Al rico helado

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Segunda, tercera y cuarta generación: Tònia y Joana Torres junto a su padre Llorenç y la nieta, Neus.

Segunda, tercera y cuarta generación: Tònia y Joana Torres junto a su padre Llorenç y la nieta, Neus.

28-07-2017

“Con este trabajo no te harás rico, pero te dará de comer”, le dijo un amigo valenciano a Miquel Torres a principios de los años treinta cuando le sugirió la idea de hacer helados. Miquel y Maria Llorens, que en aquel momento se dedicaban a coser zapatos, vieron una oportunidad en aquella propuesta que se hizo realidad en 1930. Después de casi noventa años, la tercera saga de la familia Torres sigue vendiendo los helados artesanos que elaboran ellos mismos en pleno centro de Ciutadella. Tradición helada con sabor a vainilla, su gran éxito de ventas, o los polos refrescantes de gustos clásicos que han encandilado a generaciones, o creaciones de sello propio como los cubanitos o el Bombón Helado 64. Gelats Torres sigue siendo un lugar de peregrinaje durante todo el año no solo para los propios residentes sino también para veraneantes y turistas, que han convertido su visita en un ritual. Las hermanas Joana y Tònia Torres son las actuales propietarias de este negocio familiar en el que trabajan diez personas.

ORÍGENES. Cuando empezaron a fabricar helados en 1930, el matrimonio de Miquel Torres y Maria Llorens ya había tenido a seis de sus diez hijos. Vivían en la calle Qui no Passa y utilizaban el patio interior de su vivienda para hervir la leche que les proporcionaba una finca, a la que añadían el sabor de vainilla cuando empezaba a formarse la crema, antes de mezclarla en un envase con el hielo picado con sal que habían depositado previamente. “Para conseguir la textura de helado deseada tenía que remover con un remo de leña”, explica Llorenç Torres, uno de los dos hijos de los fundadores que más adelante continuó con el negocio y que hace pocos años que se ha jubilado.

“Aquel helado lo ponían en la heladora de un carrito especial que habían comprado para poder hacer el reparto y que le había ayudado a comprar a mi padre el mismo amigo valenciano que le animó a empezar”, comenta Llorenç. Desde Pascua hasta el mes de septiembre era cuando se aprovechaba para hacer la venta y entonces Miquel Torres salía por las calles de Ciutadella al grito de “al rico helado”. Como el carrito tan solo tenía capacidad para diez litros, Miquel tenía que avisar a su esposa para que volviera a repetir el proceso de elaboración si las ventas acababan con las existencias.

Los hijos del matrimonio acompañaban a su padre. “Como que en aquel tiempo no existían las galletas para acompañar al helado, mi padre lo servía en un vaso macizo de cristal y tenía que esperar a que le devolvieran aquel envase para poder limpiarlo y que se pudiera reutilizar con el siguiente cliente”, detalla Llorenç Torres. “Pero como veía que aquel sistema le generaba colas y ralentizaba las ventas, ideó unos barquillos con los que le resultaba más cómodo poder servir su helado, y es que en aquella época había que ingeniárselas todas”, explica orgulloso Llorenç Torres.

carrito helados Torres

Poco a poco aquel carrito de los helados ambulante se convirtió en habitual del paisaje y alrededor de Miquel Torres se generaba una expectación que lo acababa dejando afónico, motivo por el cual acabó incorporando una trompeta con la que avisaba de su llegada. Sin saberlo, los helados que empezaron a elaborar de manera tan artesana en la familia Torres los convirtieron en uno de los pioneros en Ciutadella y muy probablemente de Menorca. Como el invierno era largo antes de empezar de nuevo con los helados, también elaboraban distintos tipos de caramelos que comercializaban junto a varias clases de barquillos, cacahuetes, regalices y toda clase de productos con los que disfrutaban los niños de aquel momento.

LA TIENDA. Después de diez años con el carrito de los helados, en 1940 decidieron abrir una pequeña tienda en la calle de Ses Voltes, donde todavía se encuentra el negocio. La incorporación de un compresor eléctrico unos años más tarde les ayudó a mecanizar la elaboración, facilitando no solo el proceso de mezcla sino también el de conservación. Esto les abrió la puerta a nuevas creaciones como por ejemplo los polos, que ya se encargaron de elaborar Toni Torres y su hermano Llorenç, ayudados por Coloma y Tònia Torres, que asumieron el relevo generacional. No es que el resto de hermanos se desentendieran, porque en la familia Torres afirman que todo el mundo ha colaborado en algún momento, pero fueron ellos los que compraron la nueva maquinaria. Con la mecanización pudieron ampliar los sabores y pasaron de la vainilla a la fresa, el chocolate o la avellana, así como también nacieron míticos helados marca de la casa como el Chupín, el Cubanito o el 64, que unía tres sabores recubiertos de chocolate y que debe su nombre al año de su creación, 1964.

También fue en aquellos mismos años cuando los hermanos Torres incorporaron la elaboración artesana de su famosa horchata de chufa, que aprendieron a hacer en Barcelona con chufas provenientes de Valencia y con las que siguen todavía. En el subterráneo de aquella tienda se hacían todas aquellas elaboraciones con el mismo mimo que lo habían hecho los padres de Toni y Llorenç, con la misma leche fresca que siguen recogiendo a día de hoy y que pasteurizaban ellos mismos para conseguir la cremosidad deseada.

En el negocio siempre hubo una voluntad de mantenerse como artesanos y buen ejemplo de ello es que, para acompañar los helados Torres con galletas y barquillos, se optó también por productos de la marca Boskiba, que también se elaboran en Ciutadella.

En 1966 nacía Joana Torres y un año más tarde, su hermana Tònia, que crecieron alrededor de aquellos mismos aprendizajes de padres a hijos y que desde 2013 están al frente de Gelats Torres. Sin mayor ambición que la fidelidad a sus orígenes y a su clientela, las dos hermanas continúan con la misma filosofía, elaborando 200 litros diarios de helado hecho en casa y comercializándolo desde la tienda del centro de Ciutadella, así como también a través de algunos supermercados locales.

La cuarta generación asoma ya por la puerta de Cas Mèrvol, sobrenombre con el que se conoce a la heladería, aunque todavía es pronto para el cambio. Mientras Tònia se encarga de la elaboración diaria junto a su marido Toni Femenias, Joana está al frente de la tienda como siempre lo han visto hacer. “Lo que nos emociona es ver a clientes que venían de pequeños con sus padres y que ahora lo hacen con sus hijos o sus nietos con la misma devoción”, concluye Joana Torres.

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