Pere Ferrer: "El pasado no puede enterrarse así como así"

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Pere Ferrer

Pere Ferrer

17-12-2011 | Joan Torres

Se define tenaz. Y admite que una parte de su vocación de historiador es detectivesca. Pere Ferrer (Alaró, 1949) se licenció (UIB, 1983) y doctoró (UIB, 1989) en Historia. La mayoría de sus libros se han centrado en Joan March y su tiempo. Acaba de publicar Sotanes, faldes i tricornis, una aproximación novelada a la década de los cuarenta del siglo pasado.

Llama la atención, de su currículo, su licenciatura tardía. Se lo comento. Me responde:
Pere Ferrer.- Porque me decidí tarde por la Historia. Había estudiado peritaje mercantil y trabajaba en cosas propias de la profesión. Mi padre era de procedencia muy humilde y a fuerza de estudio y trabajo consiguió ser intendente mercantil. Así que se obsesionó en que sus hijos estudiáramos.
Llorenç Capellà.- ¿Comercio...?
P.F.- ¡No, no...! Decidió que mi hermana hiciera farmacia y yo medicina. Y estábamos en ello. Mi hermana en tercero y yo en primero, los dos en Barcelona. Pero él, mi padre, murió, y mi madre no disponía de dinero suficiente como para tenernos fuera de casa. Así que regresamos a Palma.
L.C.- Vale.
P.F.- Luego mi hermana estudió Magisterio y yo peritaje. Y así fue como me convertí en un perito del montón, cuando probablemente hubiera sido un buen médico. Me apasiono fácilmente y a buen seguro que me hubiera volcado con los enfermos.
L.C.- ¿Lo de la Historia...?
P.F.- Vino más tarde. Me atrajo a través de la lectura de los narradores rusos que escriben novelas larguísimas con tramas familiares y sociales con muchos puntos oscuros. Y como era lógico me incliné por el período republicano, la Guerra Civil y la posguerra. Entiendo la investigación como aventura. De ahí que haya centrado buena parte de mis esfuerzos en Juan March y el entramado de intereses e influencias que fue capaz de mover.
L.C.- Seguro que, de March, ya lo sabe todo.
P.F.- Qué va. ¡Si pudiera desplazarme a Nueva York...!
L.C.- ¿Para qué...?
P.F.- Para saber algo más de sus relaciones con la Alemania nazi. Ya he estado en los archivos de Moscú. Cuando los aliados entraron en Berlín, americanos y rusos se repartieron los archivos secretos del nazismo.
L.C.- ¿Qué espera encontrar?
P.F.- No lo sé. Pero era un personaje tan complejo... Lo último que ha caído en mis manos es un documento de los servicios secretos alemanes de los años cuarenta. Informan a Franco de una reunión secreta entre un representante de March y elementos monárquicos con el fin de reinstaurar la monarquía. Se celebró en un pueblo de Catalunya.
L.C.- ¿Sotanes, faldes i tricornis, es una continuación de su libro anterior, Contraban, República i guerra?
P.F.- Sí. Además también lo escribí de forma novelada para hacerlo más ameno. Me di cuenta de que las personas de menos de sesenta años no saben, por ejemplo, lo que fue el racionamiento. Y el pasado no puede enterrarse así como así, echándole una losa encima, en este caso la del olvido.
L.C.- ¿Antes que el novelista, prevalece en usted el historiador...?
P.F.- No lo dude. En Sotanes, faldes i tricornis estudio la época que va del año treinta y nueve, llamado Año de la Victoria y Tercer Año Triunfal, hasta el cincuenta y dos.
L.C.- El racionamiento duró hasta el cincuenta y tres.
P.F.- Es lo mismo. Lo importante es que me baso en hechos reales y que procuro dejar testimonio de la escasa ética de los vencedores. Fue una época marcada por el miedo porque, digan lo que digan, la guerra no había finalizado. Preston, en El Holocausto Español, habla de odio y exterminio en la guerra y después. Yo, en mi libro, sólo hablo de lo que pasó después. Aquel pasado aún hiede.
L.C.- ¿Culpamos a Falange...?
P.F.- Los falangistas se convirtieron en unos funcionarios comodones. Cuando Franco, en el cuarenta y cinco, nombró a Martín-Artajo ministro de Asuntos Exteriores, era consciente de que se ponía en manos de la Iglesia. A partir de ahí encontramos a clérigos en el Consejo del Reino, en el Consejo del Estado, en las Cortes... Y Falange se convierte en un partido de burócratas. Franco despreciaba a los falangistas. Una vez le dijo a Díaz Cañabate, un escritor costumbrista, el mejor heredero de Mesonero Romanos: «Falange no es más que la claque que se necesita en cualquier teatro».
L.C.- Los curas van a decidir qué se hace con el Valle de los Caídos.
P.F.- Como en tantas otras cosas. Aunque ya no tengan la influencia social de hace un siglo, tanto la derecha como el PSOE les conceden todo tipo de privilegios. Me defino como anticlerical, porque la Iglesia históricamente ha frenado todos aquellos movimientos populares que van unidos a la palabra libertad, entre ellos los que se proponían dignificar el papel social de la mujer.

