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Generalmente se celebran los llamamientos al sentido común, y tiene su lógica, pero también cabe tener en cuenta que ello presupone que no se recurrió al mismo cuando la ocasión lo requería. Y en la reciente rueda de prensa virtual convocada a nivel mundial por Unicef, sus responsables dieron en ese clavo al mostrar su preocupación por la escasez de vacunas contra lo que ya saben en los países más pobres, mientras que en el primer mundo la vacunación marcha al ritmo previsto.

Particularizando más su argumentar se dijo que, «urge más vacunas en los países pobres que a niños del primer mundo». Que en el mundo pobre se carezca de vacunas para inocular a los mayores y a miembros del personal más necesario, a la vez que en el confortable ámbito del G-7 millones de vacunas duermen en las neveras a la espera de su uso, tiene su aquel. Naturalmente que hay que vacunar a los niños, un asunto que por cierto se está debatiendo en el mundo rico, pero a su tiempo, ya que ahora esos menores están contando con la seguridad que les otorga una población adulta ya vacunada.

La situación de esos niños no entraña los riesgos que gente mayor y personal sanitario corren en el caso de no tener acceso a una vacunación lo más extensa. Las razones de Unicef les llevan a exponer que los denominados países del G-7 podrían donar alrededor de 50 millones de dosis de vacuna, de aquí a finales de agosto, sin que ello alterara su calendario de vacunación. Dejemos de lado provincianas discusiones acerca de si el vecino rico más próximo está siendo favorecido en las campañas de vacunación. Recurriendo al sentido común lograrlo es sencillo.