Florentino Galdón, durante el encuentro. | Click

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La historia que traigo hoy, es una historia de superación. Es la lucha contra uno mismo y sus circunstancias. Una lucha que más que fuerza física, necesita fuerza de voluntad para alzarse con la victoria, que no es otra que la de sobrevivir a un pasado, al que le condujeron, posiblemente, circunstancias ajenas al protagonista. Bajó hasta los mismísimos infiernos, y después, a costa de voluntad, supoi salir de él, y ahora pretende ayudar a otros que están pasando por donde él pasó. Todo ello a partir de su propia experiencia.

Las circunstancias

Se llama Florentino Galdón Pérez, 39 años de edad, mide dos metros de estatura, está divorciado, sin hijos, y es vigilante de seguridad en el Centro Socioeducativo Es Pinaret, donde viven alrededor de 60 chavales, menores de edad, por delitos de diverso tipo.

Florentino, pese a que nació en el seno de una humilde pero buena familia, tuvo problemas. Sus padres se separaron, y la madre se quedó con ellos, «es decir, con mi hermana mayor, mi hermano pequeño y yo. Mi madre, que ha sido, y es, muy importante para mí, se mató a trabajar por nosotros… Pero yo, por una serie de circunstancias, algunas ajenas a mi voluntad, tomé el camino equivocado, pasándome más tiempo en la calle que en la escuela, con amigos como yo, en ocasiones con amigos asociados con el delito, en el que sin darnos cuenta nos metíamos, por lo que más de una vez regresé a casa acompañado por la policía por haber cometido algo que no debiera. También fumaba porros… Como los otros chicos de la pandilla. Y es que uno hace lo que ve, lo cual, no sea dicho como excusa, pero es que es así».

Confiesa, tras un respiro que se da, «que si tonteé con los porros, lo hice solo consumiendo, nunca traficando. Y consumía en la calle, o en las fiestas que organizábamos. Y el consumo, tarde o temprano, actúa sobre tu cuerpo y tu mente. Yo sentí sus efectos al darme cuenta que los porros no me permitían asumir responsabilidades. Por eso iba cada vez menos a la escuela y estaba más en la calle, muy a pesar de los buenos consejos que me daba mi madre, de los que no hacía caso, claro…».

Antes de ingresar en el Ejército como soldado profesional, cuando cumplió los 14 años se puso a trabajar como ayudante de fontanero. «No le daba parte del dinero que ganaba a mi madre, que trabajaba en dos y hasta tres sitios, pero tampoco le pedía nada. Mientras tanto, cuando me reunía con los amigos seguía siendo conflictivo, amigo de la pelea…. Un desastre, vamos» .

El paso por el Ejército

Y si en la adolescencia fue así, en la juventud no bajó el listón. Todo lo contrario. «Me hice militar profesional, siendo destinado al Palma 47. De los seis años que estuve en el Ejército, tres me los pasé arrestado, y de ellos, seis meses en una prisión militar de Madrid, junto con otros soldados, suboficiales y oficiales, y de esos seis meses, tres los pasé más arrestado todavía, sin poder salir ningún día de la prisión-cuartel madrileña». Tras dejar el Ejército, decidió alejarse de su pasado, yéndose a vivir a Felanitx. «Me puse a trabajar de día y de noche, de día, con el fin de apartarme del consumo, en el gimnasio, practicando disciplinas orientales, especialmente kick boxing, y de noche como portero en discotecas de Felanitx y Cala Millor. Pero murió mi padre y, como su pérdida me afectó muchísimo, volví a consumir hasta que decidí cortar de nuevo, otra vez con el deporte, compitiendo como profesional en full contact, y refugiándome en la familia de la que recibí amor y comprensión, algo de lo que había carecido hasta entonces…».

El deporte y la filosofía le ayudaron salir del infierno.

El por qué de todo

Y es que todo tiene su explicación. ¿Cómo es posible que un crío que vive con una madre y unos hermanos que le quieren, los deja de lado y se pasa casi todo el tiempo en la calle, para lo cual deja también de asistir a la escuela, al menos asiduamente?

«De pequeño me detectaron un TDH, o Trastorno de Déficit de Atención, con hiperactividad compulsiva, lo cual hacía que no prestara la debida atención a nada, empezando por la familia y siguiendo por los profesores, lo que me convertía en un niño solitario. ¿Que qué hice? Pues tuve que adaptarme a compartir actividades y tiempo con otros niños como yo, niños a los que, empezando por la escuela, la sociedad nos marginaba. Y si eso hice en la escuela, luego lo hice en la calle, buscando a chicos con mis mismos problemas, a los que la sociedad nos calificaba como niños malos. Y si lo éramos, era porque nadie buscó una solución a nuestro problema. Empezando por la escuela, que fue donde se inició nuestra marginación», explica.

«Por fortuna para mí, tras haber hecho muchas cosas a lo largo de la vida, a base de deporte, donde llegué a ser profesional en full contact, y de estudiar Filosofía, Dietética y Alimentación, me fui encontrando a mí mismo. Hoy soy una persona como otra cualquiera, aunque a diferencia de estas, entiendo a los chavales con problemas; y no todos son culpables de ser problemáticos, sino que lo son, como lo fui yo, porque la sociedad nos dejó de la mano, y una vez metidos en el problema, no supo cómo sacarnos de él, en este caso de la calle, que es donde está el problema, No metieron en reformatorios hasta que la edad nos abrió sus puertas…. ¡Para volver a la calle!», relata.

Las amistades, la experiencia

«Y seguimos con los de siempre, fumando porros y planeando cosas peores. Por eso creo que la sociedad debería permitir a personas como yo, que hemos estado en el infierno y que hemos sabido salir de él, no porque nos hayan ayudado, sino por fuerza de voluntad nuestra, a que ayudemos a esos chavales. Porque, quién mejor puede ayudar a una persona que sufre, o que anda perdida por la vida, que otra que ha sufrido y que también ha estado perdida, pero que ha sabido superar el problema. Esa persona es quien mejor puede ayudar. Por tanto, ¿por qué la sociedad no busca a estas personas y les da la oportunidad de que ayuden a otras que andan perdidas como anduvieron ellos? Porque eso no se aprende en la universidad, sino que es la propia experiencia la que puede facilitar el camino de retorno al que está perdido».

Pues ahí lo dejamos. Florentino tiene un empleo y un sueldo, que le permite vivir. No pide nada para él, sino que solo trata de abrir los ojos a quienes andan perdidos por vaya a saber qué circunstancia de la vida que los llevó por la ruta equivocada.