Las vías del tren dividen en dos el barrio de Verge de Lluc. | M. À. Cañellas

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El último diagnóstico realizado en Verge de Lluc desprende que es una barriada obrera y reivindicativa, un punto de venta habitual de drogas, así como una de las zonas más vulnerables de Palma y con la tasa de instrucción más baja. «Pero este barrio es mucho más que eso», recalcan Lola Rojas y Ana María Ramírez, vicepresidenta y tesorera respectivamente de la asociación de vecinos Verge de Lluc, que denuncian que el barrio ha sido sistemáticamente «olvidado» por el Ajuntament de Palma.

Para muestra, un botón: los vecinos critican que la eliminación de barreras arquitectónicas ha quedado a medias en un zona donde la mayor parte de los residentes son mayores de 65 años. Tampoco olvidan que los árboles del barrio están levantando las aceras y el pavimento; incluso se ha tenido que intervenir en algunas viviendas en planta, porque las raíces han levantando el suelo de las casas. Sin olvidar la falta de mantenimiento del mítico campo de fútbol de Verge de Lluc, que impide practicar deporte y poder formar un nuevo equipo de fútbol, en un barrio con mucha tradición futbolera.

«Contar con un campo de fútbol en condiciones es nuestro caballo de batalla», recalca Lola Rojas, vicepresidenta de la asociación de vecinos. «Ahora no se puede practicar ningún deporte y las instalaciones están en un estado lamentable. No hay mantenimiento ni interés por parte del IME. Hemos logrado sacarles la promesa de que en 2023 tendremos un nuevo campo. Por ahora seguimos esperando», apostilla la vecina, al tiempo que recuerda que tener un equipamiento deportivo nuevo les permitiría poner en marcha equipos de fútbol como en el pasado, «que logró una cohesión social del barrio que ahora no existe».

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Imagen actual del campo de fútbol Verge de Lluc.
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Verge de Lluc se urbanizó en la década de los 50 del siglo pasado, respondiendo a la demanda de viviendas por la inmigración desde el campo y los pueblos hacia la capital palmesana y la llegada de muchos trabajadores de la península, que venían buscando trabajo en la floreciente industria textil de Mallorca. Entre 1950 y 1956 la Organización Sindical construyó 253 viviendas, mientras que en los 60 se llegó a triplicar la cifra de viviendas construidas por la compañía Argal en la zona, conocida como 'Finisterre' por vecinos, y que separa este barrio del de Son Rutlan.

El barrio cuenta con unos 1.825 residentes censados, pero va perdiendo vecinos lenta pero inexorablemente. Verge de Lluc está organizada en manzanas que entre sí presentan espacios verdes abiertos, lo cual responde a la filosofía de la construcción de vivienda protegida de la época franquista en que se urbanizó inicialmente. «Y ahí está otro de nuestro problemas: son espacios privados, pero de uso público. Cort se lava las manos. Ni limpia ni lo mantiene, lo tienen que hacer los vecinos. Hemos pedido al equipo de gobierno que lo expropie y se hagan cargo. A ver si nos hacen caso», señala la tesorera de la entidad vecinal, Ana María Ramírez.

La asociación de vecinos hace hincapié en que la pandemia ha agravado, aun más si cabe, las problemáticas sociales de la barriada. El 11,2 % de los vecinos ya son inmigrantes: la mayoría de mujeres de nacionalidad extranjera provienen de Latinoamérica, mientras que los hombres son de países africanos. En general hay un gran número de personas con un bajo nivel educativo y un porcentaje elevado de vecinos que no saben ni leer ni escribir. Por eso es tan importante la labor que realiza en la zona organizaciones como Cáritas.

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Lola Rojas, vicepresidenta de la asociación de vecinos Verge de Lluc, y Ana María Ramírez, tesorera.

En este sentido, Lola Rojas recuerda que la entidad vecinal lleva meses esperando a saber si recibirá las subvenciones de dinamización que ha pedido al Ajuntament de Palma, y como el resto de asociaciones de Palma, sigue esperando respuesta. «Llevamos cinco meses esperando la resolución; los talleres de pilates, baile o cocina para niños están paralizados desde diciembre y tememos que no haya dinero para poder celebrar las fiestas. Sin actividades así, la idea de hacer barrio se pierde. Y poco nos queda si perdemos eso», finaliza.