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La climatología nos ha hecho la Pascua. Y eso que tuvieron que pasar dos años de extremas dificultades, por culpa del impenitente virus de la COVID-19 devastando países, cercanos y lejanos, que a día de hoy se expande o mengua, como una montaña rusa dando tumbos arriba y abajo, sin parar del todo, y sin saber qué hacer para exterminar la diminuta bestia que nos debilita, y enferma quedando tocados, algunos hasta la muerte. Con todo, España entera no ha soportado el tercer cierre de las procesiones tan especiales y particulares de cada ciudad y pueblo. Cada cofradía procesa con sus pendones y estandartes de cada gremio, venerado por los cofrades, miembros históricos de asociaciones católicas que salen pasando por las calles vestidos con capa y capirotes. Todo ello, como muestra de fe, seguimiento de la Pasión de Cristo.

Tanto Pedro como Pablo confirman la identidad de Jesús cuyo anuncio le identifica como «un mesías crucificado». Esto fue un escándalo para sus seguidores y una locura para los entendidos. He aquí la rememoración anual de la celebración de la Pascua de Resurrección. Un tiempo de reflexión y oración para los creyentes, algo que no perjudica a los agnósticos, como tampoco ocurre con otras religiones. Musulmanes, hebreos, hindúes, protestantes y budistas siguen su religión de diferentes creencias. Nadie se escandaliza por ello, y ninguno renuncia a su credo.

Escribo esto para que los españoles, sobre todo, mantengan el respeto debido a los que profesan la religión; si bien, más de la mitad de población actual, ha postergado el católico. La modernidad sin orden ni concierto, nos ha traído la desenfrenada libertad, falta de principios ni fin. Pues al no haber norma, en decir, educación, igualdad, tolerancia y amabilidad con todo el mundo, los unos con los otros, pero diferentes unos de otros. Los opulentos superiores, los normales inferiores. Menuda inteligencia tiene quien solo piensa en amasar cada día más, creyendo que lleva buena vida bien ganada; retando al más rico de entre los ricos del mundo hasta que llega la vejez, la guerra, la muerte súbita, sin haber ayudado a vivir a los más necesitados, más inteligentes, más divertidos, más alegres, con solo amasar su pan de cada día. Si todos fuéramos una misma familia, nos ayudaríamos unos a otros, estaríamos unidos, sin peleas, y llenaríamos el mundo de niños, les enseñaríamos la bondad y la alegría.