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El pensador alemán Karl Rahner fue uno de los pioneros, desde el mundo de la metafísica y la teología racional, en justificar el pensamiento actual a la luz del modelo de autociencia progresiva de determinadas personas que orientaron la historia del mundo moderno. La autociencia es la capacidad que uno tiene –debe de tener– de abstraerse de la realidad para pensar, desde su interior y de forma más egoísta que filantrópica, en sí mismo y su propio bien. La autoconciencia trata de descubrir el horizonte que uno mismo debe de abrir ante las expectativas que le rodean. Los caminos abiertos por la filosofía de Ortega aplicados a una creencia, a una opción de vida o a una simple decisión son, según el pensador alemán, lo que orienta el futuro de una persona y de una colectividad.

No es mal momento, éste del verano, para ejercitar este capítulo de nuestra personalidad, para hacer autoconciencia, ejercer esa capacidad de mirar hacia atrás –visión retrospectiva, lo llaman ahora– y reorientar muchas de las opciones y acciones empezadas. Sólo de esta manera la facultad mental autónoma nos permitirá ejercer el papel de críticos desde la máxima imparcialidad a la que podemos aspirar –que no es mucha cuando se refiere a nosotros mismos–. El problema lo tenemos cuando ejercitamos esa capacidad de abstracción de la conciencia sin la ciencia o, lo que es más grave, desde la inconsciencia –que diría Camus cuando, cuestionado por el absurdo, reconoció los valores de los humanos ante los desastres–.

Nos enfrentamos a una realidad que tiene a la conciencia como telón de fondo y si a alguien el vocablo no le convence, que busque un sinónimo. Lo importante no está en la forma sino en el fondo, en la capacidad de autocrítica para valorar el trabajo que cada uno está haciendo o dejando de hacer, aunque este trabajo sea de gobierno.