Carlos García-Faria | Profesión: Asesor jurídico, funcionario | Principales aficiones: Nadar en el mar y hacer senderismo | Una pasión: El bosque. | Álvaro de Reina

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El nombre Muntanya del Voltor se remonta al siglo XII y está documentado en el archivo del Reino de Mallorca, donde se refiere a la cesión por parte del rei Jaume I de esta propiedad a Guillem Cerdà en el año 1280. Entonces, el territorio conocido como Muntanya del Voltor abarcaba lo que en la actualidad son las fincas de Son Gual, Son Gual Petit, Son Moragues, Can Costa, Son Galceran y Miramar.

Hoy visitamos a Carlos García-Faria Alomar, descendiente de los herederos del Arxiduc Lluís Salvador, propietario de Son Gual Petit y presidente de la Associació Muntanya des Voltor. La custodia del territorio que desarrolla esta asociación es un conjunto de estrategias que pretenden implicar a propietarios y usuarios del territorio en la conservación y el buen uso de los valores y recursos naturales, culturales y paisajísticos. La conservación del patrimonio natural se traduce en una mejora del entorno, de la economía asociada al mismo y del bienestar de residentes y visitantes.

La Muntanya des Voltor llegó a acoger cerca de 50.000 visitantes anuales. Esta enorme afluencia significaba la degradación de los valores naturales y culturales de la zona. Por esta razón, el acceso está ahora regulado en las fincas privadas incluidas en el área de actuación. En ellas se procura el rejuvenecimiento del encinar a través de la poda y la repoblación con plantones, y la protección de la biodiversidad mediante la repoblación con especies autóctonas propias del encinar. Así mismo se han marcado rutas y guías medioambientales.

Olivos y pinares

En Son Gual Petit abundan los olivos y pinares. Costa i Llobera resaltó la perennidad del árbol milenario en el paisaje de Tramuntana. «En Son Gual hay olivos de variedades DO empeltre, picual, arbequina y ahora estoy sembrando koroneiki». El asesor jurídico García-Faria es un palmesano que ya desde niño «dormía todos los fines de semana con el sonido del picarol, luego recogía algarrobas o pasaba el motocultor». Sus tíos Alorda le enseñaron a valorar las labores del campo y la orografía del terreno. Abandonada la revoltosa juventud, pensó que administrar un bosque heredado era «una tarea romántica». Desde lo alto de Son Gual Petit se dejaba cegar por la luz que atravesaba las ramas de los pinos y encendía la silueta de las encinas. Un día dibujó la casa de sus sueños, una edificación moderna con elementos antiguos. Portalones de madera con portelló, columnas en la terraza superior y vigas de pi verd como las de las tafones del XIX, con corte de luna. La entrada es de suelo de clastra sobre el que se ubican muebles heredados, la escalera es de piedra de Santanyi y la piedra exterior de tono rojizo.

Son Gual Petit, una lengua de pinos sobre el mar.

«Quiero que parezca que esta casa siempre estuvo aquí, en este bosque de pinos piñeros. Como hicieron conmigo, quiero que mi hijo Luis, de ocho meses de edad, aprenda a amar esta montaña. Crearemos juntos un pequeño bosque, su bosque.