En 1987 la calle Cotoner contaba con una barbería de fachada tradicional. | J. Morey / J. Torres / Jaume Gual

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De la carbonería al estudio de yoga. De la peluquería que hace la permanente a jubiladas y afeita a navaja, al coffee shop que ofrece tostada de aguacate. El panorama comercial de Santa Catalina ha vivido una transformación tal que no la reconocen ni sus propios vecinos. El bar Progreso es todo un ejemplo de la mutación: del llonguet y el reventat, a la barbacoa coreana.

Antaño arrabal de pescadores, luego polígono industrial de la ciudad y desde hace años, un Soho internacional tras el paso del huracán llamado gentrificación. Así lo certifica el informe de la entidad ciudadana Palma XXI, que señala que a la marcha paulatina de vecinos se suma el cierre de comercios tradicionales. Además del consabido encarecimiento del precio de la vivienda, se constata una transformación en los negocios.

De hecho, de los 529 negocios contabilizados en planta baja, 160 se dedican a la restauración, «un 33 por ciento», calcula Carlota Cabeza, coordinadora del informe de la gentrificación comercial. Y resalta un dato interesante: hay veinte inmobiliarias detectadas en el antiguo arrabal de pescadores, lo que demuestra el intenso interés inversor extranjero por la zona.

Alza de precios

Cabeza advierte que «se palpa el alto precio de los locales. Ha cambiado su perfil tradicional y se adapta a la gente que ahora circula por el barrio». Una muestra: un local con licencia de restaurante de 150 metros, incluida terraza, se traspasa por 1.700 euros al mes, un contrato de diez años y previo pago de 140.000 euros. El vecino que queda, pues, está acorralado y tiene cada vez menos pequeños comercios.

Jaume Gual, fotógrafo de Palma XXI.

Jaume Gual es geógrafo, fotógrafo y cataliner de nacimiento. Miembro de Palma XXI, en los años 80 empezó a fotografiar los comercios de su barrio por pura afición. «Fue una casualidad, pero en 1987 hice fotos de mi barrio y me olvidé de estas instantáneas. Pasados unos años, me encontré en un armario las diapositivas de estas fotos y volví a pasar por los mismos comercios». Su obra fotográfica costumbrista se ha plasmado en varios libros, entre ellos Tiendas de Palma: antes y después, un testimonio gráfico de la transformación comercial. Su trabajo interesa tanto que la semana que fue convocado por el Colegio de Arquitectos de Valencia para impartir una conferencia sobre la gentrificación comercial de Palma intensificada por la inversión extranjera y el turismo urbano.

«La calle Fábrica parece un parque temático y el barrio de Santa Catalina ha pasado a ser un polígono de ocio nocturno», se lamenta este antiguo vecino de la barriada. El fotógrafo advierte que «si se viaja a otras ciudades, hay diseños similares. Son franquicias y sucursales bancarias. Estas fachadas antiguas de Santa Catalina eran singulares porque obedecían al gusto personal de cada comerciante». Mientras tanto, los vecinos más ancianos conviven con terrazas y una oferta que se parece muy poco a la que conocieron en sus inicios. De hecho, desde Palma XXI advierten que «se quedan aislados porque se quedan sin conocidos».

Incremento foráneo

Entre los pocos supervivientes que quedan está la ferretería La Central, que tiene más de 110 años. Gabriel Serra es uno de los propietarios y señala que «ha bajado mucho la clientela. La mayoría de los vecinos son extranjeros y van a las grandes superficies». Su padre empezó a trabajar como aprendiz en la ferretería en 1934 y veinte años después compró la mitad del negocio. Ahora, su familia lleva la empresa veterana y resiste en medio de restaurantes thai y pizzerías. «Antes, una familia entraba desnuda por el principio de Sant Magí y salía vestida, calzada, peinada y completamente equipada al final de la calle dada la variedad de sus comercios», explica Serra. Su negocio se ha adaptado y ampliado hacia la náutica, una actividad que tiene mucho tirón en la zona.

El área vive una puja constante al alza. Cuenta Serra que en un restaurante del barrio entró un extranjero y compró el local al dueño. Si el inquilino pagaba 1.000 euros, ahora el alquiler ha subido a 3.000 al mes.

Los europeos del norte llegan al barrio atraídos por su encanto y barren las propiedades gracias a su nivel de vida más alto. De hecho, según las cifras del padrón municipal, en 2008 había 8.971 habitantes en la barriada, de los que 1.918 eran extranjeros (21 %). A 1 de enero de 2018 había 9.049 cataliners, de los que 2.209 eran foráneos (24,5 %). Pero por nacionalidades, se nota un trasvase en esta década: se han incrementado, e incluso doblado, el número de alemanes, belgas, estadounidenses, suecos, franceses, británicos e italianos. Países que gozan de una economía más saneada que la española y que pujan por el metro cuadrado. En el mercado de Santa Catalina conviven puestos tradicionales con puntos gastronómicos. Dicen los visitantes que este barrio tiene un encanto especial. Un encanto que sus antiguos vecinos ya no reconocen.

Carbonería. En 1987 una carbonería sobrevivía en Sant Magí, recuerdo de épocas pasadas. En 2018 el local, ya cerrado, era una inmobiliaria y estudio de decoración.

Barbería. A la izqda, en 1987 la calle Cotoner contaba con una barbería de fachada tradicional. En la actualidad se dedica al tatuaje.

Peluquería. Arriba, una antigua peluquería en Avenida Argentina. En la foto de abajo, tras el derribo del edificio se construyó uno nuevo y se instaló una inmobiliaria.

Bollería. En la plaza Vapor hubo una panadería-bollería. Hoy es una vivienda en planta baja.

Montepío Arrabal. El que fuera lugar de reunión más emblemático de la zona ha dado lugar a un conocido restaurante.

Estanco. Arriba, fachada del establecimiento en 1987. En la calle Sant Magí, es uno de los pocos locales originales aún activo.

La Central. La ferretería de Sant Magí tiene más de cien años y sigue la tradición familiar. Gabriel Serra es testigo de la transformación comercial del barrio.