Entrevista al periodista Antonio Pampliega. | Jaume Morey

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Nunca el periodismo de guerra había atraído tantas miradas. Antonio Pampliega (Madrid, 1982) es un periodista especializado en zonas de conflicto. Su nombre saltó a las portadas en 2015, cuando fue secuestrado por Al Qaeda durante diez meses en Siria. Este jueves estuvo en el Club Náutico de Palma ofreciendo una conferencia, organizada por la Asociación de Periodistas de las Islas Baleares, sobre su trabajo como reportero.

Los asistentes se quedaron encantados con su conferencia, es usted un fenómeno de masas.
— Soy un fenómeno de masas muy a mi pesar. Soy conocido porque fui secuestrado. Por eso, en mis charlas nunca hablo del secuestro, hablo de mi trabajo, porque sino parece que no he hecho nada más en mi vida. Y han sido diez años de periodismo.

¿Cómo decidió que quería ser corresponsal de guerra?
— En 2001, una conferencia del fotógrafo iraní Reza que mostraba su trabajo en zonas de conflicto me hizo abrir los ojos y ver que había otro tipo de periodismo. Además, en mi época de la universidad coincidió la guerra de Irak y la invasión de Afganistán. Mi primer viaje lo hice solo, con 25 años, y fui a Bagdad.

¿Qué es lo que más le gusta de esta profesión?
— Con 25 años piensas que eres lo más importante y que te va a fichar un gran medio de comunicación. Después, tuve una crisis de identidad y me preguntaba si de verdad quería dedicarme a esto. Pero me di cuenta de que lo que de verdad me gustaba era ir a conocer sitios donde el 99 por ciento de la población no va a tener la oportunidad de ir, sentarme y empaparme de historias que me regala la gente. Soy afortunado, soy quien soy por las personas que han pasado por mi vida y que me han regalado su tiempo para que yo plasmase su historia. No lo cambio por nada.

Usted critica lo mal pagado que está este trabajo.
— No es una crítica, es una realidad. El Mundo paga 35 euros por una noticia desde Siria en la web, y El País paga 45. Nosotros, que tenemos una función de denuncia y siempre hablamos de las condiciones de otros trabajadores, ¿porqué nunca confesamos lo que pasa dentro de nuestro gremio? Nuestro trabajo tiene un valor, y todo tiene consecuencias.

¿Qué tiene que tener un corresponsal de guerra?
— Un punto de locura, de egolatría y de solidaridad. También tiene que tener honestidad y compromiso. Estas dos últimas cosas hacen bueno a un corresponsal de guerra y a un periodista en general. Es fundamental, porque sino tu trabajo no llega a la gente, no sirve para nada.

¿Qué consejo le darías a todos los futuros periodistas que quieran ser corresponsales?
— Que luchen por sus sueños. Yo empecé en el periodismo deportivo, y tenía un jefe en el diario As que me dijo que no valía para el periodismo, y le estoy muy agradecido porque me empujó a irme. También les diría que es una carrera de fondo, no se llega a ser un periodista de renombre en la primera cobertura.

Es duro ser corresponsal de guerra, pero ¿lo es más en el caso de ser mujer?
— Depende. En el mundo musulmán, una mujer puede hablar con hombres y mujeres, pero un hombre no tiene acceso a la mujer. A nivel físico, hay que llevar un equipo de 30 kilos, por lo que no verás muchas mujeres en primera línea, pero sí en hospitales o campos de refugiados. La mujer tiene mucha más empatía, y sabe conectar mejor con la gente.