Ángel L. Encinas: “De Juníper Serra destaco su espíritu de aventura y lucidez”

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Miguel Ángel Encinas

Miguel Ángel Encinas

14-04-2012 | M. À. Cañellas

Si fuera músico sería el hombre orquesta, de modo que en el campo de la investigación histórica, que es lo suyo, no se pone límites. Ángel Luis Encinas (Madrid, 1954) se licenció en Geografía e Historia (Universidad Lomonósov, Moscú, 1985) y da clases de filología y literatura eslava en la Complutense. Su último libro: Diario de la expedición de fray Junípero Serra desde la misión de Loreto a San Diego en 1769 (Miraguano Ediciones, 2011).

Otro de sus trabajos se centra en Andreu Nin, el líder del POUM desaparecido en 1937. Le pregunto si daremos primero con los restos de Nin o con los de García Lorca. Me responde:
Ángel Encinas.- Con los de Lorca, porque los de Nin no están en España.
Llorenç Capellà.- ¿Seguro…? Se afirma que fue asesinado en el chalet de Constanza de la Mora, en Alcalá de Henares.
A.E.- Y enterrado en algún lugar de la carretera de Valencia. ¡Se dicen tantas cosas…! Pero yo sostengo que conocía demasiado bien los entresijos del comunismo para que Stalin se limitara a asesinarlo. Estoy convencido de que los agentes rusos lo sacaron de España en barco, vía Valencia, y lo trasladaron a Moscú. Allí le interrogaron a su manera y luego se deshicieron de él.
L.C.- Usted localizó la última carta que Nin escribió al Comité Central del Partido Comunista…
A.E.- Lleva fecha del 24 de agosto de 1927 y afirma su disposición a colaborar con el PCUS en lo que sea, sin poner objeciones de ningún tipo. Aún así cayó en desgracia y, tres años después, fue expulsado de Rusia.
L.C.- ¿Cómo dio con la carta?
A.E.- Por casualidad. Como por casualidad se descubrió América. Ahora bien, todas las casualidades, en historia, suelen ir precedidas de un trabajo de investigación importante. Yo tenía echadas mis redes en Moscú. Un día le comenté a una de las bibliotecarias del Centro de Conservación y Estudios de Documentos de Historia Contemporánea si sabía algo de una última carta de Nin y, ante mi sorpresa, consideró mi pregunta de lo más natural y me respondió que estaba en otro archivo, a unos cincuenta kilómetros de donde nos hallábamos, pero que si me esperaba enviaba a buscarla. Y así di con ella. Algo parecido me ocurrió con el documento que explica el asesinato de Durruti. Fue en 1992. También en Moscú. El documento afirmaba que un tal Fernando había disparado sobre Durruti. Así que me puse en contacto con una especialista en la guerra de España y le pregunté qué agente ruso se escondía tras el seudónimo de Fernando. Agachó la cabeza y no me respondió. En otro de mis viajes, en 2006, el documento ya había desaparecido.  
L.C.- Usted nació en Madrid…
A.E.- A dos pasos de la plaza de toros de Las Ventas.
L.C.- ¿Y qué hace un madrileño castizo licenciándose en Moscú?
A.E.- Pregúnteselo a la casualidad.
L.C.- ¿También…?
A.E.- También. Estudiaba ruso porque quería asistir a las Olimpiadas del 80, que iban a celebrarse en Moscú. Y supe que el gobierno ruso concedía becas a los extranjeros que quisieran estudiar allí, así que no dudé en apuntarme. Estuve cinco años. Me licencié y regresé a Madrid. ¡Y en el Ministerio de Educación me ponían pegas para convalidar el título…! Así que me volví a la Tabacalera.
L.C.- ¿A la Tabacalera…?
A.E.- Sí, porque estaba en excedencia. Antes de viajar a Rusia era ordenanza y continué siéndolo. Cuando en el ochenta y seis se publicó mi traducción al castellano del Cantar de las huestes de Ígor, una obra anónima, de finales del siglo XII, escrita en eslavo antiguo, algún periodista publicó que yo hacía paquetes en un sótano y que era el chico de los encargos de Tabacalera. Entonces el director general me ascendió a bibliotecario de una biblioteca que no existía. Más adelante pasé a la Complutense…
L.C.- Experto en literatura eslava, en Guerra Civil… ¿También la casualidad le puso en el camino de Juníper Serra?
A.E.- Digamos que sí. La admiración por el padre Serra me viene de la niñez. Mi abuelo tenía una tienda de lanas en la calle Gonzalo de Córdoba y cuando acudía a verle íbamos paseando hasta la librería Magallanes. En uno de estos paseos me compró La cruz y la espada, que se publicaba en la colección Relatos del Nuevo Mundo, y quedé impresionado de lo que era capaz de hacer un fraile en medio de la selva. Muchos años después, hace cinco exactamente, visité a mi hija mayor, que vive en California, y aproveché el viaje para hurgar en bibliotecas y librerías de viejo. De ahí salió mi libro sobre fray Junípero.
L.C.- ¿Qué le impactó inicialmente de él?
A.E.- Su espíritu de aventura. Y su constancia y lucidez. Estuvo nueve años en Sierra Gorda enseñando a los nativos técnicas agrícolas y el modo de tejer el hilo. Pero lo primero que hizo fue aprender las lenguas amerindias para ser uno de ellos.
L.C.- Andaba del brazo con los militares. ¿De militares y clérigos en tierra de conquista puede esperarse algo bueno?

