Así vivió la afición del Mallorca la llegada de los equipos al Iberostar Estadio y la posterior celebración. | J. Lladó

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Mallorca 3 ? 4 Atlético

Mallorca: Aouate; Cendrós (Joao Víctor, min. 46), Nunes, Ramis, Ayoze; Nsue (Víctor, min. 71), Martí, De Guzmán, Tejera (Castro, min. 53), Pereira; Webó.

Atlético de Madrid: De Gea; Valera, Ujfalusi, Pulido, Filipe Luis; (Raúl García, min. 82), Juanfran, Mario Suárez (Assuncao, min. 67), Thiago, Koke; Reyes y Kun Agüero (Elías, min. 84).

Goles: 0-1, min. 12; Kun Agüero. 0-2, min. 17: Juanfran. 0-3: min. 59 Kun Agüero. 1-3, min.62, Nsue, de penalti. 2-3, min. 70, Webó, de cabeza. 2-4, min. 80, Kun Agüero. 3-4: min. 91, Webó, de cabeza.

Àrbitro: Mateu Lahoz (comité valenciano). Amonestó a Pulido, Ayoze, Raúl García.

Si había algún aficionado del Mallorca que no valorase lo que supone una permanencia, seguro que su percepción ha cambiado. Básicamente, porque el club balear estuvo a punto de arruinar anoche su futuro con uno de esos partidos que quedarán grabados a fuego en la memoria de sus seguidores. Más que por el resultado, por todo lo que conlleva. Los de Laudrup, atenazados de principio a fin, se arrodillaron ante las manoplas de De Gea y la pegada de Agüero y si hoy siguen siendo de Primera es gracias al cable que le echó el Valencia desde la base de operaciones del Deportivo (3-4).

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Víctima de su ansiedad, de la propia presión ambiental o del vértigo de llegar al epílogo desfilando sobre el alambre, el Mallorca salió al campo entregado. Quizás se trataba tan solo de esa falta de experiencia de la que se había hablado durante toda la semana, pero lo cierto es que el equipo balear acudió desaseado y tembloroso a la cita más importante de los últimos tiempos. En lugar de disfrutar de la fiesta que se había preparado en el Camí del Reis desde primera hora de la tarde, los hombres de Laudrup accedieron al tapete con todos los músculos agarrotados y eso, ante un contrincante de la talla del Atlético, suele acarrear muchos problemas. Y aunque de inicio fueron los isleños los que trataron de marcar la pauta, el partido descubrió enseguida que no eran más que fuegos de artificio, una cuestión de protocolo.

En cuanto al Mallorca se le fue el gas empezó a salir a flote su versión más triste y desgarradora. Mientras tanto, el Atlético jugaba a otra cosa. Liberada a simple vista de sus mayores preocupaciones, la escuadra de Quique aguardó al desvanecimiento rojillo para agarrar la vara de mando y sembrar el pánico en Son Moix. Evidentemente, también contribuyó a ello el cuadro bermellón, cuya defensa estalló en pedazos con el primer soplido atlético. Un balón largo y un gazapo defensivo descomunal, unidos a la magia de Agüero, hicieron el resto. El argentino desbordó a Aouate con un disparo cruzado y casi sin espacio, para quitarle el volumen al Iberostar y rebajar de forma exagerada los niveles de autoestima locales.

Intentó el Mallorca asimilar el golpe con dignidad, sin bajar la cabeza, pero era una misión casi imposible. En ese momento, los fantasmas que llevaban toda la semana acampados en Son Bibiloni, salían de la cueva y se acomodaban en torno a la pista de atletismo. Sobre todo, después de que un cabezazo blando de Nsue se fundiera en los guantes de De Gea. Porque justo a continuación, Aouate desmontaba un mano a mano a con Agüero y Juanfran, desde una posición muy similar a la que utilizó el argentino para sellar el primer gol, ahondaba en la herida balear ridiculizando, una vez más, a la zaga.

El segundo hachazo mandó al Mallorca directamente a la lona. No sólo eso, sino que el grupo al completo cayó desplomado y no volvería a levantarse hasta el segundo tiempo. Webó probó a curar las magulladuras a base de voluntad y Pereira forzó otro imposible, pero de cintura para abajo el equipo seguía siendo una broma. De hecho, en ese instante el 0-2 que iluminaba los videomarcadores era la mejor noticia para los bermellones, ya que cada embestida del Atlético acababa en terremoto. Justo ahí, el conjunto insular sólo tenía oídos para lo que pasaba en Riazor. Las combinaciones cuadraban de manera dolorosay la Segunda estaba a la vuelta de la esquina.

Durante el descanso, Laudrup aprovechó el turno de palabra para mover sus piezas y buscar oxígeno. El Mallorca regresó a la arena con otra intensidad y un color más saludable. Aún así, se le seguía resistiendo la hazaña. En un área, De Gea lo paraba todo. Y en la otra, el Kun se seguía agigantando. Tanto, que tras el primer cuarto hora de la reanudación el yerno de Maradona ponía la sentencia. El descenso prolongaba su vuelo hacia Palma y el futuro del club se medía ya a muchos kilómetros.

El Mallorca sacó fuerzas para mantener vivo el encuentro desde el punto de penalti e hizo que el empate dejase de parecer inalcanzable, aunque Agüero volvió a ponerlo todo en su sitio enseguida entre taquicardia y taquicardia. No había espacio para nada. Solo para el sufrimiento y para confiar en que el Valencia resistiera el acoso del Deportivo. Era la única esperanza a la que aferrarse. El estadio tiritaba.

Webó, en el descuento, estrechó el marcador y abrió la puerta a un final agónico y espeluznante en el que todo quedaba a expensas de lo que sucediera en Riazor. Aunque ni siquiera hizo falta la radio. Son Moix explotó con el segundo gol de Soldado y el Mallorca, después de 38 jornadas se quitaba el miedo y seguía respirando, otra vez, en Primera.