Era un viernes, 14 de marzo de 1980. Atardecía en una casa señorial de la elegante barriada de Son Roqueta. Un voraz incendio atrapó en su cuarto a los hermanos Antonia María y Manuel, los dos hijos de los pasaderos de la finca, de tres y un año y medio. La madre intentó desesperadamente salvarlos, pero resultó con graves quemaduras. Esta es la crónica de un trágico accidente que conmocionó a los vecinos de Palma.
Catalina Vaquer, de 22 años, y Alberto López, de 35, llevaban unos años viviendo en la posesión de Son Fort con sus tres hijos (los dos citados y el primogénito llamado Toni, de 9 años). Eran los posaderos de la casa, que contaba con más de veinte habitaciones y un siglo de antigüedad. La construcción se ubica al final de la calle Can Sbert, que arranca en la plaza Virgen Milagrosa de Son Roca y acaba en la finca de Can Binimelis.
Imagen de la finca Son Fort, en marzo de 1980, cuando ocurrió el incendio. Los posaderos y sus hijos vivían en los bajos.
Esa tarde, sobre las cuatro, los dos hermanos jugaban en su cuarto, en los bajos de la finca. La madre estaba cerca, trabajando. En el habitáculo donde residía la familia se acumulaba una gran cantidad de enseres y de repente unas llamaradas dejaron atrapados a los dos hermanos. Su madre, horrorizada al descubrir que la casa estaba envuelta en llamas, corrió en auxilio de sus hijos y se quemó en cara y manos. El fuego era de tal voracidad que la mujer tuvo que retroceder y comenzó a pedir ayuda a gritos.
En la plaza del pueblo había varios bares, una panadería y una tienda de ultramarinos, y los clientes corrieron hacia la finca de Son Fort, para intentar ayudar a apagar el fuego. También de la vecina Can Binimelis y de las casas de la cuesta salieron residentes dispuestos a ayudar. Pero desgraciadamente ya era tarde para Antonia María y Manuel.
Los muebles amontonados en la entrada de la casa de los posaderos, tras la tragedia.
La madre fue evacuada al hospital de Son Dureta, con quemaduras de primer y tercer grado, y los bomberos y la policía comenzaron a sofocar las llamas. Cuando llegaron al cuarto de los niños, encontraron los cuerpos calcinados de los dos hermanos. El padre de los menores, que era mecánico y en esos momentos estaba en paro, fue avisado de la tragedia y quedó devastado. Su tercer hijo, que estaba en el colegio, fue recogido por allegados a la familia y trasladado al hospital con su madre.
La prensa de la época recogió testimonios que apuntaban a que en la casa se oían "ruidos extraños". "El mayor de los niños, que duerme en una habitación alta dice que a veces le despertaban ruidos y una voz extraña que pedía socorro. Dicen que antiguamente ya hubo alguien que murió quemado". También circuló el rumor de que los posaderos y sus hijos vivían en malas condiciones, pero esta versión fue desmentida por los propietarios.
Alberto López, el padre de los dos niños que murieron en el incendio.
"Está deshecha la pobre. Se ha pasado la noche gritando y llamando a los niños. Ahora los veo, me decía. Está inconsolable. ¿Por qué ha tenido que pasarnos esto a nosotros?", contó el padre de los niños, que de golpe se quedó sin hogar y sin trabajo. Junto a los bajos donde vivían los posaderos había un estanque y Alberto López no pudo evitar emocionarse: "Aquí tiraba los juguetes Manolito. Es como si los viera corretear en la terraza".
Sobre su futuro inmediato, en aquel cálido mes de marzo en Son Roqueta, se mostró abatido: "Y yo qué sé adónde iremos ahora. Los pocos muebles que tenemos y se han salvado los vamos a llevar a una cochera de un compañero. Aquí no podemos volver a vivir de ninguna manera. No quiero que mi mujer vuelva a esta casa, donde los recuerdos la atormentarían".
2 comentarios
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TERRIBLE.... Dios los tiene en su Gloria.
Pobrecillos. DEP.