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La publicidad dejó hace décadas de ser un medio creativo y sorprendente para convertirse en un auténtico coñazo. Es especialmente pesada en medios como Youtube, donde interrumpen una canción, una entrevista o un pódcast para hablarte de cuestiones que, supuestamente y gracias a los algoritmos, te pueden interesar. A mí me atronan con cursos, lecciones magistrales y conferencias sobre angelología, finanzas o autoestima. Pulso el botón de ‘saltar’ en cuanto aparecen. Ya sé de qué pie cojean todos estos y no pienso dedicarles ni treinta segundos de mi vida. El patrón es siempre el mismo y está sacado de los gurús del márketing estadounidenses de hace dos décadas. Aparece alguien a quien no conoce ni su madre a la hora de comer, desvela que lleva años ganando un pastizal en internet y que está tan agradecido que ha decidido compartir con el mundo sus secretos para ganar dinero prácticamente sin saber hacer la o con un canuto. Primero te ofrecerá una pequeña masterclass o conferencia en la que desgrana algunas cosillas que solo él conoce, porque se las transmitió un chamán en el desierto de Sonora o vislumbró tras años de meditación en un monasterio perdido en las montañas de Bután. Tal vez te enseñe una forma de respirar, algún truquito básico sobre economía doméstica o el pantallazo de sus ingresos generosos y regulares en Paypal. Al final, cuando ha conseguido cautivarte con su desparpajo y alguna anécdota personal para que veas que es un tío guay, te vende un curso online que cuesta dos mil dólares, pero por ser tú te lo deja en 250. Ay, si fuera realmente una necesidad compartir con el mundo su sabiduría y él ya nadara en una abundancia sin fin, lo haría gratis, ¿no crees?