Los números del Mallorca en defensa no son malos. En la Liga el grupo actual ha encajado 30 goles —a un promedio de 1,25 por partido—, uno menos de los que acumulaba a estas mismas alturas del curso pasado (31) y su marca es la segunda mejor de las últimas cinco temporadas en Primera División. Sin embargo, las cifras se habían descontrolado con la llegada del nuevo año y la crisis de resultados que vino a partir de la eliminatoria de Copa del Rey ante el Pontevedra, que abrió unas compuertas que todavía no han podido cerrarse del todo. Desde ese día (3 de enero) el Mallorca ha jugado siete partidos oficiales y ha recibido 15 tantos en contra. En los 19 que había disputado entre agosto y diciembre había encajado 21.
Aunque el Mallorca no termina de abrocharse del todo el abrigo que le protege sí ha suavizado los dígitos con los que cargaba en enero. En ese sentido, tocó fondo en el estadio de La Cerámica después de ser pisoteado por el Villarreal en un primer tiempo terrible (4-0). No sufrió la derrota más grande de la campaña —el Barça le había endosado un 1-5 a comienzos de diciembre—, pero sí la más dolorosa de todas. La más desgarradora. Recibió cuatro goles en menos de siete minutos y medio que hicieron saltar por los aires esa presa de contención que salvaguardaba la portería.
A partir de esa visita al cuartel groguet todo ha ido volviendo poco a poco a su sitio aunque las victorias no llegaran. El Mallorca solo ha encajado más de un gol en Metropolitano y el segundo de ellos llegó en el tiempo añadido. Una franja maldita en la que también le marcaron el Betis y Osasuna, ambos en Son Moix, para quitarle tres puntos de las manos e inclinar un poco más esa pendiente resbaladiza por la que intentaba ascender el equipo para salir del agujero en el que andaba metido.
La última vez que el Mallorca se fue a casa sin un solo arañazo fue al despedir el 2024, el día que cosechó la que era su última victoria hasta el domingo. Los de Jagoba mantenían a raya a un Getafe que desde entonces solo ha perdido un partido en la Copa y tomaban el Coliseum con un gol de penalti de Cyle Larin que endulzaba las vacaciones (0-1).
Ahora que el sol vuelve a darle el cara, uno de los objetivos paralelos que se ha marcado el Mallorca —el principal es darle continuidad en el Sánchez Pizjuán al buen resultado del otro día— es levantar otra vez la pared que tenía frente a su portería. La seguridad atrás y la eficacia en las última parte del campo fueron dos de los rasgos más distintivos de un equipo que en la primera vuelta acabó sin encajar ningún gol ante Sevilla, Leganés, Real Sociedad, Rayo Vallecano, Athletic y Getafe. Esta semana es única asignatura pendiente.
La consolidación de Greif
La portería del Mallorca parece tener ya un único inquilino. Tras 16 jornadas de alternancia en las que no había un titular claro, Dominik Greif se ha ido haciendo fuerte y ganándose la confianza de Jagoba Arrasate. El eslovaco no se ha movido del once desde la visita a Balaídos del pasado 6 de diciembre y con el partido del pasado fin de semana ante la Unión Deportiva Las Palmas acumula ya ocho titularidades seguidas en la Liga. El último partido de Leo Román en el campeonato fue ante el Barça en Son Moix (3 de diciembre). El único encuentro que ha disputado el ibicenco desde ese día es de Copa ante el Pontevedra en Pasarón.
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