Bernd Krauss realiza un gesto expresivo durante una sesión preparatoria. Foto:JOAN TORRES

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FERNANDO FERNÀNDEZ Es la Champions League, la vieja Copa de Europa, la cuna de las grandes leyendas del fútbol continental. Desde el Real Madrid de Di Stefano y compañía, pasando por el Ajax de Cruyff o el Bayern de Müller o Beckembauer, y más recientemente el Milán de Sacchi, la leyenda del balompié ha dejado su sello en una competición que en los albores del siglo en el que nos encontramos dio un salto cualitativo que se ha querido remunerar. El deporte llega a pasar a un segundo plano en un mundo en el que la televisión y los patrocinadores son los que suelen tener la última palabra.

Hablar del Molde es tabú a poco más de veinticuatro horas para saldar una deuda con la historia. La Liga de Campeones pasa por ser la válvula de escape para el futuro de una entidad para la que supondría un varapalo moral y económico el no acceder a una competición que ha adquirido un rango de espectáculo capaz de salvar las economías de un fútbol español que acaricia una etapa de recesión. La multitud de intereses que UEFA y las diferentes televisiones han generado en torno a la vieja Copa de Europa la convierten en una máquina generadora de capital a la que parecen aferrados sólo unos pocos.

Pero para evitar el destierro futbolístico que supone disputar la Copa de la UEFA, se tirará de la épica. El infierno de Split no tuvo nada que ver con el paraíso de los fiordos escandinavos, y el peligroso tanto de Bolic puede resultar definitivo. No valen confianzas y cualquier error se tasa a un precio descomunal. Aquella absurda pena máxima transformada por Andreas Lund aún escuece en Son Moix. Es hora de vivir la noche mágica europea por excelencia. La cita tiene todos los alicientes posibles. Las agresiones y el nerviosismo de la ida, el marcador en contra y la aspiración de tocar techo puede con cualquier obstáculo.

El suculento dulce de la Champions supone la llegada de liquidez a las arcas de cualquier club, unido al prestigio de estar entre los elegidos. Para los equipos más modestos es una entrada de aire fresco en sus maltrechas arcas. Aquí la televisión juega un papel importante. Las cantidades que llegan a pagar las plataformas y emisoras oficiales se disparan a medida que la competición crece y el potencial de los equipos aumenta su rango. La distribución no es equitativa, aunque no por ello no es despreciable y se convierte en la parte mñas importante del fijo que perciben los clubes, que junto a la UEFA, que controla todo movimiento audiovisual, hacen su particular agosto.