Imagen de uno de los momentos de la Diada. | ALBERT GEA

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Lo comentó el expresident Cristòfol Soler, también el presidente del Grup Blaquerna, Tomeu Martí. «En Mallorca no se ven estas cosas». Lo que más llamó la atención de los asistentes mallorquines a la concentración de la Meridiana de Barcelona fue ver a pijos con ropa, gafas,reloj y zapatos de marca, expresándose en catalán universitario, mezclados y unidos a quillos del extrarradio castellanoparlantes, «¡enarbolando estelades juntos! Eso es impensable en el Archipiélago».

Los isleños, extasiados ante una concentración humana que nunca no habían ni soñado, se dedicaron a observar a los catalanes del Principat: «familias enteras, infinidad de jóvenes de ambos sexos, lágrimas, abrazos... y desmayos al no poder soportar algunos la mezcla de la presión física y la emoción desatada». Entre algunos de los mallorquines presentes, que estaban repartidos entre el Tram Zero, el Tram 14 y los tramos dedicados a docentes y mundo de la cultura, comenzó a generarse una sensación compartida: «Esto va mucho más allá de un movimiento independentista catalán. Bien mirado, ésto apunta a la transformación del Estado español en su conjunto». Y es que Barcelona no parecía la capital de un levantamiento cívico y pacífico secesionista, sino la vanguardia de una presión popular para darle la vuelta a una forma «caduca» de entender el Estado español «que pide a gritos una transformación».

Entre los independentistas catalanes la mayor satisfacción es comprobar que «el poderío mediático de las cadenas de televisión madrileñas rebota y se hace contraproducente para los catalanes. No consigen penetrar ni en sus mentes ni en sus corazones. Cada diatriba que lanzan contra Catalunya y sus instituciones se convierte en más apoyos a su causa. Madrid no ha entendido nada en absoluto. «Sus tertulianos demuestran un desconocimiento supino de la realidad catalana e incluso de casi toda la periferia española. Su cerebro se agota y no va más allá de la Sierra del Guadarrama y el Tajo. Intelectualmente, en su mayoría dan para poquísimo. Se han convertido, sin quererlo, en separadores activos».

Y cada vez queda menos tiempo para rehacer los puentes destruidos. Y cada vez el asunto catalán adquiere más resonancia internacional. Y Rajoy no reacciona. Y cuando parece que lo hace sus palabras sólo rezuman desprecio. Y en la Meridional hasta hubo un interviniente que hizo el discurso en castellano. El adversario no es España sino «su obsoleto Estado». Y sigue el diálogo de sordos, cada vez más extendido. Los pijos y los quillos catalanes forman filas: un solo pueblo y una sola bandera. Y en Madrid no lo comprenden, obcecados en huir de una realidad que se les ha vuelto extraña por nueva y peligrosa por su vigor.