¿Es a mí?

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Esta vez, vengo a ofrecer a mis lectores una advertencia muy seria acerca de lo que está pasando en estos tiempos, y que puede dar lugar a confusiones y equívocos de la más diversa naturaleza. La verdad, siempre me ha encantado esa inmortal viñeta de nuestro genial y añorado Ibáñez en la que Filemón, llamando a un taxi, se ve de repente en brazos de una solícita transeúnte que piensa que su gesto era en realidad una invitación a bailar, diciéndole «oigh, ¿es a mí, joven?». Pues eso es lo que a mí ya me ha pasado más de una vez, para mi propia y consternada sorpresa.

El caso es que, en estos tiempos que corren, es cada vez más fácil encontrarse a una persona parada en una esquina que de repente exclama algo en voz alta si pasamos por su lado, cuando no es alguien que viene corriendo hacia nosotros sin parar de parlotear. Y el instinto más natural es pensar que quieren preguntarnos algo, a lo mejor con atención halagadora que demuestra que somos el objeto de su interés… pero nada más lejos de la realidad, pues lo que ocurre es que esas personas están hablando por teléfono, provistos además de un sistema inalámbrico que en invierno es casi indetectable debido al uso de gorros y bufandas.

Así pues, cuando se topen con uno de esos individuos, no piensen que les están haciendo proposiciones honestas o deshonestas, porque lo más probable es que ellos y ellas se encuentren perdidos en sus propios mundos, ajenos a todo cuanto les rodea.