Es cierto que en la historiografía norteamericana hay una tendencia muy crítica con el padre Serra, porque bebe en las fuentes de la leyenda negra que tejieron ingleses y franceses en torno a la conquista

 

A.E.- Sí. ¿Por qué no…? En cualquier caso el padre Serra no abdicó de sus principios. Al menos en su correspondencia denuncia claramente la brutalidad de los soldados. Son sobradamente conocidas sus discrepancias con el gobernador Pere Fages Beleta... Es cierto que en la historiografía norteamericana hay una tendencia muy crítica con el padre Serra, porque bebe en las fuentes de la leyenda negra que tejieron ingleses y franceses en torno a la conquista. Pero yo no voy a secundarla. Digan lo que digan, tanto los soldados como los frailes se esforzaron por elevar el nivel de vida de los indígenas. Tenga en cuenta que se encontraron con unos pueblos en estado primitivo. Se alimentaban de fruta, iban prácticamente desnudos…
L.C.- ¿Le digo el fandango…?
A.E.- ¿Qué fandango…?
L.C.- Que culpa tiene el tomate/ si está tranquilo en la mata/ y se viene un hijo puta/ y lo mete en una lata/ y lo manda pa Caracas.
A.E.- Vale. Si el tomate es el indígena, evidentemente el indígena tenía derecho a elegir su sistema de vida. Pero la copla es del XIX y nosotros hablamos de mucho antes. Lo que me llama la atención del padre Serra es su espíritu aventurero. ¿Cómo un catedrático de Filosofía de la universidad luliana, una entidad de tanto prestigio que está a la altura de la de Salamanca o de la Complutense, decide con treinta y cinco años cambiar las aulas por la evangelización?
L.C.- Respóndase usted mismo.
A.E.- Yo me respondo preguntándome dónde debe hallarse la documentación que pueda arrojar luz sobre las decisiones que tomó. Aunque intuyo que estará en el archivo franciscano de Roma.
L.C.- ¿Se ha infravalorado su figura?
A.E.- Más bien se ha ignorado, pese a los esfuerzos del padre Vicedo, por ejemplo. Lo cierto es que estamos faltos de una interpretación de la historia de España basada en las fuentes, no en chovinismos ni en los mitos de tipo imperial. Le remito a mi traducción de Cartas sobre España, de Botkin, escrita en 1845. Botkin nos da una visión del siglo XIX español, absolutamente alejada de los tópicos de Merimeé o de Gauthier. Y yo mismo buceo en la historia real. Hay que recuperar el legado liberal, el del Empecinado, el de Blanco White…
L.C.-…
A.E.- No existe, en España, un patriotismo democrático. Ahora se elogia lo que representó la Pepa, pero Juan Carlos I no ha reconocido que uno de sus antepasados, Fernando VII, se cargó a los liberales. ¡Si el general Riego murió ahorcado en Madrid,  en la plaza de la Cebada…!
L.C.- Volviendo a Juníper Serra…
A.E.- No es un frailecito cualquiera. Pese a su gran bagaje intelectual, se arremanga y trabaja codo con codo con los indígenas. Pudo exigir que le nombraran arzobispo y no lo hizo. En el Diario, que abarca algo más de tres meses de su viaje desde Loreto a San Diego, queda constancia de su enorme influencia en todas las decisiones que iban tomando los españoles.
L.C.- ¿Qué ganaron los franciscanos con la colonización?
A.E.- Se limitaron a recuperar el espíritu de Francisco de Asís. No fueron como los dominicos, que se enriquecieron. Ni como los jesuitas, que eran mitad frailes y mitad soldados. En el padre Serra veo vocación y sacrificio. ¿Qué necesidad tenía de viajar a otro continente…?
L.C.- ¿Y usted de viajar a Moscú?
A.E.- ¡Hombre! Rusia me brindó la oportunidad de abandonar la Tabacalera y el uniforme.
L.C.- Y un madrileño de su perfil ¿cómo se las ingeniaba a la hora del vermú?
A.E.- Picaba algo en la residencia. De bares, nada de nada. ¡Igual no los había para que no se reuniera la gente a conspirar…! Aunque no lo creo. ¡Estaban, los rusos, para bares…! Los ochenta, en Rusia, fueron años de una pobreza clamorosa. Por no haber, no había ni desodorante ni champú.

El próximo año se cumplirá el tercer centenario del nacimiento de Fray Juníper Serra (Petra, 1713- Carmel, 1784), el franciscano que evangelizó California y puso los primeros cimientos de ciudades como San Diego o San Francisco. Su estatua representa al estado de California en el Capitolio de los Estados Unidos, en Washington. Y también las hay en San Francisco, en Carmel… A no ser que Cristòfol Colom sea realmente de Mallorca, Fray Juníper habrá sido el mallorquín con una mayor incidencia social y política en el mundo. Las productoras La Perifèrica Produccions, Tresques Comunicació, Batabat y el Estudi de Disseny Guirado i Giner, están trabajando en dos documentales históricos (El hombre que caminaba y The influence of Junipero Serra) y en otro de ficción (The cross and the sword). Todo ello pensando en 2013, año del tricentenario. El pasado 27 de marzo se proyectó, en el salón de actos del colegio de Sant Francesc, el audiovisual Juníper300, una sinopsis de tres minutos, como complemento de la conferencia de Ángel Luis Encinas, uno de los investigadores de mayor prestigio que ha analizado su obra y, sin duda, el más singular. El profesor Encinas, en su envidiable currículum, cuenta con las traducciones al castellano de La primavera española (2007) de Koltsov, y de La emigración española en la URSS (2008), de Elpatievsky. También ha prologado Cartas desde Rusia, de Juan Valera, y Diario del viaje a Moscovia, del duque de Liria.

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