Un viaje al mundo del arte casi truncado por una bomba

«Oímos una explosión, mucho ruido y los cristales se nos vinieron encima», comentó un ejecutivo herido en el atentado

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«Yo estoy bien y tú, ¿como estás? ¿Están bien todos?». Cubierto con una manta, con las manos y cara llenos de rasguños y manchas de betadine, el desinfectante con el que le habían curado los médicos del Samur, Ignacio Lomas no paraba de contestar las llamadas que llegaban a su móvil. Sus compañeros de oficina se interesaban por su salud, ya que él había sido uno de los heridos por los cristales que saltaron cuando explotó el coche bomba.

Eran poco más de las 10.30 de la mañana. En las inmediaciones de la glorieta que preside la estatua de don Juan de Borbón, justo a la entrada principal del Parque Ferial Juan Carlos I, los trabajadores de los edificios colindantes afectados por la explosión, muchos de ellos en camisa y tiritando de frío porque no habían podido recoger su ropa de abrigo tras el desalojo de sus despachos, esperaban sin saber muy bien qué hacer. La jornada laboral había concluido para ellos, pero no podían abandonar el lugar porque la policía no les permitía recoger sus coches. Tampoco podían coger el metro, pues la parada del Campo de las Naciones, por la que se accede a esta zona de Madrid, había sido clausurada.

Ignacio Lomas, como la mayor parte de los testigos con los que hablamos, trabaja en el edificio Bull, situado justo al lado de donde explotó el coche bomba, y el más afectado por la onda expansiva. «Oimos una explosión, mucho ruido y los cristales se nos vinieron encima», comentaba este ejecutivo. «Con heridas como las mias creo que fuimos 15 ó 20», decía, mientras respondía a una nueva llamada. «La evacuación fue perfecta», añadía.

Un poco más allá, y también procedentes del Bull, Lucía Artero y Gonzalo Ponce nos contaban que «tras desalojar el edificio, como estaba ya todo lleno de policías, nos dijeron que nos concentráramos en algún sitio, así que nos fuimos al parque de detrás y estuvimos allí hasta ahora, a la intemperie y muertos de frío». Gonzálo fue de los que salieron en camisa e intentaba protegerse de la helada mañana cubriendo sus hombros con una pequeña bufanda. «Cuando escuché el primer ruido creí que era un petardo, pero al ver que los cristales y el cemento saltaban por los aires comprendí que era una bomba», aseguraba ya más tranquilo. En su oficina también tuvieron que desalojar rápidamente. «Pasamos mucho miedo, susto y hubo un poco de histeria porque no sabíamos qué sucedía», añadía Lucía.

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