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AGENCIAS-MÉXICO D.F.
México votó ayer domingo para elegir un nuevo presidente bajo el signo de la incertidumbre y la disyuntiva de elegir entre un candidato de izquierda, Andrés Manuel López Obrador, y el oficialismo conservador que representa Felipe Calderón, de Acción Nacional (PAN).

Los indecisos, entre 4 y 8 millones de electores, decantarán la elección, según todos los estudios. El Instituto Federal Eelectoral de México (IFE) calculó por anticipado que la tasa de participación sería de alrededor del 60%, y las primeras estimaciones de ayer parecían confirmar el pronóstico.

López Obrador mantenía hace una semana, en los últimos sondeos, una estrecha ventaja de 2 a 5 puntos sobre Calderón, lo que hace temer un suspenso hasta que acabe la jornada electoral y aparezcan los sondeos de los medios de comunicación, lo que habrá ocurrido hacia las 5.00 horas de la pasada madrugada, hora española.

Es la elección más reñida de la historia de México, tras siete décadas de gobierno autoritario del Partido Revolucionario Institucional (PRI), de 1929 a 2000, y casi seis años de gobierno conservador sin mayoría legislativa de Vicente Fox.

López Obrador, de 52 años, es el abanderado de una coalición de tres partidos de izquierda dominada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD). «Primero los pobres« es la frase que resume el programa de este político que cimentó su popularidad mientras fue alcalde de la capital mexicana, entre 2000 y 2005.

Con programas sociales de lucha contra la pobreza, reducción de impuestos para las clases trabajadoras y un discurso populista que propone la «purificación de la vida política«, López Obrador quiere llevar la izquierda al poder por primera vez en México.

Calderón, de 43 años, es un ex ministro del presidente Vicente Fox que llegó a la candidatura de su partido sin ser el favorito del mandatario.

Aunque se presenta como «hijo rebelde« del PAN, Calderón propone una política continuista en la economía, centrada en una inflación y unas tasas de interés bajas, en abrir el sector energético a la iniciativa privada e impulsar las reformas que Fox no consiguió hacer aprobar, como la laboral o la de las propias instituciones políticas.