Aunque esta vez Oviedo, quien se encuentra en la clandestinidad, no
apareció en escena, la conspiración fue ejecutada por un grupo de
militares y legisladores afines a la corriente política que
encabeza el ex general en el oficialista Partido Colorado.
La intentona se saldó con un número aún no determinado de
heridos y de detenidos, entre los cuales figuran también al menos
cinco policías acusados de colaborar para que los «oviedistas»
ocupasen algunas unidades militares, informó el ministro del
Interior, Walter Bower.
Tras ser sofocado el conato, que durante varias horas mantuvo en
vilo a la población, Bower relevó de forma fulminante al comandante
de la Policía Nacional, Roberto Guillén, y designó en su reemplazo
al comisario Miguel Angel Rojas.
Todo comenzó cuando al anochecer del jueves los «oviedistas»
ocuparon la sede de la Primera División de Caballería, situada en
las inmediaciones del aeropuerto internacional Silvio Pettirossi,
tras neutralizar a la guardia que, en esos momentos, se encontraba
a cargo del teniente coronel Isaías Aquino.
Desde la sede militar, la unidad de blindados con mayor poder de
fuego y a la que pertenecía Oviedo, salieron varios tanques que se
dirigieron al centro de la capital y rodearon el edificio del
Congreso, cercano al Palacio de Gobierno.
En medio de una confusión generalizada y de los primeros
tiroteos entre los rebeldes y las tropas leales al Gobierno, la
inmediata adhesión de las principales unidades castrenses y de la
comunidad internacional al Gobierno de González Macchi desconcertó
a los sublevados.
«Ellos tenían el control pero cuando se dieron cuenta que ésto
no corría, se escaparon», afirmó, quien pese a ser sorprendido pudo
avisar por teléfono a un superior de lo ocurrido y escapar de la
unidad militar para dar la alarma.
La rebelión fue sofocada sin derramamiento de sangre aunque en
las inmediaciones del Congreso se registraron al menos tres
personas con heridas de bala.
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