Lazos de arena

Antonia Quetglas, una madre de acogida, se reunió con la familia de Darifa, la niña saharaui que acoge en verano

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Nunca vista
Amargo como la vida, dulce como el amor y suave como la muerte». Bajo este proverbio popular, los saharauis preparan los tres vasos de té que se deben beber según manda la tradición. Ésta es una de las cosas que Darifa echa más de menos cuando viene a pasar los veranos a Mallorca. Ella es una de los tantos niños que gracias al programa «Escola en Pau» visitan la Isla por un período de tiempo de dos meses. La madre adoptiva de esta preciosa niña saharaui, Antonia Quetglas, fue una de las integrantes de la delegación de Balears que visitó los campos de refugiados y pudo reencontrarse con la familia de Darifa. El encuentro fue emotivo, ya que los padres de la niña están muy agradecidos con este solidario gesto. Antonia dice que tenía muchas ganas de acoger un niño, «siempre me había atraído, aunque me había planteado albergar niños rusos, pero mis hijas vieron el anuncio de la Associació d'Amics del Poble Saharaui y nos apuntamos». Darifa lleva dos años viniendo a la Isla y asegura que lo que más echa de menos es la piscina y las fiestas que se realizan en los pueblos.

La mallorquina define a Darifa como una niña «que se hace querer, no es nada problemática y es muy cariñosa». Esta virtud la comparte con el resto de sus hermanos, que también recibieron a Antonia con los brazos abiertos. La hospitalidad y la buena fe son algunos de los valores que la mallorquina destaca de su familia saharaui y añade que le unen casi lazos de sangre. Sin ir más lejos, Antonia llegó con la maleta vacía y abandonó el campo de refugiados de El Alaiún, donde reside la familia de Darifa, con sus alforjas repletas de regalos que los anfitriones le brindaron como collares, turbantes, alfombras, pulseras, anillos... Al igual que el resto de los saharauis, esta familia que no tiene nada lo dio todo. A Antonia le gustaría que Darifa se quedase a estudiar en la Isla, pero su padre, que estuvo prisionero en una cárcel marroquí, se escapó con los grilletes puestos y caminó unos 800 kilómetros para regresar a su casa, es reacio a ello, ya que al tratarse de la hija mayor quiere que cuide la casa junto a su madre.

Sobre la situación de este pueblo, Antonia es tajante y señala que hay que buscar una solución inmediata porque lógicamente «esta gente está cansada de esperar».

Samantha Coquillat

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