Y cada vez más, probablemente.
L.C.- ¿Cuándo tuvo el primer coche?
J.M.- A los veintiún años.
L.C.- ¿Y el primer accidente?
J.M.- A los trece. Montaba en bicicleta y me arrolló un coche. Estuve en coma. Pero una de mis mejores amigas, con dieciocho años, se mató conduciendo. Es trágico, pero los de mi generación solemos tener un amigo o una amiga que perdió la vida en la carretera.
L.C.- ¿El futuro es una pregunta?
J.M.- Y sin respuesta. Estoy escribiendo una obra sobre la crisis y su influencia en mi generación. Porque la crisis, a los que estamos entre los treinta y los cuarenta, nos ha cambiado la vida.
L.C.- Para mal, supongo.
J.M.- Probablemente. La obra plantea preguntas pero no ofrece respuestas. No soy un moralista.
L.C.- ¿Es...?
J.M.- ¿Qué soy...?
L.C.- Sí.
J.M.- Un dramaturgo con una necesidad compulsiva de expresarse. Y digo cosas. Tengo una gran suerte. Tiro de un hilo de la vida cotidiana, de cualquier hilo, y de allí surge una historia.

En el niu de l'etern retorn, de Jaume Miró, se representó a primeros de mes en el Castell de Sant Carles, un espacio museístico cedido por el ejército a las gentes de Teatríntim. Se representaron siete obras de pequeño formato, escritas por otros tantos autores, cuya temática tiene que ver con el título del espectáculo tomado de Tolstoi: Guerra i Pau. La obra de Jaume Miró trascurre la noche del tres al cuatro de setiembre del treinta y seis, en un nido de ametralladoras del Puig de Son Corb defendido por un solo miliciano, porque sus compañeros han muerto o se han retirado obedeciendo las órdenes de Bayo. Mientras el miliciano solicita ayuda a la base de operaciones a través del teléfono de campaña, irrumpe en escena un falangista y le desarma. Hablan. Discuten. Pese a sus posicionamientos ideológicos irreconciliables, puede que haya algo que los una: ambos han sido arrastrados hasta allí por unos acontecimientos cuyo control se les escapa de las manos. Finalmente el falangista aconseja al miliciano que huya porque sus compañeros, los Dragones de la Muerte, están al caer. El miliciano le hace caso y, cuando se ha alejado unos pasos, el falangista le dispara por la espalda. "Camino despejado ¡vía libre!", anuncia a los suyos. Y añade: "¡Guardadme las orejas que me estoy haciendo un collar!".
Jaume Miró ha asistido a cursillos impartidos por Sanchis Sinisterra (¡Ay Carmela!) y Syd Field (maestro de guionistas) y ha escrito una docena de obras teatrales, todas ellas representadas y publicadas.

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