La partitura musical original de la conocida pieza de Ludwig van Beethoven con las palabras escritas en alemán 'Freude, schoener Goetterfunken'. | Reuters - Fabrizio Bensch

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La partitura original de la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven no está en Bonn, su lugar de nacimiento, ni en Viena, donde este martes hace 200 años se estrenó. Está en Berlín, donde llegó tras sufrir varias divisiones y sortear el impacto de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. En la Biblioteca Estatal de Berlín se guardan en una sala oscura acorazada, a 18 grados de temperatura y con un 50 % de humedad, más de 200 hojas encuadernadas en tomos rojos, explicó a Efe la directora del Departamento de Música, Martina Rebmann.

El original sólo sale de la habitación en contadas ocasiones. Pero hoy lo hace con motivo del bicentenario del estreno de la última gran obra de Beethoven el 7 de mayo de 1824 en Viena. Expuesto en una vitrina está el tomo principal, que contiene los movimientos I a III de la sinfonía, y también parte del movimiento final, «porque allí aparece la frase: 'Freude, schöner Götterfunken' que quiere ver la gente», señaló Rebmann (traducible como «Alegría, hermosa chispa de los dioses»). Que sea posible admirar en Berlín la partitura original en su conjunto es todo un logro.

La obra, que pone música en su movimiento final a la «Oda a la Alegría» del poeta alemán Friedrich Schiller, estaba terminada en los primeros meses de 1824 como un paquete de más de 200 hojas sin cortar, grapadas en varios fajos y sin un formato uniforme. Una legado repartido Tras la muerte de Beethoven en 1827, la partitura quedó en posesión de su ayudante y biógrafo Anton Schindler. Estaban los movimientos I-III completos, pero sólo una pequeña parte del movimiento final. Schindler envió dos hojas al pianista y compositor Ignaz Moscheles en Londres, que quería un recuerdo de su amigo. En 1956 acabaron en la Casa Beethoven de Bonn.

Tres hojas del movimiento IV pasaron a un destinatario desconocido y están hoy en la Biblioteca Nacional de París. «La primera oferta para comprar el tomo principal se hizo a la biblioteca en 1843, pero no se compró hasta 1846, porque se pedía un precio muy alto y el Departamento de Música acababa de fundarse», explicó Rebmann. En esta época apenas había departamentos de música en las bibliotecas, así que no era de extrañar que Schindler se dirigiera a Berlín, añadió. A la biblioteca llegaron 137 hojas.

Tras la muerte de Beethoven una subasta atrajo a muchos editores de música vieneses, entre ellos Domenico Artaria, que compró varias piezas. Cuando este último murió, sus seis hijos querían vender estos tesoros y salieron en 1897 al mercado vienés. Pero nadie quería pagar un precio tan elevado. El estudioso de la música de Bonn Erich Prieger compró la colección para Berlín, pero solo en 1901 el Estado prusiano pudo reunir el dinero para adquirir cinco fascículos con 67 hojas. Reunida por primera vez Por primera vez desde la muerte de Beethoven, las partes esenciales de la partitura manuscrita de su Novena Sinfonía estaban reunidas en un solo lugar en 204 hojas.

Fue la Segunda Guerra Mundial la que volvió a separar la sinfonía, pues para proteger sus valiosos fondos la Biblioteca Estatal Prusiana comenzó en 1941 a trasladarlos a diversos lugares del entonces Reich alemán. Las seis partes de la partitura original de la Novena fueron dividas en tres: la encuadernada de Schindler acabó en Silesia. Después de la guerra permaneció allí, ya en territorio polaco. En 1946 fue trasladada a la Biblioteca Jaguelónica de Cracovia. Los fascículos I-III fueron devueltos en 1946 a la biblioteca Unter den Linden en Berlín Oriental.

Los fascículos IV y V fueron protegidos en una abadía hasta 1947 y, tras una estancia de 20 años en la Biblioteca de la Universidad de Tubinga, en 1967 se trasladaron a la Biblioteca Estatal de Berlín Occidental. Durante una visita de Estado a la RDA en 1977, el Gobierno polaco devolvió los manuscritos originales de la Novena a la Biblioteca Estatal de Berlín Oriental. Todas las partes de la partitura estaban de nuevo en un mismo lugar, Berlín, pero divididas en dos mitades.

El Muro de Berlín «atravesaba justo el movimiento final, el clímax en el que Beethoven permite que los dos temas musicales e idealistas principales -la alegría y la hermandad global entre los pueblos- se escuchen simultáneamente (...)», señala en su documentación la Biblioteca Estatal de Berlín. Tras la reunificación alemana las dos bibliotecas se unieron en 1992 y en 1997 también se reunificaron los fondos desgarrados: la partitura la Novena Sinfonía, dividida por la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría volvió a estar reunida.