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Hace ya un tiempo que la brutalidad se ha instaurado en el vocabulario con gran predicamento. La violencia está muy mal vista. En cambio, parece que en cualquier caso en el que precisamos utilizar un adjetivo que indique fuerza, potencia o incluso importancia, es más que lícito utilizar la palabra brutal. Craso error. A mí me provoca una especie de risa floja oír a los hablantes decir cosas como «es una película brutal». Por no decir lo que me causa la asociación del término a toda clase de sustantivos. Un peinado brutal, un libro brutal, un paisaje brutal… ¿No serán demasiados? Brutal puede ser un comportamiento violento, como una paliza. Incluso algo muy grande, como la oscuridad, permite el uso de este adjetivo.

Pero lejos de reducir su uso a términos como estos, brutal ya forma parte de esos comodines que se sueltan como sinónimos de algo muy malo o de algo muy bueno: si te pasa una desgracia utilizarás brutal, pero si te pasa algo extraordinariamente maravilloso, también utilizarás brutal. Ejemplos: «No me han pagado la nómina desde hace tres meses; qué brutal», pero «he asistido al parto de mi hijo, qué brutal». Y resulta que ninguna de las dos cosas es brutal. En fin. Lo más gracioso de todo es que una nimiedad de este tipo no le importa a nadie.

Puede que a los filólogos, los lingüistas y demás profesionales en vías de extinción. Gente rara. Gente, por lo demás, invisible. Como nadie los visibiliza. Es lo que pasa. Somos friquis los que nos ocupamos de asuntos como este. Vamos, somos gente muy pasada de moda, ocupada en asuntos de una insignificancia suma. Donnadies tocapelotas. Con lo útil y fantástico, además de acertado, que resulta decir brutal a todas horas. ¡Con lo brutal que es brutal!