L.C.- ¿De qué mujer habla en Sotanes, faes i tricornis?
P.F.- De la que en la posguerra fue despreciada, no sólo por roja, sino por su condición femenina. Infinidad de ellas aceptaron por amante a un señorón de derechas o a un falangista para así traer comida a casa. Y las hubo que se prostituyeron para comprar penicilina para un hijo o un marido tuberculoso. ¡Si lo sabré yo...! Tengo suficiente con cerrar los ojos y recordar.
L.C.-...
P.F.- Aquella sociedad fue tremendamente hipócrita. Mi padre quiso optar a una cátedra en la Escuela de Comercio y le exigieron un certificado de adhesión al Movimiento de manera entusiástica. ¡Ya me dirá...! ¿Cómo se calcula el entusiasmo...? ¿Por el número de crímenes que habías cometido...? ¿De delaciones...? Y en el Boletín Oficial de la Provincia se publicaban edictos del Gobernador Civil en los que se detallaba cómo tenía que ser el bañador de la mujer y los centímetros que podía tener el escote. ¡Ah...! Y la mujer también tenía prohibido bailar en traje de baño.
L.C.- ¿El contrabando, durante la guerra, mermó su actividad?
P.F.- Más bien fue selectivo. March, por ejemplo, suministraba el tabaco a los ejércitos de Franco. Y continuó traficando con armas, por supuesto. El contrabando se adaptaba a la demanda. La morfina que en la década de los veinte se consumía en Barcelona salía de Mallorca. Y llegaba aquí a través de un proveedor alemán. Pero el tráfico no fue a más, porque era un consumo selectivo que dejaba pocos beneficios. Luego, en la posguerra, se traficó con el café, con el arroz... Y surgieron nuevos contrabandistas como Moll, Fontanet, Andreu Oliver o los hermanos Bestard. A partir del cuarenta y cinco, con la caída de la Alemania nazi, casi todos ellos compraron las patrulleras del ejército británico ancladas en Gibraltar. Y acertaron. Eran más veloces que los buques de vigilancia españoles.
L.C.- ¿Y había, por parte española, interés en alcanzarles?
P.F.- Sólo puedo decirle que la justicia franquista fue extremadamente rigurosa con los delitos políticos y más bien benevolente con los económicos. Tanto es así que si se fusilaba a alguien por estafa o robo era por ser, además, desafecto al régimen. ¿Le he dicho que la posguerra viene marcada por el miedo...?
L.C.- Sí.
P.F.- Y por la corrupción. El fraude de los poderosos era algo, si no lícito, normal y consentido.
L.C.- ¿Y la Iglesia...?
P.F.- Callaba. Hubo un grupo de curas, en Granada, que lo denunciaron. Pero fueron los únicos. La Iglesia ya tenía su tajada de poder en la enseñanza y era absolutamente insensible a la tragedia humana. Un estraperlista madrileño se jactaba de tener siempre mujeres jóvenes en su cama.
L.C.- ¿Con dinero...?
P.F.- Con dinero. Circulaba con su haiga, a poca velocidad, por los barrios marginales, y cuando veía a una mujer atractiva sacaba un billete de mil por la ventanilla.
L.C.- ¿Se está refiriendo al período más oscuro del siglo pasado?
P.F.- ¿Del siglo pasado, dice...? ¡Diga de toda la historia! Sólo importaban las apariencias. En los periódicos no se hablaba del hambre ni del racionamiento. España entera era una balsa de amor y paz. Y se fomentaba la imbecilidad de una manera descarada. Luis de Galinsoga publicaba en La Vanguardia que España había inventado el gasógeno. En concreto, según sus palabras, había sido un invento del Caudillo que siempre estaba pensando en el bien de los españoles.
L.C.- ¿Por qué acaba su libro con el final del racionamiento?
P.F.- Porque entre el cincuenta y dos y el cincuenta y tres, Franco firmó los acuerdos con el Vaticano, se reiniciaron las relaciones con Estados Unidos... Y se acaba la autarquía. A partir de ahí va perdiendo interés el contrabando de productos alimenticios. Aunque los que se enriquecían con la escasez ya habían hecho fortuna.
L.C.- ¿Y cómo la invirtieron...?
P.F.- Adivínelo: en hoteles. El turismo de masas comienza a principios de los años sesenta. ¿Y de dónde cree que sale el dinero para construir las primeras moles...? Del contrabando. La nobleza aún era muy rica, pero no disponía de liquidez. Y liquidez, precisamente, era lo que les sobraba a los contrabandistas.

 

En los años cuarenta hubo un férreo control del Estado sobre las cosechas y todo tipo de mercaderías. La cosecha del trigo, por ejemplo, tenía que declararse íntegra a la Comisaría de Abastos, que no solo fijaba el precio, sino que la adquiría en su totalidad dejando una cantidad determinada, siempre mínima, para el consumo del agricultor. Y como el trigo, cualquier otro cereal o producto manufacturado. El Estado se quedaba con todo y se encargaba de su venta a particulares (previa presentación de la cartilla de racionamiento y según las cantidades asignadas por persona) o negociaba la exportación a las naciones en guerra ideológicamente afines. Naturalmente, quien disponía de dinero estaba dispuesto a pagar mucho más del precio estipulado por aquello que quería conseguir. Y así nació el estraperlo. El payés, el ganadero o el comerciante, amañaban su declaración en Abastos con la complicidad interesada de los inspectores, reclutados entre excombatientes y falangistas. Rafael Abella, especializado en historia cotidiana, afirma que los funcionarios recibían infinidad de cestas de Navidad. Y que sólo devolvían unas pocas: las que no contenían una pata de Jabugo. Se dejaban corromper felizmente. Al fin y al cabo tenían todo el poder del mundo. Un estraperlista podía ser acusado de rebelión militar e incluso condenado a muerte. Aunque la multa por comercio ilícito solía oscilar entre las 1.500 y las 3.000 pesetas (una fortuna). Quien no las satisfacía, no se libraba de dos años de trabajos forzados.

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