'Panades' de Semana Santa. | R.L.

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Hay una fiebre que estos días asola la Isla que podría calificarse de pandemia: afecta a un porcentaje importante de la población y tiene efectos secundarios como el alza de peso y el colesterol. El virus de las panades afectan a muchos hogares: el que no está preparando ya los ingredientes, se lanza al horno para adquirirlas. El precio de la panada podría ser un índice económico, al igual que el Big Mac o el barril de Brent. Y el diagnóstico es claro: las panades está caras. Eso no quita que haya colas para adquirirlas, aunque hay precios para todos los bolsillos y paladares (desde los más sibaritas a los que carecen de papilas gustativas).

En el Fornet de sa Soca las colas son de tamaño bíblico. Los turistas acuden a la llamada de Tomeu Arbona. Cuenta con panades dolces y su variedad abarca desde la más tradicional de xot (7,90 euros) hasta la de cordero y cabello de ángel (8,90 euros), de gran tamaño. La de butifarrón, sobrasada y guisantes vale 4,90.

En La Pajarita, la panada clásica asciende a siete euros. Desde hace más de cuarenta años Paqui realiza estas panades de considerable tamaño y sabor tan excelso como orgásmico (doy fe). En los hornos aparece el típico pasteló (8,90 euros por una panada de cordero de tamaño XXL), pero también aparecen las de pollo con cebolla o sepia con guisantes. Los precios bajan a los 2,90.

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Luego están los supermercados que optan por productos industriales y surge la (¡oh, sacrilegio!) panada de pollo al curry por 1,85. Los distribuidores de productos de panaderías venden panades de carne de cerdo industriales por 1,06 euros y hay intrusos, como la empanada argentina que se vende en franquicias a 3,50, pero no parecen tener mucho éxito.

Romi Palacios y Paqui Ruiz. | R.L.
Romi Palacios y Paqui Ruiz. | R.L.

En el mercado se palpa el nerviosismo, el cordero vuela. En la carnicería, las señoras se apoderan del carnicero. Y entonces viene la temida frase: «Quiero la carne cortada a trocitos». Estos días los atascos en las carnicerías son antológicos. Marga Salvador y Rafa Palacios ya han hecho sus panades: «Yo quiero descansar en Semana Santa. Y el cordero tiene mucho colesterol, así que las hacemos de salmonete».

Romi Palacios y Paqui Ruiz, chicas de la limpieza de Cort, ya han quedado para hacerlas en casa: «La receta es de nuestra amiga Sonia, que es malllorquina-mallorquina». También harán torrijas, una concesión a sus raíces forasteras. Las recetas de la familia se traspasan con tanto cariño como si fuesen las escrituras de la casa. Si uno no tiene abuela mallorquina que le ceda una receta, siempre puede recurrir al libro de Tomeu Arbona, Cuina tradicional de Mallorca. Intimitat Original, que se cotiza a 90 euros en Internet. O al clásico de Caty Juan del Corral, una joya bibliográfica de anticuario.

Las hermanas Delgado, María José, Luisa y Sagri, junto a Joan Amengual. | R.L.
Las hermanas Delgado, María José, Luisa y Sagri, junto a Joan Amengual. | R.L.

Ante un horno se agolpan las hermanas Delgado, María José, Luisa y Sagri, junto al purista Joan Amengual: «Estas cosas modernas son una porquería, pero están muy buenas». Amengual solo admite las de cordero y se lleva las manos a la cabeza cuando habla de piezas rellenas de pulpo, pollo o sepia. «La cocina se tiene que renovar», dice María José. «Pero yo tengo el sentimiento infantil de las panades de mi madre», cuenta con nostalgia Amengual. Si la magdalena llevó a Proust a un viaje al pasado, la panada ancestral evoca los recuerdos de los mallorquines a prueba de moderneces e invasiones culinarias.