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Varias veces nos visitó el escritor americano. Lo hizo con sus padres. Volvió después de la Primera Guerra Mundial. También en 1932 y finalmente en 1937, con Hemingway , viaje que sirvió para alejarlo de su amigo, al que reprochaba falta de sensibilidad ante los sufrimientos humanos. Durante este último viaje tuvo lugar su definitivo rechazo a la ideología comunista, y más al conocer la desaparición del traductor de su obras, José Robles Pazos , presumiblemente en manos de los servicios secretos rusos.

A Dos Passos España le sorprende y fascina. A través de su «libro informal de memorias» Años inolvidables , nos dice que le parece deliciosa «la cortesía española, los serenos con sus linternas y sus largas capas, que abren la puerta de noche, los sonidos roncos y los fuertes olores de la ciudad». No nos extrañemos de este entusiasmo por España, país tan alejado en todo de Chicago (Illinois) donde nació en 1896. No fue él un turista como tantos de los actuales, en busca de sol y poco más. Pretendió conocer y profundizar sobre la vida española y sus gentes. Conoció y trató a Juan Ramón Jiménez («que parecía sacado de un cuadro de El Greco»), a Valle Inclán («de barbas de chivo»), al que le presentaron «a las tres de la mañana en un café lleno de corrientes de aire». Estudió español con Tomás Navarro Tomás y se hospedó en la Residencia de Estudiantes. Nunca se paró en un lugar concreto, sino que viajó sin cesar maravillándose de los paisajes «más maravillosos que surgen por todas partes».

Le sorprende la calidad de los alimentos, con «comidas que no acaban nunca; los españoles se pasaban todo el tiempo comiendo, a excepción de los que se morían de hambre». Se refiera al hambre que, con la picaresca, aflora en tantas obras de Pío Baroja , al que Dos Passos leía siempre con suma atención.

Este interés por todo lo español era compartido por Hemingway, aunque los gustos de ambos eran muchas veces divergentes. A Dos Passos le dolía la situación de los desamparados y no soportaba los odios, como el odio que captó «en los rostros de las gentes elegantes de Santander, mientras contemplaban a los sudorosos socialistas volviendo de la plaza de toros» de un mitin. «Si los ojos fueran ametralladoras ni uno solo hubiera sobrevivido aquel día». O sea, que España como problema. Así que lo que capta Dos Passos no es solo el aspecto costumbrista y festivo de España. Es consciente de sus miserias y también de las dificultades para solucionarlas debido a extremismos, posiciones políticas opuestas e inamovibles y falta de luces. Ya el padre de Dos Passos se refería a las gentes españolas como de una gran integridad «pero incapaces de trabajar juntos dentro de una estructura política». Era aquella la España motivo de discusión con Hemingway, con enfados incluidos, la que, con la Segunda República, tenía que ser, como declaró Azaña , la «barrera eficaz contra el vendaval de odio que estaba barriendo Europa» con Stalin y Hitler .

Como sabemos las cosas no fueron así, sino al revés: tuvimos una república con muchos imbéciles y extremistas y una guerra civil (rebosante de odio) y que sería precisamente el anticipo de otra, de la grande, la que arrasó el mundo con millones de muertes.