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Los hoteleros están enfadados porque miembros del anterior Govern balear acudieron a la manifestación contra la masificación del domingo pasado. No sé si es para enfadarse, pero estos políticos como mínimo deberían tener la vergüenza de quedarse en su casa cuando ellos han contribuido bastante al problema. Recordemos que cuando Francina Armengol se sentó en el trono del Consolat en 2015 había autorizadas en las Islas 489.000 plazas hoteleras y ya nos visitaban al año catorce millones de turistas. Es decir, había para dar y regalar. Ocho años después el techo de plazas había crecido hasta las 623.000 y ya venían casi 18 millones de turistas. Solo al final del mandato decidieron firmar una moratoria. Y si el problema de la saturación procede en gran parte de los turistas, no hay que menospreciar el papel de los residentes, que tampoco dejan de multiplicarse. Los que llegan para quedarse lo hacen, claro, a rebufo de la dinámica oferta laboral que trae el sector turístico. Así que la tormenta perfecta acaba de estallar y quienes tuvieron la oportunidad de verla venir y reaccionar a tiempo no hicieron más que añadir leña al fuego. Ya digo, quedarse en casa habría sido más noble. Y los hoteleros, pues que se enfaden menos porque son ellos –aunque se empeñen en culpar a cruceros y apartamentos vacacionales, que solo suponen cuatro millones de visitas– los principales responsables de lo que está pasando. ¿Qué tal volver a 1990, cuando había 350.000 plazas turísticas, setecientos mil habitantes y la renta per cápita más alta del país? La idea de volver atrás no significa un retroceso en este caso, sino un enorme avance que ni empresarios ni políticos sabrían poner en marcha. Falta valentía y sobra codicia.