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Ha muerto Joaquín Ramos Marcos. Si su nombre no les suena o ahora mismo no recuerdan quién es, el hecho de que pronuncie sus dos apellidos debería de darles una pista. Solo hay tres clases de personas a las que se les conozca por los dos apellidos: los generales, los cardenales y los árbitros de fútbol (esto lo sabe todo el mundo y casi me da vergüenza tener que traerlo aquí, a ver si espabilan).

La de los árbitros de fútbol es un subgénero de necrológicas un tanto complicado. Se supone, para empezar, que lo que toca en ese momento es hablar bien de ellos, pero ya me dirán. Es quizás por esta misma razón por la que algunos no se conformaron con ser solo eso. Ramos Marcos fue uno más de tantos, pero no solo uno más. Dirigió partidos de Primera División hasta principios de los noventa, pero luego él también se pasó a la radio y a la tele, donde pareció encontrar su verdadera vocación, comentando con un histrionismo más o menos calculado las actuaciones de sus antiguos colegas. Todo había empezado Ortiz de Mendíbil y aquella Moviola de los setenta. Luego vinieron Andújar Oliver, Iturralde González y unos cuantos más hasta llegar al insufrible Mateu Lahoz de ahora mismo. Liberados de la obligación de ceñirse a la máxima que aseguraba que el mejor árbitro es el que pasa inadvertido, en la radio y en la tele ya suelen ir a calzón quitado como si, en una permanente exigencia de atención, quisieran hacernos olvidar lo malos que fueron en el pasado.