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En la Academia de la Historia hay un libro de Jerez Perchet, Impresiones de viaje, en el que dedica unas 30 páginas a describir la Mallorca de 1870. Primero escribió El Mediterráneo: apuntes para un libro: se trata de un recorrido periegético y de circunvalación de la cuenca del Mare Nostrum, Marruecos, Palestina, Turquía y Palma donde atracó el barco en el que iba el 18 de diciembre de 1870. No obstante, Jerez no cuenta apenas nada de nuestra Isla, se reservó sus notas para exponer sus visiones mallorquinas primero en una revista conocida en la época, El Correo de la Moda, y luego en sus Impresiones de viaje: Andalucía, El Riff, Valencia, Mallorca. Jerez Perchet (o Jeréz Perchét, que de las dos formas firmaba), murió en 1903, fue director de varios periódicos andaluces. Escribió mucho sobre viajes y educación infantil, fue también novelista y dramaturgo y uno de los primeros en España en escribir un tratado de periodismo. Era muy culto y en todas las excursiones que hizo, incluida la de Mallorca, se recreaba mucho (y con cierto conocimiento exploratorio) en la historia local. Literariamente su forma de escribir era la propia del romanticismo con descripciones no exentas de fantasías, suspiros y divagaciones.

A Mallorca llegó desde Valencia en el vapor Jaime II tras 16 horas de travesía, aún así se alojó en la fonda Las Tres Palomas que estaba en la calle Conquistador. Antes de su primer almuerzo en la Isla, como era preceptivo, se tomó un chocolate con ensaimada. Se fue a callejear, con su guía Miguel Bibiloni, por Palma, a la que definió como ciudad gótica. En sus impresiones nos cuenta la historia de Mallorca al estilo de los antiguos. El interior de la Catedral le pareció «triste, misterioso y glaciar». Se detuvo y describió los sepulcros del marqués de la Romana y de Jaime II. Visitó, lógicamente, la Lonja y sobre todo se explayó glosando la figura de nuestro Ramon Llull, en su tumba de San Francisco. Sobre el castillo de Bellver, pues que era «un inválido de antiguas campañas» y aprovecha el escenario para glosar el paso de Jovellanos por allí y por el palacio del Rey Sancho en Valldemossa. Al día siguiente fue a Raixa, se quedó anonadado por los olivos retorcidos, y más tarde exploró la Cartuja: «No hay ruidos en su recinto: no hay movimiento: la vida parece que duerme». Sorprendentemente no menciona ni a Sand ni a Chopin. Se vuelve a Ciutat donde le gustó mucho el mercado que montaban los payeses, con las mujeres luciendo «corpiño negro con la manga doblada y en ella varios botones dorados. Sus cabezas ceñidas en una especie de toca azul, blanco y rizado que se llama rebocillo, todas muestran en la parte inferior del rebocillo su cabello que en una sola trenza cae sobre la espalda». Luego cogió el coche-correo y se plantó en Sóller. Disfruto de las paredes de piedra, la comida le sentó mal y la fonda sollerica no le gustó: «un semidormitorio con un catre». Al día siguiente subió al vapor Jaime II para devolverse a la Península. ¡Qué Mallorca aquella!, ¿y la de ahora?