La Xurreria Rosaleda es uno de los establecimientos más emblemáticos de Palma. | M. À. Cañellas

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La Xurreria Rosaleda es uno de los establecimientos más emblemáticos de Palma y, pese al paso del tiempo, ha sabido conservar su esencia. Antonia Gelabert cuenta que sus abuelos la fundaron en 1948, aunque entonces era ambulante. «Era una churrería de madera que llevaban por los pueblos. En invierno estaba en Palma, al lado del Alaska en la plaza del Mercat, y en la Fira del Ram en la Rambla», recuerda.

En 1966 la instalaron en su ubicación actual, la Costa de la Pols, pero era muy pequeña y solo vendían churros, buñuelos y otros productos elaborados artesanalmente. Unos años después empezaron a trabajar en el negocio María Bonnin y su marido, Lucas Gelabert. Antonia destaca que su padre procedía del sector de la hostería -llegó a ser director de empresa turística-, pero decidió hacerse cargo del negocio para que no se perdiese y comenzó a introducir diferentes tipos de chocolates, cafés, helados, etc.

En 1989 Antonia y su marido, Joan Ferrer, comenzaron a trabajar con sus padres y luego tomaron las riendas de la churrería. Pese a que sus carreras profesionales se desarrollaban en el sector turístico, las abandonaron para conservar el negocio familiar. Aunque su padre les advirtió que era un negocio muy esclavo, les pesó más la historia de la churrería y se hicieron cargo de ella.

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Los comienzos no fueron fáciles, especialmente para Joan que no había tenido relación con este sector; Antonia sí, por su familia. «La churrería era la ilusión de mi abuela; era una mujer con mucha iniciativa, más propia de ahora que de entonces». También destaca el papel de su madre al frente de la empresa.

En 2002 ampliaron la churrería. «Nos tiramos a la piscina en tiempos de crisis», señala Joan. No obstante, precisa que la crisis más dura ha sido la última. Pese a ello, nunca se han planteado cerrar y uno de los motivos es el amor que sienten por este negocio familiar, que ya tiene garantizada la cuarta generación: su hijo Xavier ya trabaja con ellos. Aunque estudió cocina y a su madre le gustaría más que ejerciese esta profesión, a Xavier también le pesa mucho la historia de este establecimiento y su intención es conservarlo. «Me pesa más la tradición que el negocio, si no tuviera tanta historia me lo hubiera planteado de otra manera», señala.

Los propietarios de la Xurreria Rosaleda miman a sus clientes como si fuesen de su familia. Así, todos los productos que ofrecen son artesanos, ya sean de elaboración propia o seleccionados por ellos mismos en otros establecimientos. «Miramos mucho la materia prima, todo es natural y de calidad», subraya Antonia.

El trato familiar a los clientes es una de las señas de identidad de la casa. «Hay familias que vienen por tradición, de generación en generación. Cuando tardan en venir nos preocupamos», confiesa Antonia. Los turistas también han sucumbido a sus encantos. Aunque su especialidad son los churros, el chocolate y los buñuelos, también ofrecen llonguets, etc. e incluso vinos.