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SAMANTA COQUILLAT La tarde lluviosa y el ambiente invernal hacía presagiar la renuncia por parte de los ciudadanos de Sant Jordi a la popular tomatigada. Pero el presagio no se hizo realidad. Puntual a su cita, los ciudadanos, en especial niños y jóvenes, se acercaron hasta la finca de Can Forner, en el camino Binissalom de Sant Jordi, para iniciar una batalla a tomatazo limpio.

Sin ningún sentimiento negativo, los participantes se lanzaban tomate tras tomate, sin descanso ni respiro hasta conseguir embadurnarse hasta las orejas.

Como si de una gran ensalada se tratase, las gotas de lluvia aliñaban los miles de tomates que se encontraban dispuestos en cuatro montones con una separación de un metro y medio aproximadamente, provocando una pringosa a la par que repugnante salsa de tomate. Este hecho no impidió que los batalladores incansables, en su mayoría niños de edades comprendidas entre 4 y 12 años, disfrutaran de la fiesta con gran emoción e ilusión. La vergüenza inicial de lanzar el primer tomate quedó anulada por la euforia colectiva de pringar lo máximo posible al contrario.

Fueron muchos los curiosos que se situaron cerca de la explanada para presenciar la batalla, evitando en todo momento ser alcanzado por una de esas «balas rojas». Los padres también vigilaban a sus hijos desde una distancia óptima para no recibir algún las salpicaduras de esta incruenta lucha.

Esta original fiesta, herencia de las tradicionales tomacades valencianas, no utiliza verduras comestibles, sino que, por el contrario, se trata de tomates en avanzado proceso de putrefacción. Este dato acentuó el carácter pringoso de la batalla que, a diferencia de la celebración peninsular, no se realizó en la plaza del pueblo, para evitar así el engorro de las calles y los edificios. Además, los participantes no taparon sus ropas con ningún tipo de prenda salvamanchas, como ocurre en algunos lugares.